En 1926, en la localidad rural de Quiebra Yugo, en el departamento de Tacuarembó (Uruguay), Agustín Pío Barrios dejó constancia manuscrita de una de sus obras más emblemáticas: Danza Paraguaya. El documento, fechado el 14 de enero de ese año, estaba dedicado al archivo personal de Martín Borda y Pagola, uno de los principales mecenas del guitarrista paraguayo.
Según el libro editado por el Cabildo El inalcanzable, la obra tiene múltiples versiones y comienza a aparecer en los programas de concierto de Barrios hacia 1932 en Caracas. Con el tiempo alcanzaría un lugar central en el repertorio internacional de la guitarra clásica.
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De acuerdo con testimonios asociados al propio Borda y Pagola, documentados por Richard Stover, Barrios no siempre escribía de manera sistemática las obras que interpretaba. En ese contexto, era el mecenas quien lo impulsaba a dejar registro escrito de su repertorio. Esto abre la posibilidad de que Danza Paraguaya haya sido fijada en papel dentro de ese proceso.

En el propio manuscrito, Barrios aclara: «armonizada por Agustín Barrios». Esta observación sugiere que la obra no necesariamente nació como una composición original en sentido estricto, sino como una elaboración guitarrística sobre un material previo, posiblemente de raíz popular, recogido por el compositor en su entorno musical.
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Este procedimiento no era inusual en la música de la época. Numerosos compositores del ámbito popular latinoamericano trabajaban a partir de melodías tradicionales, reelaborándolas y dándoles nuevas formas. En el caso paraguayo, este fenómeno puede observarse en obras que luego se consolidaron como repertorio identitario, como el célebre Pájaro Campana, llevado al lenguaje del arpa por Félix Pérez Cardozo.
Sin embargo, Danza Paraguaya trasciende ese marco inicial y adquiere con el tiempo una dimensión singular dentro del repertorio guitarrístico internacional. Su difusión en escenarios de concierto y su presencia en grabaciones de guitarristas de distintas generaciones la han convertido en una de las obras más reconocibles de nuestro genio paraguayo.

Detrás de su aparente sencillez melódica, la pieza presenta una escritura guitarrística de notable complejidad. La interacción entre melodía, acompañamiento y líneas de bajo revela un dominio técnico que la ubica en un nivel exigente dentro del repertorio clásico, lo que explica la preferencia por versiones simplificadas en el ámbito local.
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Desde el punto de vista estilístico, Danza Paraguaya se inscribe en un período de transición de la música paraguaya, cuando aún convivían diversas influencias europeas —como la habanera, la contradanza o la marcha— con los procesos de formación de géneros que más tarde se consolidarían como propios, entre ellos la polca paraguaya y la guarania.
En ese sentido, la obra se sitúa en un punto intermedio entre lo europeo y lo local, en un momento en que la identidad musical paraguaya aún se encontraba en construcción. Intentar encasillarla estrictamente dentro de un género definido puede resultar reduccionista frente a la riqueza de ese proceso histórico.

La obra de Barrios, en general, puede entenderse como un laboratorio temprano de escritura guitarrística latinoamericana. Antes de su aporte, no abundan registros de composiciones nacionales para guitarra solista con un tratamiento polifónico tan desarrollado, en el que bajo, armonía y melodía conviven de manera claramente diferenciada.
En piezas como Danza Paraguaya o Ha Che Valle, esa escritura adquiere una continuidad estilística reconocible. En otras, como Caazapá, Barrios explora estructuras más libres, cercanas a una improvisación cuidadosamente organizada.
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El guitarrista brasileño Yamandu Costa ha resumido esa influencia al señalar que Barrios es «el padre de todo», en referencia al impacto que su obra tuvo sobre generaciones posteriores de intérpretes y compositores de guitarra en América Latina.
A un siglo de aquel registro manuscrito, Danza Paraguaya no solo mantiene su vigencia en el repertorio internacional, sino que sigue funcionando como una de las piezas que mejor representan la proyección de la música paraguaya hacia los escenarios del mundo.

*Javier Acosta Giangreco (Asunción, 1989) es guitarrista, compositor e investigador musical, licenciado en Composición Musical por la Pontificia Universidad Católica Argentina y máster en Investigación Musical por la Universidad Internacional de La Rioja (España). Se ha presentado en escenarios de Paraguay, Argentina, España y Estados Unidos. Fue director artístico del programa social Sonidos de la Tierra. Ha publicado los libros Nicolás Pérez González: la revolución inconclusa (2018) y El sortilegio de Sila Godoy (2025).

