El inmenso universo semántico de El invierno de Gunter (I)

Este artículo tiene 12 años de antigüedad
/pf/resources/images/abc-placeholder.png?d=2425

Un malestar profundo agitaba a estas tribus, y los karaí tomaron conciencia de ese malestar… Más sensibles que los demás a las transformaciones que se operaban, los profetas fueron los primeros en proclamar lo que todos sentían confusamente. Acuerdo profundo, por consiguiente, entre los indios y los profetas que les decían: “Es necesario cambiar el mundo”. (Come on and fuck me, había dicho Eliza, oh, baby, slam it home…). ¿Qué remedio proponían los karaí? Exhortaban a los indios a abandonar la tierra mala para ir a la Tierra sin Males… territorio perfecto de donde toda alienación está ausente… el sitio común de los humanos y los dioses. (El invierno de Gunter, parte I, cap. 1)

Así reza El invierno de Gunter, de Juan Manuel Marcos, a pocas líneas de su primera frase. ¿Y qué decir de una novela que así empieza? ¿Qué decir de un texto que yuxtapone el vulgarismo anglosajón fuck con un discurso erudito sobre el profetismo tupí-guaraní, y que prosigue en esa pauta radicalmente sorprendente a cada paso de sus más de doscientas cincuenta páginas? Pregunta incontestable aquí, pues si es inmenso el universo semántico de El invierno de Gunter, igualmente inmensa, quizá, es la tarea de quien pretende englobarlo en un estudio como este. ¿Cómo captar todos los vericuetos de un laberinto que apunta al infinito, achicarlos, reducirlos a un simple catálogo de recursos y temas que resultaría, después de tanto trabajo, la antítesis de esa inmensidad y la dilución de su voz libertaria? Mejor renunciar a tal pretensión desde un principio, a favor de otro proyecto más factible, el de ofrecer una visión personal del texto, iluminada por las reflexiones de otros estudiosos, para acompañar al lector en la dichosa confabulación de una experiencia compartida.

El cimiento de esa visión es una pregunta, al parecer, casi infantil: ¿por qué se lee? O más precisamente, ¿por qué se lee literatura? Hace un siglo o dos, o incluso en la década de los 1980, cuando la novela de Marcos se publicó originalmente, las respuestas parecían obvias: leemos para mejorar la mente, para divertirnos, para exponernos al sentir y pensar del prójimo, para internalizar discursos que nos ayuden en el trajín social, para tocar con los dedos del cerebro la belleza, etc. Pero andando los tiempos, increíblemente, todas esas intuiciones, el oro consabido de múltiples generaciones de lectores, se encuentran ofuscadas bajo el doble asalto de la instantaneidad tecnológica y del filisteísmo comercial.
¿Para qué leer el Quijote, se nos diría, si el internet nos ofrece, con la rapidez del teclado, infinidad de resúmenes y datos sobre él? ¿Y para qué sentarse a solas con un solo universo textual cuando la misma magia tecleada nos abre un universo de universos, una sarta sin fin de enlaces —músicas, videos, artículos, libros en línea, periódicos, pornografías, aumentaciones de pene, anuncios para zapatos, resultados de fútbol, chistes, rezos a la Virgen— todo fácilmente disponible al antojo individual y sin necesidad de credenciales?

Muchos, por supuesto, han señalado estas tendencias antes que yo. Pero nadie lo ha hecho con más lucidez que el comentarista tecnológico y cultural norteamericano Nicholas Carr, cuyo libro monumental The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains (2010) delata, con lujo de documentación, la incapacitación intelectual inducida en usuarios excesivos del internet. La red, dice él, “es, en su diseño, un sistema de interrupciones, una máquina orientada a la división de la atención”.1
O como asevera en otra parte:

The Web places pressure on our working memory, by obstructing the consolidation of long-term memories... The Web is a technology of forgetfulness. (Carr 193).

Todos los beneficios, en un solo lugar Descubrí donde te conviene comprar hoy

(La red le pone presión a nuestra memoria activa temporal2, obstruyendo la consolidación de las memorias duraderas3… La Red es una tecnología del olvido). (Traducción mía).

En contraste con ese olvido, Carr señala la potenciación cerebral ocasionada por las lecturas contemplativas e intensas. Y no se trata de simples hábitos fomentados por la cultura de leer mucho o navegar mucho la red meramente porque otros lo hacen, hábitos cambiables a fuerza de la voluntad. La teoría voluminosamente documentada por Carr es que estos efectos son neurológicos, porque el cerebro adulto, a diferencia de lo que se ha creído hasta ahora, tiene una plasticidad sorprendente5: se altera estructural y químicamente según las tecnologías que acostumbra usar.

Como se indicó, estos efectos fisiológicos abarcan también el funcionamiento de la memoria, dividida entre las memorias a corto plazo (“working memory”6) y la duradera a largo plazo (“long-term memory”). Pronto me olvido del número telefónico que usé para llamar a la farmacia esta mañana, pero jamás se borrará de mi cabeza el día de mi boda. Y lo que pasa es que la memoria duradera humana es inmensa, pero la otra, la de corto plazo, es sumamente limitada, con una capacidad de solamente unos siete datos a la vez.7 Para que un conocimiento pase de la memoria temporal a la memoria duradera (“long-term memory”), es decir, para que ocurra lo que todo docente desea, el aprender, y sobre todo para que se compongan esos conceptos complejos que constituyen el meollo y la cumbre de la educación, para que se construyan en las fibras del cerebro esos conjuntos de información que los neurocientíficos llaman schema, se requiere de un proceso de internalización a través de repeticiones, reflexiones, y experiencias variadas de la imaginación y del cuerpo.8 La lectura literaria promulga el proceso, pero el uso excesivo y superficial del internet lo aborta9, ya que nos desvía continuamente por una multitud de datos dispares antes de que estos puedan fundirse en schema, en saber permanente, en sabiduría.

Pero ¿qué, dirán los escépticos, tiene esto que ver con la América Latina, región donde el internet es todavía un privilegio de relativamente pocos y donde, si la gente no lee, es por falta de libros y no por exceso de pantallas? Estamos de acuerdo, por supuesto, pero la observación realmente no invalida nuestro análisis. Recuérdese: la pregunta inicial era, ¿por qué se lee literatura? Creemos haber respondido. Aun aparte de la cuestión del internet, fenómeno ineludible incluso en Latinoamérica, creemos haber establecido que hay razones urgentes de promulgar la lectura entre los latinoamericanos, razones inseparables del desarrollo del continente como queremos que sea: libre, hondamente humanitario, respetuoso del intelecto de hombres y mujeres, solidario con el prójimo y con el planeta.

De ahí, el salto es corto al enfoque de este prólogo de la novela de Juan Manuel Marcos. Porque si bien hemos afirmado la centralidad de la lectura literaria para el desarrollo de América Latina, es un corolario obvio que tal literatura debe ser de alta calidad, debe fomentar en grado máximo el estímulo creativo, la variedad de experiencias narrativas y la honda contemplación, que son tan imprescindibles para propagar la sabiduría en el criadero de la memoria.

Hace poco tiempo, en agosto de 2012, en un simposio de literatura organizado por la Universidad del Norte en Asunción, el Ministerio de Educación del Paraguay designó públicamente El invierno de Gunter como obra de “interés educativo nacional”.10 Y aunque el señor ministro y su personal posiblemente no conocieran las ideas de Carr, no es accidental que el reconocimiento ministerial coincida tan poderosamente con la neurociencia documentada por este, pues se trata de un texto literario, la novela de Marcos, conducente en cada uno de sus aspectos al crecimiento intelectual del
lector.

No pretendo hacer un recorrido exhaustivo de esos aspectos. Me limito, pues, a señalar uno solo que actúa de piedra de toque para los demás: la relación entre Marcos y las ideas literarias del gran teórico ruso Mijail Bajtín11 (1895-1975). Y no es que el novelista paraguayo haya remedado a Bajtín ni mucho menos, sino que este, en sus planteamientos previsores, ideó ciertas herramientas intelectuales para explicar muchos de los grandes aportes a la narrativa mundial de décadas recientes, incluyendo El invierno de Gunter.
El invierno de Gunter, analizado con la tradicional óptica realista/naturalista, es decir, con un criterio de reproducción de conductas “normales”, tendría que verse problemáticamente. Así no se habla, así no se actúa, en nuestro vivir diario. Es insólito que la heroína Soledad, una colegiala pobre, pueda producir poesía de la calidad que la novela le atribuye, o que el personaje titular, Pancho Gunter, el presidente del Banco Mundial, pueda renunciar a ese cargo para volver altruísticamente al Paraguay. Pero vista por la óptica bajtiniana, esa misma narrativa, tan incongruente a nuestros criterios de verosimilitud minúscula, irrumpe en la conciencia del lector con frescura y luminosidad incomparables. De pronto, Soledad, Gunter, Verónica, Eliza y tantos otros pobladores de estas páginas dejan de ser simples fantoches de una factibilidad menor para resonar con las voces de mundos, con la plenitud de todo lo posible en la imaginación humana.

Al lector de esta novela, pues, lo primero que se le debe pedir es renunciar a cierta pequeñez de criterio para abarcar otras posibilidades en el lenguaje, en la estructuración de tramas, en el desarrollo de personajes y en su propio papel como lector.

Editor: Alcibiades González Delvalle - alcibiades@abc.com.py

State University of New York at Oswego, Nueva York, Estados Unidos de América.