Bobbio sostenía que la justicia y la libertad —dos de los valores preservados por la Ilustración de la que se consideraba heredero— no pueden darse por separado. La Ilustración fue el movimiento cultural, social, intelectual y político europeo del siglo XVIII que cambió el curso de la humanidad.
Con la convicción de que la justicia y la libertad hacen posible la realización del ser humano, luchó contra el fascismo que lo encarceló en 1943.
Todos los beneficios, en un solo lugar Descubrí donde te conviene comprar hoy
Leemos en su biografía que “se ha situado siempre a medio camino entre el pensamiento estrictamente filosófico y el jurídico-político. Empezó estudiando el ámbito legal de sus fundamentos filosóficos. Y fruto de estas primeras investigaciones son obras como La filosofía del decadentismo (1944), Ciencia del derecho y análisis del lenguaje (1950) y Teoría de la ciencia jurídica (1950).
Se cuenta igualmente entre sus obras, Estado, gobierno, sociedad (1987), Thomas Hubbes (1991), Derecha e izquierda (1995). En 1997 aparecieron, igualmente traducidas al castellano como las mencionadas, Elogio de la templanza, La duda y la elección: intelectuales y poder en la sociedad contemporánea, De senectute.
Quiero detenerme en De senectute. No para comentarla, no para desentrañar las profundidades de su pensamiento, sino para expresar la simpatía inmediata que las obras de Bobbio —o por lo menos algunas— causa en el lector no especializado como yo. Creo que los grandes maestros tienen esta cualidad. Sus agudas y novedosas ideas las expresan con claridad, con rigor pedagógico admirable. Solamente los mediocres enturbian el agua para hacerla aparecer profunda.
En De senectute uno se acerca al hombre con olvido del tamaño de su ciencia, de la dimensión de su inteligencia, de su sitial entre los grandes del siglo. Cuando comienza a hablarnos, uno se acomoda para escuchar al anciano en pantuflas y en pijama, con manchas de café o de té, no muy inteligente como lo expresa su fama porque sus pensamientos son tan sencillos, claros, diáfanos, que sólo después —en soledad, sin su presencia— puede uno sentir que le crece de adentro el asombro por la hondura de lo que nos pareció superficial. A él mismo pareciera no importarle mucho la inmensidad de su tarea.
En el primer capítulo, “A mí mismo”, al recordar a John Ruskín —que escribió “Es muy fastidioso llevar un diario, aunque también una gran delicia haberlo llevado”—, Bobbio dice: “Durante toda mi vida siempre eludí ese fastidio. Pero ahora que soy viejo no puedo disfrutar de la gran delicia de utilizarlo. He de contentarme con una miríada de hojitas escritas en las más diversas ocasiones, a menudo sin fecha, reunidas en pequeñas carpetas sin el menor orden prefijado, donde he transcrito un pasaje para citarlo o el título de un libro, o registrado una idea que había relampagueado en mi mente mientras leía, paseaba o fantaseaba. A menudo son conversaciones imaginarias con interlocutores reales, escritores, periodistas, visitantes ocasionales. En ellas expreso sentimientos y resentimientos, simpatías y antipatías, pequeñas indignaciones y grandes iras...”. En resumen, un ser humano.
Un humano que llevaba la vida cotidiana de la universidad, del estudio, del hogar, los amigos. Uno de estos, Gregorio Peces-Barba Martínez, catedrático de Filosofía del Derecho, y rector de la Universidad Carlos III, de Madrid, recuerda: “Cuando a partir de los años sesenta y hasta hace pocos meses frecuenté la casa del número 66 de la vía Sacchi, de Turín, siempre experimenté la misma sensación. Los libros desbordaban el despacho y otras habitaciones de la casa y se extendían por los pasillos, ocupando todos los espacios posibles. La austeridad de vida de Valeria y Norberto y la amable acogida, siempre preguntando por los amigos y los colegas, y siempre ofreciendo un café o un té y el último libro o el último artículo con una afectuosa dedicatoria, eran los signos de la dignidad de su condición humana y universitaria”.
Esta condición humana le enfrenta a la idea de la muerte, de la inmortalidad, del olvido.
El filósofo se pregunta: “¿Cuánto dura el recuerdo? Respecto del deseo o esperanza de inmortalidad, ¡cuán breve en el tiempo es el recuerdo! Sólo pocos humanos, grandes en el bien o en el mal, dejan recuerdos indelebles y son llamados enfáticamente, en efecto, los inmortales. Pero ¿y los otros, los infinitos otros cuyo recuerdo se ha perdido para siempre?”.
Por su contribución a la humanidad, Norberto Bobbio —“pensador crucial del siglo XX”—ingresa en el mundo de los inmortales.
“De mi muerte pueden hablar solamente los otros —nos dice el filósofo—. Yo puedo contar mi vida a través de mis recuerdos. Sólo los otros pueden hacerlo... Mi muerte es imprevisible para todos, mas para mí es también indecible... Opino que en quien ha llegado a la edad que yo tengo debería alentar un solo deseo y una sola esperanza: descansar en paz... La vida no puede ser pensada sin la muerte... Respeta la vida quien respeta la muerte... Tomar en serio la vida significa aceptar firme y rigurosamente, lo más serenamente posible, su finitud”.
Norberto Bobbio tomó en serio la vida. Trabajó, estudió, reflexionó, para que los demás seres humanos también lo hiciesen.