Esta depresión (esta desaparición del deseo) familiar, nombre contemporáneo del malestar insoportable, tiene que ver con la pérdida. Con la pérdida de lo que envuelve a la falta del objeto. Uno de los nombres de ese envoltorio puede ser Ideal del Yo.
El amor es uno de los recursos más conocidos para cumplir esa función, aunque hoy esté desprestigiado. Y está desprestigiado porque es más fácil consumir cuerpos, psicoterapia, productos dietéticos, drogas, formas de morir en éxtasis, etc., que arreglarse con los deseos y los sentimientos del otro como sujeto que elabora, que quiere o no quiere, que siempre presenta dificultades a nuestra búsqueda de satisfacción.
La ciencia y la tecnología prometen, así, un saber y una producción del objeto adecuado, que se presenta como mucho más confiable que cualquier ideal. Por eso tiene un poder superior de seducción.
Pero la defensa de la libertad, vale decir del deseo, consiste justamente en no reducirse a un sujeto de pura necesidad. La transmisión de esta posición en los vínculos del adolescente colabora con su realización en la vida presente, realización que es su centro de gravedad: una especie de luz verde, unos minutos de soledad brillante. Cuando el adolescente cuenta con un Ideal que lo representa, se adhiere como un caballo sediento a la corriente del río. Al decir de Mario Goldemberg, lo propio de la subjetividad anterior era soñar el deseo insatisfecho. Sin embargo, lo propio de hoy se asemeja más a dormir, dejando al deseo anoréxico, bulímico o adicto… y, por lo tanto, taponando la causa del deseo con los productos del mercado. Los objetos que se ofertan como causa de goce. Porque el mercado oferta los objetos adecuados al goce pulsional, y, si estos fallan, se sabe que pronto vendrá uno mejor. Ya no es necesario, como diría Freud, imaginar, fantasear. Así se queda vacío el escenario deseante del adolescente, que pasa a vivir un escenario desecado de vitalidad.
La decepción, como la susceptibilidad rebelde del adolescente, nos enseña algo. Nos enseña que existe alguna razón enferma oculta, desconocida pero activa, en la insistencia por desaparecer como sujeto del deseo. Vivir con la vitalidad en huelga es contribuir a una excesiva autodesvalorizacion. Es vaciar el escenario del adolescente.
Miembro de Ágape Psicoanalítico Paraguayo