Entre los muchos acontecimientos relevantes que se dieron desde 1811 hasta hoy, la aparición de El Paraguayo Independiente es un suceso doblemente grato: inicia la actividad periodística en el país y expresa la defensa inflexible de nuestra independencia. Don Carlos Antonio López (1792-1862) se puso al frente del periódico desde el primer número, sábado 26 de abril de 1845, hasta el último, sábado 18 de setiembre de 1852, totalizando 118 números. Sus objetivos fueron cumplidos con el reconocimiento argentino —principal propósito— y que los paraguayos tuviesen exacta conciencia de la importancia de decidir su propio destino.
Este primer periódico paraguayo —no se cuenta como tal el anterior, El Repertorio Nacional, un sumario de disposiciones oficiales— es el ejemplo de un Gobierno dispuesto a defender con pasión, pero con justicia, los intereses nacionales por encima, incluso, de la posibilidad de que la tiranía de Rosas invadiese el Paraguay.
En todos los números de El Paraguayo Independiente Don Carlos transcribe y comenta los documentos que sostienen la independencia patria. Con vehemencia, pero con respeto, expone las razones que asisten al Paraguay para ser reconocido como país que ha elegido romper sus cadenas no para encadenarse a Buenos Aires ni a ningún otro poder extranjero.
La repercusión de El Paraguayo Independiente fue masiva y de inmediato. “El pueblo acogió con entusiasmo la aparición del periódico; sus ejemplares eran leídos con avidez por todas las clases sociales. Aparte de su importancia como centinela y heraldo de los derechos patrios, significaba un paso más en la marcha hacia el progreso. El Paraguayo Independiente —comentaba ‘El Comercio del Plata’— es devorado por todas las clases sociales (…) muchos otros diarios del continente americano hicieron suya la causa paraguaya; salieron a la palestra nobles paladines: Florencio Varela y Valentín Alsina escribían en ‘El Comercio del Plata’; José Rivera Indarte en ‘El Nacional’ de Montevideo; Sarmiento en ‘El Progreso’ y Santiago Derqui en ‘La Revolución’ de Corrientes” (Julio César Chaves, El Presidente López).
O sea, la prédica de López a través de la prensa tuvo una repercusión que por otro medio, tal vez, no la hubiera tenido de manera tan decisiva.
El Gobierno de Buenos Aires no sólo se negó a reconocer los derechos paraguayos, también pretendió que los demás países hiciesen lo mismo. Este hecho fue denunciado en el primer número de “El Paraguayo Independiente”, a más de anunciar el relato de los hechos objetivos desde 1810 y la convicción de que la justicia habrá de imponerse, como sucedió finalmente.
Pero en los inicios de la campaña, una santa indignación corría por las páginas del periódico. Así leemos en el primer número: “La Gaceta Mercantil de Buenos Aires en su número 6369 del 15 de Enero insuflada de la idea de un ciego predominio dirige una grave ofensa a la República del Paraguay, combatiendo su independencia nacional, ofensa que adquiere carácter aún más subido y odioso, cuando se reflexiona que ese artículo tiene la cualidad de oficial, pues que en ella no tendría a su disposición el archivo argentino para extractar la correspondencia del Gobierno del Paraguay.
“Tan notable circunstancia, la naturaleza de dicho artículo, y los esfuerzos que la imprenta de Buenos Aires emplea para impugnar la independencia de nuestra patria, y presentarla a los ojos de las naciones como una entidad problemática e infundada, excitan los sentimientos de la nacionalidad, y son incompatibles con el silencio aun por vía de menosprecio por cuanto podía tener la interpretación del temor.
“La independencia de la República del Paraguay es la base y condición indispensable para la felicidad de sus hijos…”.
Este vigoroso inicio de la defensa de los derechos patrios habría de reiterarse en todos los números del periódico. En el último, leemos: “Nuestro papel concluye en este número, y al cerrarlo tenemos la íntima complacencia de felicitar a nuestros compatriotas, por la consecución de los tres grandes objetivos de nuestras tareas: el reconocimiento de la Independencia de la República; el acuerdo definitivo de sus límites con la Confederación Argentina, y la libre navegación de nuestro pabellón por el río Paraná y sus afluentes”.
Con El Paraguayo Independiente el periodismo nacional tuvo un privilegiado comienzo. Nació para defender los derechos de la patria en cuyo afán el presidente de la joven República experimentó el poder de la palabra. Cuando trató de hacer escuchar su voz libertaria encontró que el mejor instrumento para hacerlo era la prensa. Gobernante autoritario al fin, Carlos Antonio López tuvo la contradicción de palpar los beneficios de la prensa, pero al mismo tiempo la encerró en una celda para que no se le escapara de las manos.
Frente al éxito de su prédica periodística, era de esperar que el Paraguay iniciase bajo su gobierno la postergada libertad de prensa, pues Carlos Antonio López, como antes el Dictador Francia, conocía las legislaciones que amparaban la libre expresión de las ideas como la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, en Francia, y la Primera Enmienda de la Declaración de Independencia Americana, de 1791.
La Constitución paraguaya de 1844, en el artículo 10, expresa que “para establecer imprenta de particulares en la República se tomará primeramente el permiso del Supremo Gobierno, dando el dueño o el administrador una fianza de dos mil pesos bajo la cual se compromete a cumplir con los reglamentos que le diera el gobierno de la República”. Se entiende que bajo estas condiciones no hubiera libertad de prensa, la que recién fue garantizada en la Constitución de 1870.
Ignoro cuánto sería hoy dos mil pesos, pero es de imaginar que habrá sido una suma considerable. Por encima del dinero pendía el compromiso por parte de un posible periódico de “cumplir con los reglamentos que le diera el gobierno de la República”. Reglamentos que se irían dictando —improvisando— según la idea del gobierno acerca de la libertad de prensa, bastante represiva según el señalado artículo 10.
En homenaje a los objetivos de El Paraguayo Independiente, los periodistas eligieron el 26 de abril para memorar su día. Tal vez hubiera sido mejor el 25 de noviembre en recordación de la Carta Magna de 1870 que consagró, por primera vez en la historia del país, la libertad de prensa en toda su amplitud. Una cosa es que el Gobierno tenga esa libertad —aunque fuese para defender los derechos nacionales— y muy otra que la ciudadanía carezca de ella.