Sobre El Arte de la Sombra, de Jacobo Rauskin

Este artículo tiene 15 años de antigüedad

La poesía de Rauskin es algo de nunca acabar. Nos encontramos ante uno de los poetas más prolíficos de la literatura paraguaya. Un verdadero militante de la poesía, cuya trayectoria con el correr de los años se ha asentado como el mejor de los vinos. Pero que se haya asentado no quiere decir bajo ningún criterio que se haya aquietado o adormecido. Ha estacionado un cuerpo en su lenguaje, y como él mismo lo expresó, su poesía es jazz, un juego musical de improvisación, de notas que se sacuden en diferentes cadencias de ritmo a través de sus versos.

Así encontramos coplas, sonetos, combinaciones caprichosas de arte mayor y menor, versos sueltos o rimados, variaciones de tonadas que combinan la pintura, la música y la letra. De esta manera, la poesía aspira a una tercera dimensión, actualizándose también al latido del mundo.

Para desentrañar a Rauskin —que no es nada simple como aparenta—, es necesario seguirle la mirada. Los grandes temas de la literatura siguen siendo los mismos: el amor, la vida, la muerte, el dolor, la soledad, la injusticia, la libertad… pero ¿entonces, qué le queda al poeta que no sea una sarta de repeticiones temáticas, ya corroídas por el uso de tan gastadas? Eso que le queda —tal vez lo único— es la mirada. La forma particular de mirar y de presentar una poesía a un público sensible. La mirada que se comporta como una huella dactilar mental. Porque la mirada está hecha de cultura, de conocimiento, de experiencia, de perspectiva y es la personal, la íntima. Los temas de la literatura son universales, y el poeta puede incluso jugar a eliminar su subjetividad de escena. Pero es imposible. El solo hecho de ofrecer una mirada del mundo al mundo conlleva la perspectiva del que la mira, en cómo la presenta, por qué elige aquella palabra y no otra, por qué ese color, esa pincelada adjetiva, ese verbo.

Es la mirada de Rauskin lo que sella su estilo. Una mirada crítica, con añoranzas de un tiempo mejor, una mirada cronista de una época, delicada al contemplar el amor como en Jazmines hay que pueden ser estrellas // dormidas en el cuenco de tu mano; perturbadora al señalar —o profetizar quizás— la trágica desaparición de la clase obrera: El último obrero no ha vuelto, // dejó su ropa de trabajo.//La dejó colgada de un clavo de la memoria// a falta de pared.

El arte de la sombra nos ofrece la visión de un mundo y a la vez, la metafísica de ese mundo. El pensamiento que se escapa de la lógica consabida, el pensamiento que busca la trascendencia siempre a través de lo cotidiano.

Como veremos, la sombra tiene una presencia. Una presencia que atraviesa todas las capas de la vida y del arte. La misma sombra que un pintor pintaría en un cuadro para darle un cariz de vida, está en la poesía de Rauskin. Y ese cariz es capaz de mantener un diálogo con el poeta, porque es el poeta quien al anunciarla la dota de ser: Yo te admiro, ser sombra ya es un arte.// Tu casa, es desde luego una ilusión. En cada mundo que abrirá un poema ya sea rimado o en prosa se abrirá una ventana, una invitación a mirar la vida con aquello otro que se manifiesta como una sombra y que por estar acostumbrados a dejarnos llevar por las grandes imágenes, no podemos captar.

Pero en veces, la sombra puede ser un humo que visita a los desamparados en la calle: Sale, por un portón, una lenta// lentísima figura de humo.//Es el embajador del fuego.//Trae, con las palabras del caso,// el muy gentil saludo de la llama//a los hombres dormidos en la acera.

Un alma acompaña a todas las cosas. El registro de un ser de humo y de sombra que acaso mira con más compasión y beatitud al hombre, que el hombre mismo: Elusivo, no rudo,// sin dejar de ser parco,// algo nos dice el humo. //Se levanta y nos dice// en un tono lacónico: —No soy triste, estoy triste.

El poeta la ve, la sigue y la persigue, y en muchas ocasiones se enfrenta a esa sombra y le dirige directamente la palabra: Sé de ti, sé que cuando tú pasas,//espectro más o menos rutinario,// por estas calles nuestras,// la ciudad es nuevamente tuya// y una crónica de fantasmas// puede sustituir al boletín de noticias. Fantasmas y tecnología se encuentran, lidian, a veces uno vence al otro, pero es la conciencia del pensamiento el único sobreviviente.

Un paraguas “Made in China”, puede servir al poeta para: Un rato pienso en China// como si fuera yo un director de cine// en busca de un argumento. La prosa sigue el camino de un desvarío y ese abandono de la lógica es lo que le permite llegar a la trascendencia de un mundo posible, un apéndice de la realidad ganada por la imaginación.

Una doble visión se presenta muchas veces como remedio para la realidad: Y, mientras llueve y yo camino// esquivando automóviles, también pisando flores// caídas hoy de un árbol o de un sueño,// se borra la ciudad, actriz principalísima. No puede el poeta ver la realidad a secas, porque eso es algo que todos ven. Pero ve las sombras. Ve el paréntesis, el doble sentido. Y ve que lo que oscurece a la realidad es la decadencia: el desgano: Una ambulancia pasa, tan a desgano// que no sabe si va, si vuelve o si pasea, o la superficialidad: Muy joven, la modelo se ha convertido en página; o el miedo: Tú, que gracias a la tevé,// estás a punto de aceptar// de nuevo un Apocalipsis parcial.

En todo caso, ve la superposición de realidades, como una doble visión. Por un lado, la ciudad —la ciudad que él esquiva a través del símbolo tecnológico del automóvil—, y el otro mundo que se inmiscuye mientras pisa las flores, y ese mundo no está definido: caídas hoy de un árbol o de un sueño. Para ese entonces el mundo de la trascendencia ha borrado la ciudad, la actriz principalísima. Y el cosmos para el poeta se transforma en esa otra realidad invitada.

Otro elemento de la poesía rauskiniana es la memoria. La memoria, por ejemplo de la Luz en una tarde lejana. Pintar, pintar de memoria// a la joven de un verano//vivido ayer. Hoy, la tarde// deja su luz a un retrato.// Pintar así un sentimiento// no extinguido, traer algo// ahora de aquella vida,// dejando lo oscuro en claro. La memoria no solo trae del pasado lo que elegimos, la memoria sujeta a la mirada, le permite vencerse a sí misma.

Rauskin denuncia. Nos hace ver el manejo del miedo social, el control de la sociedad a través del terror, cuando el verso, que ahora se torna parodia da su doble mensaje en “Vive este día como si fuera el último”. Si quieres caminar un rato, protégete// del sol con un periódico.// Y no te alejes mucho del automóvil.// y no andes descalzo, cuídate de los escorpiones.// vive este día como si fuera el ultimo.// Además, es probable que sea el último. En todo hay una sutil ironía, porque vivir este día como si fuera el último puede interpretarse como vivir con alegría, con entrega, con libertad. Pero en el contexto del miedo, que es central en este poema, se entiende como señal de alarma, de la llegada del final, del término de todo. Lo que deja un sentimiento de pesimismo y desconfianza. ¿Pero quiénes están soltando estos mensajes? ¿De dónde vienen?

También nos enfrenta al peligro de la tergiversación cuando un hombre de Neandertal con la punta de una piedra,//graba en la piedra de la cueva// un signo, un símbolo// que las edades irán borrando// hasta dejarlo parecido a una esvástica. El poema profetiza la confusión, el cambio de los valores asignados a los signos y a los símbolos, la pérdida inevitable de los mensajes originales y la posterior dificultad de su interpretación. Si analizamos ese símbolo encontraríamos que la esvástica, en un tiempo relativamente presente, nos remite a Hitler, pero en un tiempo mucho más remoto nos remite a Buda.

El arte de la sombra es un poemario para pensar, para sorprendernos, un refugio de la mirada para la mirada, y sin duda, para mostrar lo cerca que está la poesía de la vida cotidiana. Hay en él una manera de sobrevivir a la decadencia del mundo, una manera de salvaguardar nuestros más caros sentimientos.

Los afectos que perduran, como el amor, la solidaridad, la compasión están presentes haciendo frente a ese combate al que el hombre de nuestro tiempo pareciera rendirse. Pero entonces, el hombre, el poeta, Rauskin, desembarca//, mira al cielo// y tiembla. //Se frota y frota dos palabras como piedritas// para encender entonces un saludo a la vida.