Al principio fue un rumor, después una leyenda y luego, con el trascurrir de años y décadas, la amenaza se fue convirtiendo en una dolorosa realidad: nos estaban robando la ciudad de nuestra infancia, adolescencia y juventud. Encarnación siguió siendo la capital de Itapúa, pero toda la zona ribereña, nuestra querida «Villa Baja», fue tragada por el tren del progreso y desapareció para siempre. Quedan de ella solo algunas fotos grises que se van borrando con el tiempo y los recuerdos nostálgicos en la decreciente memoria de quienes alguna vez la amamos, la sentíamos nuestra y hoy, poco a poco, también nos vamos diluyendo con el implacable paso de los años.
Quienes hoy rondamos los 60 abriles y nacimos a orillas del caudaloso río Paraná, en la tranquila Encarnación de mitad del siglo XX, somos los testigos sobrevivientes de una época dorada que vivimos quizás descalzos y con pantalón cortito, inconscientes de la felicidad que nos regalaba la vida.
La familia Silvero-Álvarez tenía su vivienda y negocio a apenas 50 metros del «puerto» que, por medio de lanchas, nos unía a Posadas. Tal puerto en realidad era una precaria casilla en tierra firme y una rampa de madera antigua y crujiente que, por milagro divino, sostenía a los pasajeros con sus bolsos mientras caminaban hacia las embarcaciones.
La jornada laboral se iniciaba temprano en la zona portuaria. Al amanecer, ya estaban las paseras chimentando, compartiendo un mate o cambiando sus guaraníes a pesos argentinos. Apenas abrían los negocios, empezaban los pedidos y arreglos financieros con los comerciantes. Don Eliezer y doña Marina, de Casa Ana Dora, necesitaban cuatro ojos para controlar a tanta clienta, y por eso desde pequeños mis hermanos Luis y Carlos eran precoces controladores.
Las mercaderías preferidas: los famosos cigarrillos Kent, Marlboro y Benson, y los whiskies Caballito Blanco, El Monje y Blanco y negro. También se llevaban la popular «pomadita china» (el viagra de la época), perfumes, licores y mercaderías finas varias.
Para los niños hijos de los comerciantes, venía luego un momento de gloria, aunque luego ya era rutina: en la trastienda, las paseras colocaban las cajetillas de cigarrillos de a uno en medias de nylon formando largas y delgadas tiras. Luego, se levantaban las polleras hasta el cuello, dejando al descubierto sus cuerpos en ropa interior; con notable habilidad, se colocaban las fajas de cigarrillos a lo largo del cuerpo, hasta por encima de la rodilla; luego, como en un pase de magia, metían una botella de whisky entre las piernas (operación «ensillada») y dejaban caer sus amplios vestidos. Las «turistas» estaban listas para ir de visita a Posadas, con las cajas del tabaco y de la bebida bien plegaditas en sus carteras.
A la siesta, los comerciantes de frontera regresaban de Posadas. Mis hermanos Óscar y Luis esperaban en la cabecera del muelle, con sus cajas de carameleros colgadas al cuello pero ofreciendo paquetes de cigarrillos a los curepas. Algunos carretilleros y muchos niños alborotadores, entre ellos Papi y yo, nos disputábamos los bolsos de los viajeros pues había que recorrer unos cien metros, bordeando el río, hasta llegar a la Aduana, y luego salir a la calle con la carga. Ahí concluía el «servicio» y venía la paga: con suerte, un guaraní o la recompensa en especie: un par de galleta Posada o unos sabrosos caramelos de dulce de leche.
En la cuadra de la Aduana, hacia la izquierda, había antiguos automóviles, amarillos, que fungían de taxis. Los usaba muy poca gente, quizás algún turista curepí llegado de la lejana Buenos Aires. Casi todos preferían treparse a los populares «karumbe», el coche de madera, montado sobre dos ruedas y tirado por un caballo. En la valijera se colocaban los bultos, los pasajeros se acomodaban sobre un mullido asiento y el conductor, rienda en mano, revoloteaba el rebenque, incitando al animal a dar comienzo al trasporte público.
Al caer la tarde y cerrarse el paso portuario, el muelle se convertía en centro de recreación: los pescadores tiraban sus liñadas, las parejas se sentaban a mirar cómo se ocultaba el Sol tras el horizonte del inmenso espejo de agua y los niños traviesos se lanzaban como peces a las caudalosas aguas del Paraná, en un baño excitante y peligroso, pues alguna que otra vez enlutó a más de un hogar.
Al costado derecho de la cabecera del muelle había una pequeña glorieta, bajo cuyo redondo techo durante el día esperaban los pasajeros, y que por las noches servía de refugio cómplice de enamorados. A partir de la glorieta, hacia la derecha, se extendía la costanera, unos 150 metros de un muro bajito, una vereda angosta y una calle asfaltada y muy poco usada. Al anochecer, se reunían allí las chicas y los muchachos de entre 15 y 20 años a escuchar música en tocadiscos portátiles, a tomar cerveza y, en algunas ocasiones, hasta se armaban bailes de los colegios, oportunidades en que los adolescentes Silvero, como Papi y Gari, hacían de improvisados cantineros desde el patio de su casa.
Un lugar poco concurrido pero valioso era la pequeña plaza, de solo media manzana, que estaba en ese trayecto de cien metros entre el muelle y la Aduana. Como estaba frente a un pequeño local de la Marina, tal vez infundía temor. No obstante, en esas horas inciertas de la tardecita, más de una pareja aprovechó el solitario lugar para gozar del encuentro o compartir sus penas.
Sobre la calle Molas, la primera paralela al río, estaba el Correo Central. Como todavía no se habían inventado Internet ni los celulares, el Correo era un local importante y concurrido. Era un edificio imponente, de una sola planta pero alto, con aires del Renacimiento, unas puertas de acceso muy altas, coronadas con un arco dorado, con grandes columnas interiores y unas mesadas de mármol. Era todo un rito entrar al lugar, comprar las estampillas, mojar el dedo con los labios y luego pegar los sellos en la carta a ser enviada a algún amigo, pariente o al lejano amor.
A la vuelta del Correo, sobre Mallorquín y General Gamarra, funcionaba la escuela República Argentina. No era un colegio chuchi como el Inmaculée ni enorme como el Centro Regional, pero recibía a muchos hijos de gente trabajadora y, sobre todo, tenía una canchita de fútbol muy usada los fines de semana por los chicos del barrio. ¡Cuántos partidos con pelotas de goma o con la apreciada de cuero N° 3 habremos jugado en esa canchita!
Sobre la arteria General Gamarra estaba el mercado municipal, más conocido como «La Placita». El mercado no era muy diferente a centenares de lugares similares: las casillas encimadas, los vendedores hasta en las veredas y un mundo de gente buscando mercaderías y precios bajos. Había de todo: los productos agrícolas proveídos por las colonias de los inmigrantes y también las variadas ofertas recién traídas de Posadas, entre las cuales destacaban por su popularidad el aceite Cocinero y la harina Blancaflor.
En la intersección de las calles Mallorquín e Iturbe estaban el hospital del IPS, la Confitería Arrúa, la estación de servicios Ortiz y, a unos metros, el Club 22 de Setiembre. El hospital del IPS ya era un local grande, aunque no atendía a muchos asegurados. Si aparecía algún enfermo, era bien atendido, aunque fuera por una enfermera, porque los médicos y los medicamentos también escaseaban.
La Confitería Arrúa no solo tenía helados y masitas dulces sino que también era una casa para eventos sociales, como cumpleaños y casamientos (mi hermana Ana disfrutó ahí su baile nupcial). A veces, los domingos por la tarde, los alumnos de los colegios realizaban allí el «cóctel bailable» con tocadiscos que hacían girar los long play de Los Iracundos, Los gatos salvajes, Los Beatles o cumbias con Los Wawancó.
Enfrente estaba la estación de servicios de don Agapito Ortiz; era la única de la zona baja. Solo había combustibles y cambio de aceite. Muchos clientes llevaban fiado, y el hijo, Miguelo, de vez en cuando cargaba gratirola dos o tres litros a las motos de los muchachos.
Al lado de la gasolinera estaba la casa de los Carlson, en donde los fines de semana funcionaba una especie de taller literario clandestino en el cual, desde luego, Eduardo era el gurú, pues él compraba los libros de la librería Amanecer y recibía lo que para los mozalbetes lectores era la Biblia: el Suplemento Cultural dominical del diario La Nación de Buenos Aires. Los integrantes del club apenas teníamos entre 15 y 18 años, pero ya nos habíamos leído las obras más conocidas de García Márquez, Borges, Cortázar, Sábato, Vargas Llosa y los nuestros, Roa Bastos y Casaccia, desde luego. Eduardo Carlson ya partió a otros lares y seguramente anda poniendo en aprietos a San Pedro para rebatir sus argumentaciones literarias, políticas, filosóficas y demás yerbas.
Allí nomás, frente a la entrada del IPS se encontraba el Club 22 de Setiembre. ¡Qué cantidad de recuerdos gratos nos revive la memoria al evocar ese lugar! El «22» era el alma de la Villa Baja.
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