Adiós a la abuela freak

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Escritor –Frío en Alaska (Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2008), Trampa de luz (Eterna Cadencia, 2011)– periodista, editor de Los Inrockuptibles, y uno de los nuevos narradores argentinos más prometedores del momento, Matías Capelli (Buenos Aires, 1982) esboza un análisis del destino literario de la escritora, fallecida el martes, Aurora Venturini («Algo había cambiado en el horizonte de lectura argentino para que Venturini publicara libros por Mondadori, compartiendo catálogo con jóvenes promesas de la literatura y con escritores de sólido prestigio, pero siempre bajo el barniz de lo comercial, ya que es una megaeditorial, el Monsanto de la literatura») y dispara un adiós a «esa tía abuela díscola, un poco freak, que prefiere sentarse en la mesa de los jóvenes». Directo desde Amsterdam para los lectores del Suplemento Cultural.

Cuando la entrevisté en el 2013 con motivo de la publicación del libro de cuentos El marido de mi madrastra, en su casa de La Plata, me sorprendió que Aurora Venturini remarcara tanto el hecho de que la leyeran los jóvenes. «¡Me leen los jóvenes, por suerte! Los viejos no, ninguno me lee».

A los noventa años, eso era lo que Aurora Venturi más apreciaba de esta especie de segunda vida literaria que estaba viviendo. La anterior había sido durante los años del peronismo, con sus primeras publicaciones. Recibió de Borges un premio para escritores nóveles por su libro El solitario, fue asistente cercana de Eva Perón y gozó de cierto prestigio y reconocimiento durante los cuarenta y la primera mitad de los cincuenta. Pero a mediados de la década, con la caída del peronismo, no tuvo más remedio que exiliarse en Francia. En París vivió un cuarto de siglo; además de traducir a Villon, Rimbaud y Lautréamont, entre otros, frecuentó a Sartre, Camus, Ionesco y Simone de Beauvoir. Recién en los años setenta volvió a radicarse en la Argentina. Pero mucha agua había corrido bajo el puente, y ya estaba completamente desenganchada del campo literario. Rechazada por los editores, terminó mandando infructuosamente sus novelas a concursos y pagando de su propio bolsillo ediciones de autor. Sin embargo, nunca dejó de publicar. Y, mucho menos, de escribir. Pero no era leída. O sea: su obra no resultaba legible para el campo literario argentino.

Recién reingresó a ese campo magnético de legitimación, como por una carambola del destino, a fines del 2007, cuando ganó el Premio Nueva Novela organizado por el matutino Página 12, entre cuyo jurado se contaban Juan Forn, Alan Pauls, Rodrigo Fresán, Sandra Russo y Juan Sasturain, con su novela Las primas. Ese premio fue su salvoconducto para regresar del destierro. Luego llegaron otros libros, como Nosotros, los Caserta, Eva. Alfa y Omega, y una columna semanal en el suplemento Las 12 del diario Página 12. Esta segunda vida literaria de Venturini tal vez no concluya con su muerte el último 24 de noviembre. Ella ya tenía, me había contado durante la entrevista, varios libros pautados con Random House Mondadori, alguno de los cuales, seguramente, saldrá en breve en la Argentina.

Lo que a mí no me dejaba de llamar la atención hace tres años, y también ahora, al leer todas las repercusiones de su muerte, es que Venturini puede ser leída y asimilada por los jóvenes por una serie de cambios en el sistema de lectura que habían tenido lugar en las décadas en que ella estuvo desterrada. Algo había cambiado en el horizonte de lectura argentino para que Venturini publicara libros por Mondadori, compartiendo catálogo con jóvenes promesas de la literatura y con escritores de sólido prestigio, pero siempre bajo el barniz de lo comercial, ya que es una mega editorial, el Monsanto de la literatura. Mi hipótesis es que los libros de Venturini no podrían ser leídos entrado el siglo XXI si no fuera por la tradición argentina de Copi, Osvaldo Lamborghini, César Aira, Alberto Laiseca. No estoy diciendo que Venturini tenga una obra ni por asomo equiparable a la de estos escritores. Simplemente que gracias a ese horizonte de lectura consiguió un lugar en la comilona de la literatura argentina del siglo XXI como esa tía abuela díscola, un poco freak, que prefiere sentarse en la mesa de los jóvenes antes que estar con los ancianos quejándose del clima, los achaques del cuerpo o las noticias del día.