Miguel «Gato» Chase-Sardi: amigo y maestro

A veinte años del fallecimiento del antropólogo Miguel Chase-Sardi, la doctora Deisy Amarilla, presidenta de la Asociación Paraguaya de Antropología, destaca su papel de maestro y su militancia por los derechos de los pueblos originarios.

Miguel Chase-Sardi (1924-2001).
Miguel Chase-Sardi (1924-2001).gentileza

En la segunda mitad del siglo XX, hubo en Paraguay grandes antropólogos e investigadores de las culturas indígenas, como León Cadogan (1899-1973), Branislava Susnik (1920-1996), Miguel Chase-Sardi (1924-2001) y Bartomeu Melià (1932-2019). Ellos fueron los pioneros, los que abrieron caminos, los maestros tras cuyos pasos otros siguen forjando la antropología hasta hoy.

Tuvieron personalidades distintas y diversas áreas de investigación, con estilo propio, y en conjunto nos dejan un corpus antropológico envidiado por muchos países. Los cuatro han tenido trascendencia universal, siendo citados en todas las publicaciones antropológicas sobre nuestro país.

Desde mis primeros contactos con el maestro y amigo «Gato», quedé impresionada por su lucidez intelectual, su pasión por la causa indígena y su lucha contra las asimetrías sociales. No nos extraña que haya sido apresado y torturado muchas veces durante el periodo estronista. Era un hombre que desafiaba el peligro, que defendía ideales de justicia e igualdad y que estaba dispuesto a asumir las consecuencias. ¡Cuántas anécdotas nos narraba en el Instituto de Antropología León Cadogan, en la Asociación Indigenista del Paraguay y en el Centro de Estudios Antropológicos de la Universidad Católica!

Poco antes de morir, nos llamó a un amigo y a mí y nos dijo: «Cuando muera, no lloren, tomen champán y vélenme en la sede de la Asociación Indigenista del Paraguay». Cumplimos todos sus pedidos, excepto el de no llorar. Para quienes lo conocimos, fue un maestro, un padre, un amigo, un ejemplo, un símbolo. No puedo olvidar los encuentros que teníamos en el marco del estudio antropológico en el Instituto León Cadogan, donde el profesor Chase-Sardi nos deslumbraba con sus conocimientos de la problemática indígena del Paraguay y nos comunicaba sus experiencias como antropólogo de campo. Para él, el estudio de la antropología es un instrumento para estar en contacto con los pueblos indígenas, sufrir con ellos, compartir sus sueños, esperanzas y dolores. Vivía para los pueblos indígenas, para defenderlos y luchar contra todo grupo o institución pública o privada que hostigara su libre desarrollo o atropellara sus derechos. Solíamos decirle que era un paladín y un luchador de frontera.

En sus enseñanzas, traspiraba amor por los indígenas, y brindaba ejemplos y anécdotas que a sus estudiantes nos emocionaban a veces hasta las lágrimas. Era preciso y profundo en el análisis y valoración de las distintas culturas indígenas. Enseñaba las teorías más avanzadas de las ciencias sociales, y también la antropología práctica, la metodología vinculada a la observación participante. Para él, un antropólogo debía contar con una prolongada y fructífera vida en comunidades indígenas, compartiendo comida con ellos y tiempo de conversación alrededor del fuego, escuchando sus relatos y sus mitos y también sus proyectos de futuro, sus temores, sus ansias, sus dudas y sus dificultades en las relaciones con la sociedad nacional.

Gato destacó como antropólogo militante por los derechos colectivos de los pueblos originarios. Con la frente siempre alta y actitudes hasta quijotescas, se lanzaba a situaciones difíciles, riesgosas, siempre que estuviera en juego el bien de los pueblos indígenas.

Fue ideólogo y realizador del célebre Proyecto Marandú para los pueblos indígenas, y nos hablaba frecuentemente de las magníficas personas que integraron ese grupo de trabajo, como el doctor Sinforiano Rodríguez, la antropóloga Marilín Rehnfeldt y otros. Ese proyecto fue un modelo de trabajo integral basado en el protagonismo de los mismos, utilizando su cultura como palanca para despertar energías latentes y conculcadas durante muchos siglos.

Las líneas fundamentales habían salido de la célebre Declaración de Barbados del 30 de enero de 1971. Allá, en esa isla de Barbados, se reunió un reducido grupo de antropólogos latinoamericanos, personas muy renombradas y valientes que impulsaron la antropología de acción, es decir, no solo estudiar las culturas indígenas como objetos, sino promover a los indígenas como sujetos plenos de derechos colectivos. Chase-Sardi participó con gran entusiasmo en la reunión de Barbados y firmó la Declaración final. Fue un gran honor para nuestro país, porque fue el único paraguayo presente en aquella reunión convocada con el lema «Por la Liberación del Indígena».

Esa Declaración tuvo una difusión y un impacto impresionantes sobre los Estados latinoamericanos y sobre organizaciones públicas y privadas como las iglesias misioneras, que tuvieron una reunión en Paraguay en 1972, donde revisaron todo el quehacer misionero teniendo en cuenta rigurosamente las sugerencias y exigencias de Barbados y del Concilio Ecuménico Vaticano II del año 1965. Las conclusiones, redactadas con la ayuda del padre Bartomeu Melià, se publicaron como el Documento de Asunción, que fue la base para la actividad antropológica y misionera de la iglesia católica.

El Documento de Barbados se estructura en cuatro partes: a) responsabilidad del Estado; b) responsabilidad de las misiones religiosas; c) responsabilidad de la antropología; d) el indígena como protagonista de su propio destino.

Cumple al antropólogo denunciar por todos los medios los casos de genocidio y las prácticas conducentes al etnocidio, así como volverse hacia la realidad local para teorizar a partir de ella, a fin de superar la condición subalterna de simples ejemplificaciones de teorías ajenas.

Hubo después otros documentos de Barbados que profundizaron y precisaron aspectos diversos, pero siempre en la línea de impulsar la construcción simbólica, el imaginario político y la autodeterminación.

Cuando los chamanes guaraní bautizaron a «Gato» Chase-Sardi en una ceremonia solemne, le dieron el nombre de Tupã Roka Kunumi Rokaju, que significa: «El muchachito que viene del lugar sagrado». Sabemos que el nombre es inspirado a los chamanes tras intensas oraciones y prácticas espirituales. Y que el nombre marca la vida, el destino y el futuro de la persona.

Fue idealista, sincero y transparente, y con una que misión: combatir las armas de la cultura y el derecho al lado de los pueblos indígenas del Paraguay. Efectivamente. «Gato» cumplió cabalmente el mandato de los chamanes contenido en su nombre bautismal.

Gracias, amado maestro y amigo. Como antropólogos, intentamos seguir tus huellas con los pueblos indígenas.

Presidenta de la Asociación Paraguaya de Antropología (APYA)

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