Paí Mbatú: una figura curiosa de la etapa francista

Desde los archivos del profesor Thomas Whigham nos llega la pintoresca historia de un clérigo que «resultó ser menos clérigo que hombre de negocios».

Antiguo Mercado Guazú (Foto obtenida en la página elomnivoro.com).
Antiguo Mercado Guazú (Foto obtenida en la página elomnivoro.com).gentileza

Siempre que vemos viejas películas de Hollywood, como Casablanca o El tercer hombre, nos sentimos inevitablemente atraídos, no tanto por los protagonistas como por los personajes secundarios, que parecen llenar la escena como maravillosas piezas de decoración. ¿Quién puede ver El halcón maltés sin quedar impresionado por el pequeño pero siniestro Peter Lorre y el enorme y amenazador Sidney Greenstreet? Es casi como si Humphrey Bogart y Mary Astor hubieran sido desplazados: los actores de reparto llenan la pantalla y no podemos dejar de pensar en ellos.

Suele ocurrir lo mismo con la historia paraguaya. Hoy, mientras el covid-19 continúa pasando factura en el país, podríamos divertirnos agradablemente evocando a cierta figura a quien John Parish Robertson conoció en 1812 y que aporta comicidad a sus famosas Cartas del Paraguay. El apodo de este tipo curioso era Paí Mbatú, y aunque solo aparece una vez en las reminiscencias del viajero británico y nunca más lo volvemos a ver, resulta inolvidable, especialmente en el mercado de la Asunción. Dice Robertson:

«Un personaje extraordinario, el padre Mbatú, había recibido las órdenes sacerdotales en sus primeros años de vida madura; pero, ya porque fuera golpeado por el amor, y luego golpeado por la conciencia por haber permitido que una pasión tan impía entrara en el seno de un hombre dedicado a la fe, como dicen algunos, o ya porque, como dicen otros, Paí Mbatú, no habiendo sido nunca un hombre de intelecto, lo hubiera debilitado el mucho aprendizaje; lo cierto es que el Paí, sin quitarse el hábito, abandonó la iglesia y vivió una vida de indiferencia y pereza apática. Eso estuvo muy bien mientras duró su patrimonio, pero este no fue inagotable, y al final le faltó. El buen caballero, entonces, refutó la apreciación de sus amigos sobre su escasez de intelecto por el ingenio con el que hizo provisión para sus necesidades.

Acudía al mercado con regularidad al principio del día. Durante algún tiempo, aunque muchos respetaron su orden y otros sintieron lástima por él, mendigó de un depósito de provisiones a otro y obtuvo un sustento, si no honorable, al menos gratuito. Pero la caridad, como el patrimonio de Paí Mbatú, tiende a agotarse en una medida proporcional a la frecuencia con que se la aporta; y aunque hasta cierto momento los vendedores del mercado ofrecieron su apoyo al clérigo decaído, se alarmaron al verlo un día aparecer acompañado de un corpulento indio tapé, que llevaba una gran bolsa de piel, o receptáculo circular para provisiones, en la cabeza. También tenía una caja grande del mismo material en la mano derecha. Paí Mbatú se había contentado hasta entonces con guardar en un bolso, que llevaba él mismo, los diversos suministros para su despensa que recogía de sus no renuentes colaboradores. Pero cuando estos vieron los formidables preparativos para la recepción de más abundantes provisiones, e infirieron que había que alimentar al indio tapé, así como a su amo, la gente de influencia de ambos sexos en el mercado llegó a una resolución general y contundente para detener en su totalidad los suministros a Paí Mbatú.

Entró en el mercado, como de costumbre, con su criado tras él, y se dirigió a sus mejores proveedores. No pudo conseguir ni una torta, ni una vela, ni un puro, ni una gota de miel, ni un poco de caña de azúcar, ni una mazorca. Fue al establecimiento del carnicero: “Paisano”, le dijo, “venga la carne”. “Los suministros están detenidos”, respondió el carnicero, y se volvió a servir a sus clientes que pagaban. De los aristócratas del mercado, Paí Mbatú pasó a visitar a los pobres; y los encontró todavía dispuestos a contribuir lo suficiente para el suministro de ese día; pero incluso ellos le aconsejaron despedir al sirviente, y uno se despidió para decir que, aunque había contribuido durante muchos años a mantener a los paíes, nunca había tenido un sirviente, y pensaba que había algo impropio en la pretensión de los mendigos de convertirse en caballeros. Suponía que lo siguiente sería que Paí Mbatú y su sirviente vinieran al mercado a caballo.

El resultado fue que el clérigo, decaído, regresó a casa ese día con menos provisiones que nunca, pero decidido a no sufrir una repetición de tal tratamiento. A la mañana siguiente, salió, con el sirviente listo para recibir las provisiones, como el día anterior. Llevaba consigo, además, una tacuara larga con un clavo bien afilado en la punta. Dirigiéndose a varios de los más pobres, les advirtió y amonestó contra el pecado mortal de negar la carne a cualquiera, pero especialmente a un hombre de su vocación. Ellos temblaron. Luego, hizo varias señales de la cruz y exorcismos con su tacuara. Retiraron las manos que habían extendido para proteger sus provisiones. El círculo mágico trazado con el bastón se fue haciendo cada vez más pequeño, hasta encerrar en su centro una torta del gusto de Paí Mbatú; sobre ella se abalanzó el bastón, y entregó el premio al tapé que estaba detrás de él. Con la debida compostura, la arrojó a la bolsa de cuero. Paí Mbatú luego se dirigió a otro lugar de venta de productos. Nuevamente comenzaron la exhortación y la advertencia; siguieron los exorcismos, denuncias y murmuraciones; la tacuara trazó su círculo mágico y, en su extremo, para entregárselas al indio que estaba detrás, llegaron mandioca, maíz, puros, carne, velas, caña de azúcar y otros artículos.

Cuando necesitaba un líquido, Paí Mbatú unía al extremo de su bastón una botellita de barro y se la dejaba a la vendedora para que le proporcionara el cordial. En menos de un mes, toda la gente del mercado se sometió a los designios de Paí Mbatú y su sirviente indio, consolándose con la reflexión de que, si con ello sufrían una pequeña pérdida temporal, servían a intereses mejores y más duraderos. También pensaban que, como en el mercado había quinientos vendedores y solo se requerían diez para cubrir las necesidades diarias del Paí, la visita no podría recaer más de dos veces por trimestre sobre cada uno. ¿Qué es, después de todo, se dijeron, la provisión de un día, dos veces al trimestre, para un reverendo?»

El Paí resultó ser menos clérigo que hombre de negocios. Uno se pregunta cuántas personas como él estarán pasando su tiempo en el Mercado Cuatro en estos días, pero tal vez esta pregunta deba esperar hasta que termine la pandemia.

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