Fervor de Buenos Aires: primer libro publicado por Jorge Luis Borges.

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“El libro era esencialmente romántico, aunque estaba escrito en un estilo escueto que abundaba en metáforas lacónicas. Me temo que el libro era un plum pudding: contenía demasiadas cosas. Sin embargo, creo que nunca me he apartado de él. Tengo la sensación de que en todo lo que escribí después no he hecho más que desarrollar los temas presentados en sus páginas; siento que durante toda mi vida he estado reescribiendo ese único libro”. En su Autobiografía, así habla Jorge Luis Borges (1899-1986) del primer libro que publicó, Fervor de Buenos Aires (1923). Luego, en la Nota autobiográfica para la Antología de la poesía argentina moderna (1900-1925) se lee: “A fines del 21 regresé a la patria, hecho que es en mi vida una gran aventura espiritual, por su descubrimiento gozoso de alma y de paisajes. En Fervor de Buenos Aires inventé la expresión lírica de ello”. Así, el poemario nace con el redescubrir su ciudad natal, Buenos Aires, después de una ausencia de casi ocho años, pasados en Europa con su familia. En la poetización de la experiencia vivida por el poeta y locutor lírico existe, pues, una relación metonímica, o de inclusión. Y, entre dicha poetización y la materialidad del poemario, una relación de sinécdoque, o de contigüidad. El poemario se constituye en un prisma que filtra toda la interioridad del sujeto lírico en la del lector. Inclusión y contigüidad son mecanismos de reflejo y refracción por los que el locutor transpone la anécdota del yo con voz de épica de cualquier porteño y, a la vez, universal.

El volumen es importante en tres aspectos: el uno, en cuanto a la experiencia de poeta vanguardista del autor. El otro, “emocional”, como dice Borges en la Autobiografía. Y, por fin, el aspecto metafísico que aparece en todo lo que publicó luego, ya en prosa, ya en verso. En esta triple dimensión reside el meollo de la afirmación de haber “estado reescribiendo ese único”. De que así sea, el tiempo y el anhelo se encargaron de lograr cernir y expresar su misterio. En cuanto al primer aspecto, digamos que el mecanismo de poetización de la experiencia del sujeto se organiza tanto por metonimia como por sinécdoque. En el primero de los casos, Buenos Aires encarna al sujeto. En el segundo, lo representa como si el sujeto fuera un todo y Buenos Aires una parte de ese todo. Y, siempre sirviendo la regla ultraísta de evitar confesionalismos, a los recursos retóricos evocados, habrá que añadirle primero, la hipálage: Buenos Aires -sus calles, sus patios, sus suburbios, la pampa cercana, los atardeceres, las rejas y los balcones, todo- siente lo que el sujeto siente. Luego, la paradoja, puesto que todo es y no es, siendo.

En cuanto al aspecto emotivo, el lector descubre que el poeta, desde su individualidad, en lugar de referirse a lo que siente, Borges evita lo anecdótico y expresa sus sentimientos transponiéndolos a todo lo que pertenece y define a Buenos Aires, ubicando al lector en el papel de testigo de su experiencia del fluir del tiempo. Cada verso de Fervor conlleva la sorpresa del aliento del tiempo que, pasando por toda la Creación, plasma en ella su substancia y naturaleza: la del ser y no ser, siendo. Es decir, el vivir muriendo a cada instante un poco. El fervor porteño expresado constriñe al tiempo a un espacio cerrado, el del espacio psicológico del reencuentro, cuyos matices se detallan en los poemas–prismas por los que se filtra el concepto del tiempo. Se lo invita al lector a que comparta la experiencia del locutor, desempeñandose como testigo de la experiencia del fluir del tiempo. Invitación en espejo en la que Borges transmite el vivir la fugacidad del tiempo que pasa. “La eternidad no se concibe sino como un constante andar“, dice Borges, entonces. Habiendo poetizado la visión del yo y la visión del otro. Sensum personal, visión prismática, no mimética, una estética pasiva de espejos. Estética forjada en el devenir constante del tiempo y en la substancia de tiempo del hombre. Misterio de la realidad de la condición humana. Y, “estoy solo y conmigo”, dice el último verso del poema “Cercanías”, de Fervor.

Y, por fin, en cuanto al aspecto, el metafísico, éste resulta ser la meta final del anhelo de cernir la cuestión de la naturaleza del tiempo y transmitirla. A la par que el autor y el locutor, también los lectores viven, en la memoria remansada que es el poema, el fluir del tiempo. Pero Borges, quien desea la pervivencia paradójica de la experiencia, logra que cada una de las relecturas de Fervor sea la confirmación de que el tiempo se remansa y sigue fluyendo, en la medida del tamaño de su esperanza -parafraseando el título de uno de sus ensayos (1926)- el de la relectura del poemario. Los poemas de Fervor son símbolos del fluir del tiempo en la metáfora de Heráclito: la de un río que descubre que en el lecho por el que fluye se halla su auténtica naturaleza y no en el caudal que lleva. Los poemas de Fervor le ofrecen al lector una suerte de ataraxia epicúrea por qué luchar contra lo ineluctable cuando es más válido integrarlo en nuestras vidas. Poemas como remansos en los que se sume quien sabe resignarse ante lo ineluctable. Remanso de tiempo que en el atardecer va cubriendo de sombras a la Plaza San Martín, por ejemplo. Poema éste en el que el sentimiento dominante es el regocijo. aparentemente. Poema y remanso por los que, en cada una de las reiteraciones de la lectura, ésta es como las gotas mismas del río de Heráclito. Por ello, Fervor canta la épica del hombre en su “substancia de tiempo”, afirma Borges.

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Cuando locutor y lector de Fervor tamizan su sensum estético -percepción, sensibilidad, inteligencia- en los poemas, ambos se apoyan en el acto de pensar, tanto en el tiempo como en su misteriosa naturaleza. Todo un mecanismo cognoscitivo que se pone de relieve, suerte de metafísica que nació, nace y vuelve a nacer con la ya referida experiencia paradójica de constatar que Buenos Aires, el lector, la Creación entera poseen la sustancia del ser y no ser, siendo. La eternidad de Fervor resulta de la suma de presentes de la relectura que se disuelve en el constante fluir del río de Heráclito.

Es legítimo suponer que la lectura de Fervor de Buenos Aires, en las sesiones del seminario realizado en Asunción en mayo pasado en el Centro Cultural de España Juan de Salazar, fue una gota más en el río de Heráclito, en el silencio de Borges, en la soledad de nosotros mismos con Borges, de todos y de todo en la eternidad de Fervor de Buenos Aires.