Con las cuerdas rotas…*

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Félix Pérez Cardozo, príncipe de la estirpe primigenia, acaba de entregar su alma al Señor. El arpa de la raza dormida se quedó, pues, con el canto quebrado en su pecho armonioso. Sus cuerdas tensas se rompieron para siempre y permanecen hoy yertas y silenciosas, como un pendón caído en su mástil. Las manos milagrosas que arrancaron la voz de sus cordajes se paralizaron con el frío de la muerte y se fueron lejos, por el camino de Dios, hacia la región en que las estrellas musitan su oración de luces y de eternidad. El Guyra Campana, que posó en las más orgullosas copas de los troncos de las selvas nativas, se desvaneció con el último canto, al clarear el alba, como en una leyenda védica. El capitán granadero, padre de los sesenta famosos, dio el definitivo parte de reglamento y, con la diestra en la visera y el sable vertical, emprendió la marcha que no se evita.

De hoy en adelante, la aurora, su eterna amiga y confidente, quizás, de muchos sueños acariciados, ya no lo verá más, con su gallarda bohemia, fugada tal vez de una página de Murguer. El camarada invariable, el perpetuo enamorado de su belleza, se fue por la ruta de los astros para no volver jamás, perdido en el reino de una ausencia sin término. El lucero de las postreras sombras, por su lado, dejará de percibir el lejano temblor del arpa, hundida ya en la quietud solemne del silencio. Y las estrellas de las noches dilectas, compañeras fieles, también en horas de meditaciones y de esperanzas, de ilusiones y de luchas, ya no recogerán el vibrar de esos cordajes, enmudecidos dolorosamente como un dios petrificado, igual que ese corazón que se heló para siempre en el frío inmisericordioso de la nieve…

Con Félix Pérez Cardozo no se extingue solamente una voz con acento guaraní. No se apagó una emoción surgida de los fontanares estremecidos del alma autóctona; no deja de arder únicamente la llama encendida a orillas del blanco río de las aguas quietas. Su canto no tuvo exclusivamente el rumor de sus selvas, imán inmenso que lo atraía por impulso de un ancestro telúrico imperioso. Cobró, también, con íntima y sentida fuerza, la sensibilidad de otros suelos. Su arpa recogió el latir de los valles y las sierras, recortado en el amplio panorama hemisférico. Aprehendió el sentir de los altos conos de las montañas, esos titanes que duermen sus sueños de siglos, al decir de Fernando Díaz de Medina. Vibró con la tristeza eterna de las punas, con el sollozar melancólico de los yaravíes, con el nostálgico plañir de las flautas indias. De ahí que, estamos seguros, la tierra de América sentirá, con su partida, un dolor tremendo, un desgarramiento profundo, como si un puñal gigantesco penetrara en su vientre. Se ha ido, indudablemente, el intérprete de su esencia vital. Su folklore ya está ahora vestido de negro. Por eso si pudieran hablar las piedras de los cerros, los troncos de los bosques y el caudal de los ríos de América, seguramente, a esta hora y a su nombre, se levantaría a los cielos una plegaria casi cósmica. Un paraguayo de dimensión continental, un artista de hondo sentido humano, virtuoso de abolengo, está en tránsito al recuerdo perenne del nuevo mundo…

Veinte años atrás abandonó el techo campesino y llegó a Buenos Aires. Era uno más que echaba a andar sus sueños por las calles de la ciudad enorme. Los primeros momentos de esos tiempos fueron duros y amargos. Dentro del inmenso turbión que se desbordaba en las arterias de esa urbe agitada y nerviosa, era, apenas, un hombre más; semilla anonimada lanzada al surco abierto de la tierra roturada. Pero, después, con los años, sus dedos prodigiosos y su arpa vibrante fueron construyendo el pedestal de la ascensión definitiva.

Fue así como la ciudad indiferente, ignorante ayer de su presencia, comenzó a tributarle sus aplausos, a prender chispas con el chocar de sus manos. Como el Pan del mito que amansó a la bestia con la dulzura de su música, así también Feliz Pérez Cardozo subyugó a Buenos Aires con la melodía con su arte excepcional. Su nombre, entonces, se revistió de resonancia popular y signo prestigioso. Llego, prácticamente, a la idolatría. Era, digamos, una emoción de pueblo. Por eso cuando sus brazos se cruzaban por las paralelas del viejo instrumento parecían que vibraban a su vez las cuerdas del sentimiento argentino. Con Los sesenta granaderos, por ejemplo, Feliz Pérez Cardozo sacudía el alma de la patria de Alberdi. Con razón, pues, se decía en Buenos Aires que pocos son los artistas que ejercieron tan firme influencia en su público como este singular poeta del arpa, escapado, sin duda, de un Parnaso de la antigua Grecia…

Feliz Pérez Cardozo realizó una vasta obra de extraordinarias significación espiritual. No solo difundió la música paraguaya por los más remotos caminos de América, sino, además, llevó emoción noble a los hombres y pueblos del continente. Su arte no se iluminó únicamente en los salones aristocráticos, sino a la vez del seno cálido de los hogares humildes, perdidos en la penumbra. Ejecutó así una alta misión humana. Puso resplandor de júbilo en los rostros adustos y preocupados; inundó de luz las almas ensombrecidas, y dio un destello de fe y esperanzas en estas horas de angustia y negaciones. Por eso, si Dios pidiera una cosa buena de la tierra para llevarla a su trono, como en la tierna y bella historia de Oscar Wilde, seguramente sería el arpa de Feliz Cardozo la que se iría para siempre…

Hoy, en que sus cuerdas están rotas, sin su alma, insensibles y enmudecidas, inclinamos la cabeza y nos dejamos llevar por el recuerdo del amigo y artista que no se podrá olvidar jamás. Y para terminar con el dolor golpeándonos aún despiadadamente, permítasenos repetir en su memoria la palabra pronunciado por Walt Withman ante la tumba de Emerson: “Descansa en paz. Tu misión está cumplida”.

(Escrito por Sindulfo Martínez, en fecha domingo 15 de junio de 1952, en el suplemento cultural del diario La Tribuna por el fallecimiento de Feliz Pérez Cardozo, el 9 de junio de 1952).