La verdad y la mentira: unas observaciones de historia comparada

Sobre el posible origen histórico de algunas características de la cultura y la vida política de nuestra sociedad.

Hace muchos años, mientras visitaba una clase en la Escuela de Lenguas en Asunción, un alumno me preguntó por qué los paraguayos siempre mienten y los norteamericanos dicen siempre la verdad. Bueno, no me tomé en serio la creencia de que todo paraguayo es mentiroso y todo norteamericano es veraz. Y creo que, para mis lectores de hoy, el comportamiento del expresidente Trump disiparía cualquier imagen de mis compatriotas como devotos de la verdad. Después de todo, el «Donald» podría ganar premios a la mayor cantidad de mentiras dichas en un solo período presidencial de cuatro años. El Washington Post del 21 de enero de 2021 contó 30.573 falsedades demostrables, unas veintiuna por día. Todo un récord, incluso para un político.

Ahora bien, cuando me preguntaron sobre «mentira comparada» en la Escuela de Lenguas, faltaban más de dos décadas para la desastrosa presidencia de Trump, y no me enfoqué tanto en los norteamericanos como en los paraguayos. Mi interlocutor sabía que yo era historiador y estaba, creo, buscando una explicación en la historia de los dos países. Tras un momento de reflexión, le di la respuesta convencional en ese entonces: que en Paraguay, país plagado durante mucho tiempo por la dictadura y la injusticia, la gente consideraba más fácil, seguro y decoroso mentir que abordar un tema inconveniente con apariencia de veracidad. En Estados Unidos, por el contrario, una larga historia de libertad de expresión y de prensa había garantizado que la gente pudiera discutir cualquier tema sin temor.

Como digo, era la respuesta convencional en los últimos años de la dictadura. Pero desde entonces he tenido mucho tiempo para pensarlo y ahora creo que mi respuesta fue muy incompleta y que había mucho más qué considerar. Por un lado, ¿qué es la verdad? Poncio Pilatos encontró incontables problemas al intentar responder esa pregunta en medio de las terribles incertidumbres de la vida en Tierra Santa. ¿Y qué es la mentira? Cuando mi esposa me pregunta qué almorcé y yo respondo que comí una ensalada cuando realmente comí una hamburguesa, esa es una mentira –pero no una gran mentira, ¿o sí?

En todo caso, creo que aquel estudiante tenía razón al asumir que las diferencias históricas entre Paraguay y Estados Unidos explican en parte cómo una sociedad se mantiene unida y qué compromisos encuentra en sí misma para hacerlo posible.

La diferencia más obvia está en los inicios. El Paraguay de Irala y Cabeza de Vaca fue producto de la conquista, mientras que las trece colonias de Norteamérica fueron producto del asentamiento. La experiencia paraguaya implicó exploración en busca de tesoros. Los primeros hombres que llegaron de España a la tierra de los guaraníes buscaban plata y oro para regresar a Europa a constituir un nuevo tipo de aristocracia. Como esperaban que todo esto sucediera con bastante rapidez, generalmente no traían a sus mujeres. Cuando quedó claro que los ríos Paraguay y Pilcomayo no los conducirían a las tierras plateadas del Perú, abandonaron su sueño de volver como ricos héroes a España y se quedaron en Paraguay. Adoptaron el guaraní, se «casaron» con nativas y buscaron hacer una sociedad que imitara los estándares aristocráticos de Europa. Dado que era casi imposible, podríamos decir que Paraguay debe su existencia a una aspiración, a una exageración y, sí, a una mentira. En vez de una cultura aristocrática, se estableció lo que Saro Vera ha llamado una «cultura tribal». Que pervive en creencias que pueden no ser mentiras exactamente, pero que tampoco son verdades.

El nacimiento de Estados Unidos también estuvo enmarcado en mentiras y decepciones. En este caso, sin embargo, los colonos huían de una iglesia estatal opresiva y no pensaban regresar a Inglaterra, sino construir un hogar en el Nuevo Mundo. Trajeron a sus familias y no tenían intención de casarse con los nativos sino de desplazarlos y apoderarse de sus tierras y recursos. Más tarde idealizaron este proceso como la creación de un país a partir de un desierto, como la creación de una sociedad donde todos, independientemente de su credo, nacen iguales.

Debemos recordar algunos hechos básicos. La colonización española de las Américas precedió en más de un siglo a la de Gran Bretaña y pertenece a una era anterior no solo a los derechos lockeanos del hombre sino también a la apología hobbesiana del absolutismo del Estado. Bajo aquel régimen, se animaba a la gente a pensar en términos corporativos o familiares. Los Reyes Católicos, absolutistas hasta la médula, simbolizaron la herencia política hispanoamericana. En cambio, los norteamericanos, cuando miran atrás, remontan su pasado a los derechos individuales de la Carta Magna. Mentir para ellos representa un fracaso individual, condenable aunque busque ayudar o glorificar a la entidad corporativa. Los paraguayos, al parecer, privilegian en cambio la familia, la Iglesia y el Partido sobre el individuo.

Podemos ver cómo esto afecta la herencia política de Paraguay en términos simbólicos. Recuerdo que hace décadas, antes de que se actualizaran los letreros de las calles tras la caída de Stroessner, leí, en la esquina de la avenida España con Washington, el nombre del presidente norteamericano como «General Jorge Washington». Washington era un general; decir lo contrario sería una mentira. Pero ningún norteamericano piensa en él como general, ni como granjero (aunque él se consideraba tal). Para los paraguayos, sin embargo, omitir su rango militar en el letrero de la calle hubiera sido imperdonablemente grosero. No era la forma de inmortalizar al fundador del país del Norte. Si necesitabas mentir o embellecer algo para darle el reconocimiento adecuado, debías hacerlo. En cierto modo, lo que hicieron los paraguayos con el título del norteamericano podría entenderse como un tipo particular de mentira: exageración. Y ha habido innumerables ejemplos de esta práctica desde los días en que la imagen de Ramsés II fue tallada en estatuas del tamaño de montañas en Abu Simbel.

Hace algunos años leí la autobiografía del historiador H. S. Ferns, quien sugirió una razón por la cual la gente podría sentirse atraída por tales exageraciones. Ferns fue durante muchos años miembro del Partido Comunista Canadiense, hasta que ya no pudo soportar la actitud servil que sus compañeros habían adoptado hacia Stalin. Lo que dijo Ferns –y lo encuentro muy interesante– es que los comunistas de su época preferían la mentira a la verdad. Esta, después de todo, es una sola. O llueve, o hace sol. No requiere elaboración alguna.

La mentira, en cambio, es intelectualmente estimulante y estimula la creatividad. Cuanto más atribuimos a alguien cualidades que no tiene, o exageramos las suyas, potencialmente son más hermosas. Así un general Stroessner comienza a aproximarse a un héroe, así desarrolla un «corazón de acero», porque es artísticamente bello retratarlo de esa manera. Mentir no solo es mejor; evidentemente, también es más atractivo.

La exageración, por supuesto, es solo una forma de mentir. Otra es la omisión, arte también muy practicado en Paraguay, donde se lo conoce con el nombre de ñembotavy. Saro Vera escribe que el ñembotavy, el hacerse el zote, es obstinarse alguien en no ver algo porque no le conviene, porque no le interesa, por simple capricho o por lo que sea. Y no lo verá ni oñemoñe’êramo chupe teatino –ni aunque le predique un teatino, legendaria figura religiosa que en la memoria de nuestros abuelos es sinónimo de santidad–. Ante el ñembotavy solo queda desistir de convencerlo, y con mucha tranquilidad, porque si uno pierde los estribos, se reirá en sus adentros (1).

Todos hemos visto ejemplos de ñembotavy cuando alguien evita la responsabilidad de decir sí o no. Recuerdo que una vez pregunté a un grupo de adolescentes de Barrio Obrero dónde quedaba cierta florería y me dijeron que no lo sabían. Resultó que estaba a diez metros. Me imagino que es posible que no lo supieran, pero en realidad creo que era el ñembotavy en marcha. Simplemente no querían asumir la responsabilidad de saberlo. Una variante de esta práctica se conoce con la poco halagüeña expresión «hacerse el coreano», que generalmente significa fingir ignorancia a la hora de pagar la renta mensual.

En inglés, llamamos a esta práctica shamming, y no está ausente en modo alguno del tejido social de Estados Unidos. Cuando el Katrina azotó Nueva Orleans en 2005, el director local de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA) hizo todo para desviar las críticas a otro lado. Fue ampliamente condenado, y su farsa, reconocida como tal. Cuando la ignominiosa retirada de Estados Unidos de Afganistán fue denunciada, se señaló con el dedo a funcionarios que habían intentado tranquilizar tanto a los norteamericanos como a los afganos diciéndoles que todo iba bien.

Quizás la diferencia entre las dos formas de ñembotavy es que en Estados Unidos existe el sentimiento general de que los sistemas administrativos y políticos funcionan correctamente y de que el fracaso personal de los funcionarios en Nueva Orleans o Kabul es, por lo tanto, la excepción y no la regla, mientras en Paraguay, por el contrario, no hay expectativas de que el sistema funcione. La gracia de Dios ciertamente te ayudará, podríamos decir, pero el sistema siempre te fallará. Esperar otra cosa sería ingenuo. Y si en algo coinciden todos los paraguayos es en que los norteamericanos somos un pueblo muy ingenuo.

Yo mismo puedo ser bastante ingenuo. Al repasar lo que he escrito aquí, se me ocurren dos cosas. Primero, que hay muchos más tipos de mentiras de las que he indicado. Si realmente se quiere analizar esta cuestión desde un punto de vista filosófico o ético, hay que dedicarle un libro. Y segundo, que hay algo completamente circular en lo que he escrito. El estudiante de la Escuela de Lenguas me pidió una explicación histórica del hecho de que paraguayos y norteamericanos parecieran comportarse de manera tan diferente. Y en este examen no le he respondido, sino que he llegado a la conclusión provisoria de que, después de todo, no nos comportamos de manera tan diferente.

¿Debemos celebrar esa igualdad, o lamentar nuestra común incapacidad de obedecer el noveno mandamiento? Esa, como diría Hamlet, es la cuestión. En cuanto a mí, ndaikuaái.

Notas

(1) Saro Vera, El paraguayo. Un hombre fuera de su mundo, Asunción, El Lector, 1994.

*Thomas Whigham. Profesor emérito de la Universidad de Georgia

Lo
más leído
del día

01
02
03
04
05