La majestad del gran espectáculo

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La clásica distinción entre el teatro totalmente cantado (la ópera) y el parcialmente cantado (la opereta) asocia ambos géneros en la mente de muchos espectadores. La zarzuela nació como una variable costumbrista española, que en el Paraguay la adaptaron el compositor Juan Carlos Moreno González y el libretista Manuel Frutos Pane para crear el subgénero de la zarzuela paraguaya. La primera de ellas fue La Tejedora de ñandutí, estrenada en el Teatro Municipal en 1956, con la soprano ligera Kikina Zarza en el papel principal. Diez y siete años después, la soprano dramática Lorena Gómez, con la ópera de la Universidad del Norte, volvió a dar vida al personaje.

Ahora bien, la opereta no es meramente un pariente cercano de la ópera. Su formato ecléctico y vivaz, y sus diálogos hablados siempre en el idioma del público, la emparentan también con el show musical, y con la revista. Cabe reconocer, en primer lugar, el enorme acierto del director escénico de UniNorte, Juan Víctor Bogado, de concebir esta esperada producción de UniNorte como un gran espectáculo musical, lejos de los confines del género lírico.

La Ópera de UniNorte ya tenía antecedentes de una impecable ejecución de este género, con El rapto en el serrallo, de Mozart; Luisa Fernanda, de Federico Moreno Torroba, y sobre todo, el monumental éxito de María Pacurí, de los mismos autores, Moreno González y Frutos Pane.

Pero esta vez a Bogado se le presentaban algunos obstáculos. En primer lugar, las tres sopranos líricas de UniNorte están en Europa: Rebecca Arramendi en Londres, Bárbara Pereira en París, y Jessica Bogado en Madrid. Había pues que apelar a la brillante capacidad actoral de Lorena Gómez, aunque de voz más oscura, con la que había encarnado papeles como el de Azucena en Il Trovatore, y Venus en Tannhäuser, y transformarla en Rosalía, la carismática campesina de Itauguá, tejedora de ñandutí, cosa que la gran cantante realizó a la perfección.

Por otro lado, yacía el temor de que el público no encontrara del todo actualizado el humor de un libreto de hacía más de medio siglo, ambientado en la época de Carlos Antonio López. Todo esto se solucionó al mejor estilo del propio género: con eclecticismo. El prólogo se vistió de una atmósfera onírica, en que Adán y Eva anunciaban la aparición etérea del alma de Rosalía, mientras una orquesta magníficamente adaptada por Diego Sánchez Haase con aires de banda popular, le servía de marco ensoñador, con escenografía vanguardista, aunque respetuosa de la tradición.

El humor estuvo a cargo de tres componentes muy diferenciados, todos con desopilante efecto sobre el público: el sutil de la incomparable primera actriz paraguaya Leticia Medina como la viuda rica, el colorido y payasesco de Ana María Casamayouret y Blanca Navarro como las solteronas desorbitadas, y el populista del joven tenor Héctor Candia, que reencarnó con audacia y profesionalismo a Miguelito, el papel del inmortal Ernesto Báez.

Durante los tres actos que siguieron al prólogo, la fresca y pícara Lorena nos sedujo y se paseó por la Itauguá rural y la Asunción de Don Carlos, junto a los 150 solistas, coreutas y bailarines internacionales, que extasiaron al público que cada noche colmó el Teatro Municipal. Mientras en la sala llorábamos de risa y placer, afuera cientos de personas lloraban de rabia por no haber conseguido entradas.

El tenor David Portillo como el galán Gonzalo; Sara Benítez como Pilar, la joven asunceña de alta sociedad; el barítono Justo Pastor Rodríguez como Juan León, el joven ingeniero itaugüeño formado en Inglaterra; Lina Cáceres como la autoritaria madre de Gonzalo; la estrella radial Oscar Bouvée como el acaudalado don Fernando; el aplaudidísimo Luis Gaona como el cómico e iletrado alcalde; el versátil barítono Juan Ángel Monzón, esta vez en el papel hablado del ejecutivo inglés del ferrocarril; Celina Fernández y Ana Liz Jara como las campesinas portavoces de los itaugüeños, demostraron capacidad histriónica y una integración armónica y talentosa. El Coro, dirigido por Benito Román y el Ballet dirigido por Yllasmín González, con coreografía de Fátima López, fueron parte fundamental e indisoluble de las lucidas escenas de la zarzuela.

Página especial, y muy encomiable, la constituyó la introducción del divertimento, tan frecuente en las operetas de los grandes teatros, y prácticamente desconocido en nuestro país. En la fiesta de cumpleaños de don Fernando del segundo acto, el homenajeado recibe dos regalos artísticos, números sorpresa de la noche: la primera bailarina absoluta Carmen González Cano y el maestro Manuel Pérez emocionaron al público hasta las lágrimas en un dúo con música de Ne rendápe aju, de José Asunción Flores, con el electrizante arreglo que le valió a Sánchez Haase la medalla José Asunción Flores del Ministerio de Educación, interpretado al piano por él mismo, y el célebre “Brindisi” de La Traviata, de Giuseppe Verdi, dando lugar al debut estelar en el Paraguay de la excepcional soprano coreana Lucía Hwang y el gran tenor paraguayo Ignacio Zubizarreta, que echaron abajo el teatro con la ovación del público.

Nunca la música de Moreno González sonó mejor que con esta, la mejor sinfónica del país y la región. El público con sus aplausos rindió homenaje al elenco de la Universidad del Norte, y también a los creadores de la obra, representados por sus herederos, cuya presencia en todas las funciones fue destacada por el locutor en off Alejandro Méndez Mazó. Algunos de ellos fueron la señora Marina Acosta, viuda del compositor Juan Carlos Moreno González; la profesora Alicia Moreno Acosta de Pozzoli, hija del maestro; la señora Jasy Frutos Vaesken, hija de don Manuel Frutos Pane, autor del libreto; Laura y Giovanni Pane Moreno, nietos de ambos creadores.

La coronación de estas funciones inolvidables fue el baile de la botella, con su máxima intérprete nacional, Cynthia Echagüe, que aceleró nuestro pulso y nos dejó a todos con la boca abierta, en el saludo final del espectáculo, con los sones épicos de Campamento Cerro León. Esta vez no podemos repetir el cliché de que la Universidad del Norte hizo una vez más patria, porque sencillamente aquello era la patria.