San Juan dice…

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En la Colonia, se solía elegir, por coincidencia o proximidad con la fiesta de algún apóstol o santo, el nombre de cada nuevo pueblo o ciudad en el santoral católico. Juan de Salazar y Espinoza, al fundar en la loma Kavará la «casa, fuerte e pueblo» de «Nuestra Señora Santa María de la Asunción» la llamó así porque ese día era el 15 de agosto de 1537, día de la Asunción de la Madre de Dios a los cielos. De ahí los anuales festejos patronales, en parte religiosos, con misas y procesiones con la imagen del patrón o la patrona, en parte profanos, con bailes, comidas típicas, bebidas espirituosas, diversión y juegos. Un ejemplo es la fiesta del 24 de junio, día de San Juan Bautista.

Por motivos de trabajo, en la década de 1970 solía viajar a la zona de Saltos del Guairá y pernoctar en una ciudad brasileña llamada Guaíra, en la que conocí un San Juan que duraba todo el mes: as festas juninas, o fiestas de junio; el 13 era San Antonio, santo casamentero; el 24, San Juan, y el 28 y 29, San Pedro y San Pablo, así que no valía la pena hacer pausas.

El San Juan paraguayo empezaba semanas antes por razones económicas y de competencia en calidad de diversiones entre los clubes, desde los de barrio hasta el Centenario y otros de lo más «fifí».

El fuego es central en la fiesta; se cree que al Señor San Juan le gustan las llamas. Los juegos comienzan la noche del 23 de junio, la víspera de San Juan, con el toro candil, un extraño engendro armado con un cuero vacuno bajo el que asoman piernas, cabeza de toro y, en los cuernos, trapos con querosene que una antorcha enciende, lo que desata la estampida. Y cuando dos toros corren en sentidos opuestos y cruzan el gentío, surge una algarabía. Y esta crece cuando ruedan pelotas mojadas en combustible y ardiendo, que los audaces patean en cualquier dirección, lo que a veces causa quemaduras en la epidermis de los desprevenidos a quienes cae por sorpresa la pelotata, como en jopara se llama.

Mientras, en alguna esquina se arma un callejón de brasas (probablemente traído tras la Guerra Grande por tropas brasileñas, pues en Villarrica y otros lugares lo llaman rua, «calle» en portugués) de cinco a siete metros de largo que hay que cruzar descalzo, y se atribuye a los poderes de San Juan que muchos no se quemen, lo que motiva alegres gritos de «¡Viva el Señor San Juan!» Es el juego candente que más gente atrae.

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Hacia la medianoche del 24, la fiesta llega al culmen con el Judaskái o Judakái, muñeco de trapo con bombas en el relleno y bañado en combustible al que se prende fuego; los pedazos vuelan en imprevistas direcciones; sirve para apostrofar a hombres públicos poco simpáticos: el nombre del sujeto repudiado, escrito en un cartelito, cuelga del muñeco inflamable. Una vez participé en la organización de los juegos e incluimos en el relleno un gato negro que salió despedido al estallar las bombas. Realmente, aquella vez el público huyó despavorido.

La función suele estar amenizada por bandas o banditas y nuestra música folclórica aumenta el bullicio. Y en una carpa improvisada, con un pañuelo de vivos colores en la cabeza, al modo de las gitanas venidas de Europa (y sobre todo de España, a la que llegaron cuando los moros tomaron Granada, donde, derrotado en la batalla final, Boabdil prorrumpió en llanto y escuchó de su madre: «Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre»), por una módica suma, la pruebera lee el porvenir con cartas españolas.

Un juego sin fuego para muchachones y niños es el yvyrasýi o «palo enjabonado», tronco cepillado y cubierto de jabón, aceite u otras sustancias resbalosas que hay que trepar hasta la punta, donde cuelgan algún pollo asado, prendas de vestir (medias y shorts) o paquetitos de dinero que el que logra llegar arranca antes de deslizarse entre el aplauso de los presentes, que la mayor de las veces se dedican a burlarse pues la mayoría resbala a mitad del palo. Otros juegos sin llamas infernales son el kambuchi jejoka –hay que romper con los ojos vendados un cántaro de golosinas y regalos, como una piñata– la paila jeheréi –hay que lamer una sartén engrasada con monedas pegadas para sacarlas con la lengua– y la carreravosa, de embolsados –hay que llegar a la meta antes que los otros, todos metidos hasta la cintura en bolsas, saltando, tropezando y eventualmente rodando por el duro suelo–.

La fiesta suele empezar a eso de las ocho de la noche y terminar de madrugada, y es natural que haya venta de comestibles y bebestibles: pastel mandi’o –empanada de harina de mandioca rellena de carne, a veces con picantes como el ky’yi–, chipa asador –masa de almidón, huevo y queso cocida en un palo sobre, ¡cuándo no!, fogatas–, mbeju –masa de almidón y queso cocida en paila untada con grasa de cerdo–, chicharö hu’iti –chicharrón de cerdo frito en su propia grasa; se pasa por polvo de maíz tostado para que chorree menos–, chicharö trenzado –también chicharrón de cerdo, en tiras largas y trenzadas, cuya grasa chorrea por el mentón y la ropa y deja marcas indelebles en esta y alguna quemadura en aquel–, chipa so’o –masa de harina de maíz y huevo rellena de carne y asada–, sopa paraguaya –nacida, se dice, cuando, haciendo una sopa de harina de maíz, queso y huevo, la cocinera de don Carlos Antonio López erró en la cantidad de los ingredientes y creó este manjar que ha dado a nuestra patria el nombre de «el país de la sopa sólida»– y pajagua mascada, nombre que remite al tabaco de mascar, que genera un exceso de líquido que termina en salivazo. He visto en películas norteamericanas ambientadas en el siglo XIX a los soldados en la Guerra de Secesión masticar lo que llamamos naco, como nuestros soldados en la Guerra Grande y en la del Chaco (que les enviaban las «madrinas de guerra», pues la saliva mitigaba la sed). En esas películas, hasta en los hoteles elegantes había escupideras de bruñido bronce en las que los caballeros escupían sin que eso molestara ni a las damas que los acompañaban. Este hábito se llama mascar, y los pedazos de tabaco utilizados, mascada; la voz guaraní pajagua identifica a los indígenas; pajagua mascada es, pues, la mascada del aborigen. Es una croqueta de carne y mandioca a la que algunos añaden maíz molido; por no ser parte del menú habitual, el placer de comerlo el día de San Juan es aún mayor. Los platos «ensopados», con caldo, que se sirven en plato hondo y con cuchara son, por supuesto, más caros: ryguasu vori o vori vori de gallina –sopa de gallina con vori, bolitas de harina de maíz; muy apetecido por el frío de junio–, so’o josopy –caldo de carne, a veces con maíz molido para darle más consistencia; es un bastimento verdaderamente quemante que se apocopa soyo– y batiburrillo –típico de Misiones, se hace de achuras (menudencias): mondongo, riñón, hígado, chinchulines, librillo, i-korasö-ngue (corazón); la inventiva del cocinero que elige las especias lo hace más interesante y exige más audacia al comensal–. Y pese a la fama mundial del hot dog, en nuestros sanjuanes se venden butifarras (en guaraní, mbusia) y morcillas, embutidos, el primero, de carne de cerdo, y el segundo, de sangre del mismo animal, y no dentro de un pan, sino con trozos de mandioca y, con frecuencia, con trocitos de ají picante, vulgo ky’yi.

Ante las apetencias matrimoniales de las señoritas a las que San Antonio no hace el debido caso, hay ritos sanjuaninos para adivinar la suerte que tendrán en el año que va de un San Juan al próximo. En el apogeo de la hondita, los almacenes vendían municiones, bolitas de plomo con las que los chicos mataban pájaros; las solteras las llevaban el 23 al fuego en una cuchara y echaban el plomo derretido en un cuenco de agua fría donde tomaba formas que si las descifraban les dirían el oficio de su futuro novio. Otras, como casi todas las casas tenían gallinero, el 23 encerraban a un gallo en una habitación en la que ponían en tres rincones un poroto negro, uno rojo y un grano de maíz; al amanecer del 24, iban a ver qué había comido el gallo para saber el pelaje del novio en ciernes: si el poroto negro, kamba; si el poroto peky, ava, y si el rubio maíz, karai; o sea, o un negro, o un moreno, o un rubio. Otras ponían la noche del 23 cerca de la puerta de su dormitorio papelitos que rezaban «San Juan dice que sí» y «San Juan dice que no»; al amanecer, con el que el viento no hubiera llevado, San Juan decía «sí» o «no» a sus ansias. Uno de los árboles frutales más frecuentes en los patios era el banano. Si la niña clavaba un cuchillo nuevo en su blando tronco el 23, el 24, al sacarlo, vería en la hoja la inicial del nombre del futuro consorte. Si el 24 a la siesta dejaba caer 24 gotas de una vela en un cuenco con agua, formarían también esa inicial. Otro rito recuerda ciertos exámenes psicológicos: verter gotas de tinta en una superficie para que formen caprichosos dibujos de objetos relacionados con el «candidato»; por ellos será reconocido como el dueño de la suerte de la consultante cuando aparezca. Las que al amanecer del 24 iban al colegio o al trabajo debían preguntar al primer hombre con el que se cruzaran cómo se llamaba para saber el nombre de su futuro prometido. Mi padre, que pretendía a una niña que tenía esa costumbre sanjuanina, se apostaba el 24 de junio en el portal del que saldría la infanta para decirle antes que ningún otro: «Mi nombre es Roque».

La eterna belleza del fuego en la noche, la algarabía de los juegos, las adivinanzas amorosas, los ritos y premoniciones, los platos tradicionales regados con cerveza y whisky en la capital y con la debida caña clandé (de fabricación clandestina en trapiches ocultos) en el interior, hacen que la fiesta de San Juan alegre a este pueblo del que, al decir de Roa Bastos, «se ha enamorado el infortunio» con tradiciones que permitieron a las descendientes de las residentas acariciar ilusiones en una sociedad diezmada por la guerra, con pocos varones y en la que hubo que tomarse en serio la fantasía, que da fuerza a las personas para seguir adelante. Como ha sido, es y será, seguramente, si bien de diversos modos y por diversos motivos, en todo tiempo y lugar. Tal vez por eso sentimos que, suceda lo que suceda, San Juan nos dirá que sí.