La vida del doctor Franz Kafka, funcionario de seguros y escritor judío de Praga, duró 40 años y 11 meses. De ellos, 16 años y 6 meses y medio correspondieron a su formación escolar y universitaria, y 14 años y 8 meses y medio a la actividad profesional. A la edad de 39 años, Franz Kafka obtuvo el retiro. Murió de tuberculosis de laringe en un sanatorio de Viena.
Aparte de sus estancias en Alemania sobre todo, viajes de fin de semana, Kafka pasó unos 45 días en el extranjero. Conoció Berlín, Múnich, Zúrich, París, Milán, Venecia, Verona, Viena y Budapest. Vio el mar en un total de tres ocasiones: el mar del Norte, el mar Báltico y el Adriático italiano. Además, fue testigo de una guerra mundial.
Franz Kafka permaneció soltero. Estuvo prometido tres veces: dos con la empleada berlinesa Felice Bauer, una con la secretaria praguense Julie Woheyzek. Se le atribuyen relaciones amorosas con otras cuatro mujeres, además de contactos sexuales con prostitutas. En toda su vida, apenas convivió seis meses con una mujer. No tuvo descendencia.
Su amigo Max Brod
Como escritor, Franz Kafka dejó unos cuarenta textos completos en prosa, de los que en una interpretación generosa de la definición del género nueve pueden calificarse de relatos: La condena, El fogonero, La metamorfosis, En la colonia penitenciaria, Informe para una academia, Primer sufrimiento, Una mujercita, Un artista del hambre, así como Josefina la cantante o El pueblo de los ratones. En la edición crítica de sus obras hoy considerada definitiva, los textos que el propio Kafka daba por terminados abarcan una 350 páginas.
Además, Franz Kafka dejó unas 3.400 páginas de anotaciones de diarios y fragmentos literarios, entre ellos tres novelas incompletas. Conforme a las disposiciones testamentarias que dejó a su amigo Max Brod, todos esos manuscritos debían ser destruidos; él mismo destruyó un número de ellos que no cabe determinar con precisión, pero considerable en cualquier caso. Brod en cambio no atendió las indicaciones de Kafka, sino que publicó su legado hasta donde pudo reunirlo. También se publicaron casi en su integridad las de alrededor de 1.500 cartas suyas que se han conservado.
"¿Qué tal?" "Gracias, vivimos". Vivir es un estado, no una actividad. Si se ha tenido una vida o no, es algo que se demuestra al final. En el año 1892, Italo Svevo publicó su primera novela, prototipo de novela moderna de empleados: Una vida. El protagonista, un pequeño escribiente llamado Alfonso Nitti, parece una maligna y anticipada caricatura de Kafka. Tampoco Alfonso logra alcanzar la felicidad erótica, también su capacidad de decisión se ve paralizada por el aburrimiento de interminables horas de oficina en las que se aferra a la ilusión de una futura productividad intelectual, mientras de hecho no logra producir nada más que unos cuantos pobres fragmentos. Al principio Svevo tenía en mente otro título, Un inetto (Un incapaz, Un inútil), antes de decidirse por el lacónico, y por lo tanto mucho más eficaz, Una vita. No sirvió de nada; nadie reconoció lo paradigmático de este héroe, y no es probable que la novela llegara a oídos de Kafka.
¿Una vida? Si aplicamos la vara de medir de las hedonistas sociedades occidentales del siglo XXI a la existencia física de Kafka, el resultado es realmente desolador. Nos parece que una vida de ochenta años es el mínimo biológico que nos corresponde. Una persona de cuarenta años está en el cenit, no piensa en el final. Si aún así le llega, se habla de que ha tenido media vida, de algo inacabado y absurdo.
Ese déficit básico se multiplica si se tienen en cuenta los parámetros que actualmente deciden el balance entre placer y malestar: salud, sexualidad, vida familiar, fun y adventures, independencia, éxito profesional. Sin duda Kafka era todo lo contrario de un marginal, estaba socialmente integrado y llegó, al fin y al cabo, a subdirector de departamento con derecho a pensión. Pero no amaba su profesión, y la relativa seguridad que le ofrecía había sido comprada al precio de una formación desproporcionadamente larga y agotadora
con tiempo de su vida, por consiguiente. Los espacios de decisión, la multiplicidad de opciones que hoy los jóvenes reclaman ya como evidentes, quedaron fuera de su alcance. Siendo un hombre de treinta años vivía con sus padres, y a excepción de unos pocos meses pasó toda la vida en la misma ciudad, rodeado de un pequeño y casi constante círculo de amigos. Lo que poseía fue devorado por la enfermedad y la hiperinflación. Del "mundo" vio poco, y lo poco que vio casi siempre corriendo, bajo la presión de unos permisos restrictivos. También fueron escasos sus intentos de procurarse compensaciones: nadar, remar, hacer gimnasia, el trabajo en el jardín, el descanso en sanatorios, excursiones al campo y los modestos excesos de las tabernas de Praga. Pero, sobre todo, es estremecedora la desproporción entre los desesperados esfuerzos que hizo durante toda su vida por alcanzar la plenitud sexual y erótica, y la escasa y rara dicha alcanzada, que jamás se dio con libertad.
Un campo de ruinas
A esas restricciones y pérdidas se añade el inmenso sacrificio de tiempo y energía que Kafka dedicó a la literatura. Veía el acto de escribir como el verdadero eje de su existencia, la escritura le calmaba y estabilizaba, la escritura lograda le hacía feliz y le daba seguridad en sí mismo. Pero también aquí el balance exterior, la proporción entre inversión y beneficio, es casi estrafalario. Por cada página manuscrita que consideró digna de ser publicada hubo diez, quizá veinte páginas, que quiso ver destruidas. Todos los proyectos que desbordaban el ámbito de un relato corto fracasaban. Lo mismo cabe decir de los intentos hechos en otros géneros literarios: el lenguaje de la poesía le fue inaccesible, la planeada autobiografía no se llevó a efecto, y también sus pocos y no muy entusiastas experimentos en el ámbito de la creación dramática carecieron de resultados tangibles. Imaginemos que en el legado de un compositor se encontraran, junto a unas pocas obras terminadas de música de cámara, docenas de composiciones interrumpidas, entre ellas tres sinfonías incompletas. ¿Un fracasado, un incapaz? Brod intentó durante largos años ocultar esta situación, sin precedentes en la historia de la literatura, mediante una tendenciosa estrategia editorial. Pero hoy ya no hay nada que ocultar, la edición crítica de las obras existe, y es inevitable la impresión de que, como escritor, Kafka dejó tras de sí un campo de ruinas.
La vida de Franz Kafka transcurrió en un escenario centroeuropeo relativamente reducido, careció de los cambios y viajes que marcaron la vida de muchos de sus coetáneos literarios. Tampoco se movió en los círculos literarios de los grandes autores de su época, en Viena no conoció a Musil, Hofmannsthal, Rilke o Trakl, aunque conocía sus obras y admiraba a escritores coetáneos como Thomas Mann; fue un lector entusiasta. Se autoexcluyó del quehacer literario público de su tiempo, sólo enviaba manuscritos a las revistas o editoriales si se los solicitaban, y limitaba su vida social, ya lo dijimos, a un círculo reducido de amigos.
"Pocas veces he traspasado el terreno fronterizo entre la soledad y la comunidad; me he instalado en él incluso más que en la propia soledad. ¡Qué tierra más viva y hermosa era en comparación con ello la isla de Robinson!". Así escribe Kafka tres años antes de su muerte. Seguía viviendo, soltero, en el ámbito de su familia, que le vigila y agobia, al margen tanto del mundo de los judíos asimilados y de habla alemana como de los sionistas, ejerciendo aún un trabajo que le resulta "insoportable" porque "contradice mi única exigencia y mi única profesión, que es la literatura".
Nace en 1883 en Praga, y tras una vida breve es enterrado allí, en el cementerio de Strachnitz, a los cuarenta y un años. Aparentemente, todos sus intentos de huida habían fracasado: el matrimonio, la asimilación, el sionismo, el cambio geográfico y, sobre todo, su supervivencia como escritor autónomo. Vivió una existencia local, por no decir provinciana, como la de Strifter o Yeasts. Y sin embargo la prosa que este autor escribía con pasión al margen de sus horas de oficina se ha hecho famosa en todo el mundo hasta el punto de ser uno de los autores del siglo XX universalmente más leídos y traducidos, con un público constante al margen de las modas, punto de referencia para muchos autores posteriores como Elias Canetti o, actualmente, Imre Kertész, por citar solamente a dos premios Nobel. Su obra tuvo que salir de su tierra natal para ser valorada: fue difundida por un reducido grupo de "iniciados" alemanes en los años veinte, muy especialmente en Francia, donde fue promocionada por Breton y los surrealistas primero, luego por Camus y Sartre. Tras pasar a Inglaterra y los Estados Unidos, "volvió" a la lengua alemana, a Alemania y Austria en los cincuenta. Durante esa década se publicó una primera edición de Obras Completas. Ahora Kafka se ha convertido en uno de los autores clásicos indiscutibles y más sugerentes de la modernidad.
Filosofía del absurdo
Es bueno recordar que a semejanza de Sartre en La náusea, Camus especula también con los sentimientos del vacío, lo inhumano, el absurdo. En una página de El mito de Sísifo escribe: "Los hombres también segregan lo inhumano en ciertas horas de lucidez. El aspecto mecánico de sus gestos, su pantomima privada de sentido torna estúpido todo lo que les rodea. Un hombre habla por teléfono detrás de una puerta de cristales; no se le oye; pero viendo su mímica sin alcance uno se pregunta por qué vive".
Pero es en las novelas de Franz Kafka como se sospechará y según luego detallaremos donde la filosofía del absurdo adquiere su más perfecto y obsesionante cuerpo. De hecho, ninguna de las creaciones existencialistas supera el horror viscoso de La metamorfosis, la angustia suspensa de El proceso, ni el sentimiento de la infinitud inasible que desprende El castillo. No es extraño, pues, que las obras del genial precursor checo alcancen cada vez mayores influjos y promuevan exégesis inacabables.
La literatura precede a la ciencia de la literatura. Es como mínimo inimaginable que un lector experimentado, con una capacidad de recepción desarrollada, no sienta nunca la experiencia impactante de la genialidad ante los textos de Kafka, incluso si percibe esos textos como carentes de humor, extravagantes, crueles u oscuros. Su mundo es inhabitable, y hace falta mucho tiempo para adaptarse a él. Aun así, sus frases se meten bajo la piel, dan qué pensar, no es posible librarse de ellas. Dos preguntas surgen, inevitablemente: "¿Qué significa todo esto?, es una. ¿Cómo puede escribirse algo así?", la otra. Y, según a cuál de esos dos gritos atienda, el lector caerá en la jungla de la interpretación o en el esfuerzo de resolver un crucigrama biográfico imposible de cerrar.
Kafka y el absurdo verosímil
o Kafka y la lógica imposible. He ahí dos enunciados permutables, ambivalentes. Ambos hacen diana en el blanco difícilmente asible de la obra kafkiana. Lo verosímil habita en el corazón del absurdo y la lógica se mantiene en vilo sobre el vacío de lo improbable. En efecto, la primera comprobación que hacemos al internarnos en el universo de Kafka es esta: mientras elaboradas fantasmagorías no dejan huella duradera, la aparente segregación onírica de sus invenciones se mantiene en la vigilia, inmune al deshilachamiento inmediato que sufren los sueños. Sus ficciones no son productos nocturnos; justamente comienzan cuando acaba la noche. Gregorio Samsa en La metamorfosis, al despertar un día, se palpa como si fuera víctima de una pesadilla, pero la cucaracha o escarabajo en que aparece convertido es perfectamente real. Joseph K., también al levantarse, una mañana, es detenido; se le somete a un proceso cuya motivación ignora, es enjuiciado por un tribunal cuyas acusaciones nunca llegan a concretarse y cuya jurisdicción tampoco nadie conoce exactamente, pero que destrozan su vida. K, el protagonista de El castillo, a quien se ha solicitado como agrimensor, no logra nunca acceder a su destino, queda varado en una aldea, sometido a esperas, caprichos y vicisitudes de misteriosas jerarquías que le sobrepasan. Luego lo increíble sucede y el absurdo es cotidiano. Entonces no se hable de sueños: su repertorio auténtico es tan limitado como descosido. Tampoco de los cambios fantásticos de personalidad. Algunas excepciones memorables, ejemplos de la presencia de lo maravilloso en lo cotidiano, pudieran ser: The wonderful visit, de H. G. Wells; Woman into Fox, de David Garnett, y Le jeune bomme du dimanche, de Jules Superville. En última instancia, podríamos aceptar que las construcciones kafkeanas fueran sueños, pero de la vigilia, "sueños despiertos", con un sentido más amplio que el de Freud. Porque el poder de la imaginación lúcida es el más poderoso; es el único capaz de crear arquitecturas sólidas, ficciones que, pasado el primer momento de sorpresa, se tengan en pie.
El proceso
"Detención", "interrogatorio", "acusación": Nada puede entenderse en el sentido literal, todo es un poco diferente, aunque no del todo diferente a lo esperado. Con razón se ha hablado de "lógica onírica"el propio Kafka proporcionó una clave importante al evocar su "ensoñadora vida interior", y de hecho se encuentran muchos puntos en común entre la realidad de El proceso y los extraños efectos de alienación que distinguen los sueños intensos. Esto incluye los detalles vistos con extrema nitidez, los inquietantes desplazamientos de espacio y tiempo, las inexplicables resistencias, pero sobre todo la falta de motivos, explicaciones, causas. Se reconocen muchas cosas, pero de manera quebrada, como vistas a través de un prisma. Por su forma, el tribunal de Kafka es realista: hay acusados, vigilantes, abogados, jueces, oficinas, jerarquías, expedientes, penas. Pero es inexplicable qué finalidad persigue este monstruoso aparato que parece girar sobre sí mismo, alimentarse de sí mismo.
Un adversario cuyo rostro se mantiene oculto nos parece especialmente peligroso
un atavismo que el cine gusta de emplear para suscitar el miedo. Porque en cuanto ese "otro" no sale a la luz, el espectador se hace involuntariamente su propia imagen, la encarnación de su miedo. Eso es lo que ocurre en El proceso. Kafka muestra e interpreta. Pero si seguimos su dedo con nuestra mirada, enseguida se abre un velo. Su tribunal tiene una superficie visible. Pero todo lo que se ve en ella remite siempre a otra cosa, más esencial, inimaginable: "los jueces supremos", "la Ley". Cuanto menos se sabe, más se especula. Todos hablan de ello, todos tienen algo que aportar, pero nadie puede referirse a su propia experiencia, sino siempre tan sólo a lo que otros supuestamente oyeron o vivieron. El tribunal ocupa pensamiento y lenguaje y se vuelve, por tanto, omnipresente. No es sólo el sentimiento de culpa el que lleva al acusado ante el tribunal para enfrentarse al fin cara a cara a sus anónimos jueces: ningún adversario visible es tan temible como el imaginado, ningún duelo abierto inspira tanto miedo como vivir bajo el campo de visión de un francotirador.
Pero si el tribunal es omnipresente, entonces, stricto sensu, está aquí, en las llanuras físicas de la vida. Josef K es detenido en la cama, los guardianes se comen su desayuno, negocian acerca de su camisón. Los vecinos miran por la ventana. Los compañeros del banco también están enterados, e incluso como amante, K está expuesto ahora a los ojos y oídos de inaprensibles testigos. El comienzo del procedimiento significa el fin de toda intimidad. Este total despojo de la víctima se ha leído muchas veces como profecía, y de hecho es asombroso lo mucho que las descripciones de Kafka se aproximan, sobre todo en su atmósfera, a la constitución interior de las sociedades sometidas a un régimen totalitario. ¿Cómo podía saberlo Kafka, dos décadas antes de que la gestapo y las "purgas" estalinistas congelaran a millones de personas en un estado de permanente miedo? Pensemos en las prácticas de vigilancia, comparativamente cómodas, a las que el "Schwejk" de Jaroslav Hasek sabe sustraerse con sencillos trucos. Esta chapucera dejadez austrohúngara, descrita con tanto realismo, nos parece históricamente muy lejana, prácticamente legendaria, mientras la pesadilla de El proceso recoge en imágenes una situación fundamental del siglo XX.
La pesadilla de la modernidad
Kafka no sabía todo eso. Pero su radar social llegaba lejos, y no hacía falta una guerra mundial para proporcionarle le experiencia de una violencia colectiva que penetraba por doquier como la arena del desierto, sin rostro, por así decirlo. Como judío, había sabido desde muy temprano que existía una cosa así, y que lo espantoso del poder reside precisamente en sus leyes propias y en su arbitrariedad impenetrable, en apariencia carente de objetivo, lo advirtió en el ejemplo de su propio padre. La carne cruda y sangrienta que la guerra puso al descubierto no fue más que una propina, igual que el fantasma de un cuerpo ensartado por las máquinas que Kafka conocía por su propia correspondencia oficial mucho antes de que fuera capaz de darle forma literaria en En la colonia penitenciaria.
Las propias instancias judiciales no ocultan su indiferencia. La frase quizá de más peso de la novela, una de las pocas manifestaciones auténticas de ese adversario tan estoico como terrible, está al final del capítulo "En la catedral", y sale de la boca del capellán de la prisión: "El tribunal no quiere nada de ti. Te recibe cuando vienes y te despide cuando te vas". Walter Benjamín ha comentado estas palabras que K escucha, ha quedado dicho en realidad que el tribunal no se diferencia de cualquier otra situación. Esto vale para cualquier situación, siempre con la condición de que no se entienda como desarrollada por K, sino como algo exterior a él y que está, por así decirlo, esperándole".
Quizá ningún otro lector se haya acercado tanto al frío núcleo de El proceso. Porque esto significaría que la lógica onírica privada de Kafka es una con la pesadilla de la modernidad: la expropiación de la vida que se desarrolla a espaldas de cada individuo. Todo el mundo es libre. Pero, decida lo que decida, sigue siendo un "caso", para el que hace mucho que existen las reglas, medidas, instituciones adecuadas, y hasta su más espontáneo y feliz movimiento sigue dentro del horizonte cerrado de un mundo planeado y administrado hasta el último detalle.
Armando Almada-Roche
armandoalmadaroche@yahoo.com.ar
(Desde Buenos Aires, especial para ABC Color)