Para fines de la década de 1950, Estados Unidos y el Paraguay habían contraído una suerte de matrimonio de conveniencia propio de la Guerra Fría. En los años críticos transcurridos entre 1954 y 1961, cuando Stroessner se esforzaba por consolidar su régimen, el monto total de la ayuda norteamericana (excluyendo la ayuda militar) y de los préstamos otorgados por instituciones crediticias internacionales controladas por Estados Unidos llegó a $53,2 millones (o sea 2,74% del PIB), con un promedio de $6 millones por año. Era una suma considerable, considerando que el presupuesto nacional paraguayo era de $21 millones en 1959. El Paraguay figuraba entre los tres mayores beneficiarios de la ayuda estadounidense a América Latina en aquel periodo. En términos comparativos, el total de la ayuda norteamericana antes de 1954 alcanzó menos de $10 millones. El régimen fue hábil en su utilización política de aquella ayuda: mediante una propaganda efectiva, los proyectos financiados por Estados Unidos (caminos, aeropuerto, aguas corrientes) se presentaron al público como ejemplos del progreso realizado bajo su mandato. Algunos de aquellos proyectos financiados por Estados Unidos fueron muy populares a causa de su efecto inmediato en la vida del pueblo. Los paraguayos se acostumbraron al efecto de la ayuda norteamericana y quedaron reconocidos por ella; Stroessner utilizó aquella ayuda para financiar el padrinazgo y la corrupción necesarias para conservar la lealtad de los militares y dirigentes del Partido Colorado —los sostenes de su cleptocracia patrimonialista—. En cuanto a la ayuda militar, su monto total llegó a casi $10 millones durante los años 1954-59. Entre los años 1959 y 1961, cuando el régimen enfrentó varias pequeñas acciones de insurgencia, la ayuda en camiones, armas pequeñas, artillería liviana, municiones y entrenamiento llegó a casi $5 millones. Es difícil imaginar cómo hubiera podido sobrevivir y consolidarse el régimen de Stroessner sin el apoyo político, económico y militar de Washington, después de la caída de tantos gobiernos anteriores a causa de problemas menores.
La ayuda norteamericana fue considerable y vital, aunque sólo se concedió entre el 30 y el 40% de la solicitada por el Paraguay durante aquel periodo. Según la estimación de ciertos documentos del Departamento de Estado, el monto total de la asistencia económica (préstamos, donaciones, créditos) solicitada por el gobierno paraguayo entre 1954 y 1959 se acercó a $120 millones; la ayuda militar, a $75 millones. En enero de 1959, hasta el embajador Ploeser notó que “los insistentes pedidos de ayuda de Estados Unidos de parte del gobierno paraguayo han alcanzado un volumen abultado y nada realista”. En forma repetida, los funcionarios norteamericanos se declaraban “exhaustos” a causa de los constantes pedidos y “frustrados” por los resultados financieros y económicos limitados de algunos programas de ayuda. Sin embargo, a pesar del despilfarro de ciertos recursos, Estados Unidos siguió suministrando al régimen préstamos y créditos. En 1954-55 se satisfizo la mayoría de los pedidos de ayuda, una concesión que los paraguayos supusieron incondicionada e incluso, como señaló alarmado el embajador Ageton: “ilimitada en términos de los recursos disponibles”. No importaba, supuestamente, que muchos fondos norteamericanos se utilizaran para propósitos políticos antes que para el desarrollo y para la mitigación de la pobreza. […]
En dos ocasiones, funcionarios paraguayos formularon veladas amenazas de que, si no recibía la ayuda norteamericana por el monto requerido, el Paraguay buscaría alternativas, incluyendo la ayuda de los países del bloque soviético. En 1958, el canciller Sapena Pastor dijo al subsecretario de Estado Roy Rubottom que, si Estados Unidos seguía dando ayuda a Bolivia mientras que rechazaba los pedidos del gobierno paraguayo, el Paraguay podría verse forzado a recurrir a los países del bloque soviético. En diciembre de 1959, el vicecanciller Luis Ramírez Boettner repitió la amenaza, informando a Philip Burnett, primer secretario de la Embajada Americana, que debido a las demoras de la ayuda prometida por las Naciones Unidas y Estados Unidos, el Paraguay recurriría otras fuentes, como la oferta soviética de brindar toda la ayuda pedida por Asunción sin imponer condiciones. La respuesta del gobierno norteamericano fue la de “hacer entender claramente a los funcionarios paraguayos que las tentativas de manipular las rivalidades del Este y el Oeste son inadecuadas”. A pesar de aquellos “malentendidos”, las relaciones se fortalecieron y crecieron sobre la base del trueque de ayuda por alianza.
Stroessner usó constantemente la “conexión con Washington” para fortalecer su control político. En aquellos años, sus embajadores en Washington fueron por lo general figuras destacadas del Partido Colorado y enviadas a Estados Unidos, no tanto a causa de su capacidad diplomática o estrecha relación con el Segundo Reconstructor, sino para que el Reconstructor mantuviera a sus rivales y a los líderes colorados alejados y ocupados mientras él se adueñaba del partido. Stroessner envió a muchos oponentes políticos, en especial a los jefes de grupos colorados, a puestos diplomáticos en Europa y América Latina, para facilitarse la tarea de unir el partido y convertirlo en el instrumento de su poder. Mansa y cortésmente, aquellos políticos colorados aceptaron la transacción, optando por el confortable y prestigioso puesto de embajador en Estados Unidos en vez del exilio. En Washington se comportaron como eficaces representantes del régimen, que ponían el mayor empeño para alcanzar los dos objetivos claves que les había fijado Asunción: primero, buscar diligentemente el apoyo económico, militar y político; segundo, recordar al pueblo y al público americanos la amistad del Paraguay y su compromiso con los objetivos de la Guerra Fría. Los documentos del Departamento de Estado muestran que los embajadores fueron vigorosos y elocuentes voceros del gobierno paraguayo, que seguían en sus reuniones con los funcionarios del Departamento de Estado el mismo plan preestablecido: expresar su gratitud por el apoyo recibido; reiterar el compromiso del Paraguay con los objetivos estratégicos anticomunistas de Estados Unidos; advertir —exagerando— sobre la amenaza o influencia comunista en el país antes de hacer cualquier pedido de asistencia económica o militar.