Sus imágenes más conocidas transmiten la fuerza, el desafío, la «actitud», las sensaciones poderosas de individualidad que la iconografía actual exige a los artistas pop: participa de la gesta de una estética para nuestro mundo como los canónicos escultores griegos antiguos participaron de la gesta de una estética para el mundo clásico. Es su faceta más popular. Aunque otras veces congela la refractaria y opaca dignidad de la materia para dar, con la imagen, su consistencia y su peso al silencio de las cosas en una calle vacía, una mesa, un muro, un árbol, una lata devueltos a su puesto debido en lo visible, fuera de la ilusoria irrelevancia a la que los relega la cotidiana mirada utilitaria. Ha publicado el inquietante Zona Dark (2008), vasta región de penumbra entre Nueva York y Madrid, Portfolio (2009) y, con el músico de M Clan Carlos Tarque, Sótanos, tierras y montañas rusas (2010): palabra y fotografía que suenan a rock. Ha hecho portadas para Wendy James, Neneh Cherry, Sinéad O’Connor, Ariel Rot, Andrés Calamaro y muchos más. Se dedica a capturar algunas de las imágenes más intensas de la música pop de estos días. Y a fijar en la retina el verdadero «wild side» contemporáneo en efigies tan firmes y salvajes como la del ilustre poeta esquizofrénico Leopoldo María Panero. Ha sido nominado a los Grammy Latinos en la categoría Mejor Diseño de Empaque en 2008 por el disco de Jorge Drexler Cara B, y en 2009 por el de Luis Ramiro Dramas y caballeros. Es el fotógrafo de Rolling Stone, es el hombre que ha disparado a los Artic Monkeys, a Loquillo, a Alaska, a los Duncan Dhu, a Patti Smith, a Sinead O’Connor, a Noel Gallagher... Es Thomas Canet (Berlín, 1975), el ojo del rock español.
J. S. Te relacionas con la música, que es sonora, mediante la fotografía, que es muda, ¿por azar, por perversión o por algún otro motivo?
T. C. Por frustración... Las dos actividades han discurrido paralelas en mi vida durante muchos años, primero el piano, luego la guitarra flamenca, aunque siempre sentí que tenía más intuición para la imagen. Al final, las cosas ocurren por sí solas, y decidí emprender el camino del retrato que se abría ante mí, hasta hoy.
J. S. ¿Se piensa antes de disparar? ¿Se decide cuándo y cómo? ¿Miras a la presa? ¿Hay alguna clase de comunicación? ¿Hay tiempo de percatarse de estas cosas o de entender el método o la naturaleza del proceso? ¿O todo es inmediato, oculto, invisible, automático?
Todos los beneficios, en un solo lugar Descubrí donde te conviene comprar hoy
T. C. Supongo que cada fotógrafo vivirá la experiencia del disparo a su manera. En mi caso, creo que pensar es imprescindible, pero es un proceso que ocurre antes y después de la sesión. Antes, porque siempre es conveniente informarse sobre la persona a fotografiar, tener algún as en la manga o un punto de arranque. Después, porque lo ideal es dejar las imágenes en barrica unos días, para tratar de despegar la emoción vivida de la propia imagen y redescubrirlas con una mirada analítica virgen. Sin embargo, durante la sesión, intento desconectar toda esa parte cerebral y prácticamente convertirme en materia sensible, en una esponja. Todo ocurre de manera instintiva y caótica, no es algo matemático e inmediato.
Tampoco es algo constante e inmutable. No me gusta la palabra «presa», porque pienso que un buen retrato es algo que se construye entre dos.
J. S. Cuando retratas a músicos o a actores conocidos, ¿no te limita, o no les limita a ellos, tener ya la imagen que siempre proyectan?
T. C. Sin duda, pero al mismo tiempo ese límite es una frontera a partir de la cual podemos adentrarnos en tierra desconocida. Siempre es muy estimulante tratar de dar un punto de vista personal sobre una persona conocida, es algo como la reválida de todo fotógrafo de retrato. Al mismo tiempo, puede ser limitante cuando la persona se atrinchera en una pose que conoce, pero no hay que olvidar que el control siempre está en manos del fotógrafo. La intención, la luz o el objetivo utilizado son variables que el fotografiado no conoce ni decide.
J. S. Retratar a una persona «anónima», a un desconocido, ¿es diferente del caso anterior?
T. C. Generalmente, una persona anónima no tiene tanta familiaridad con el medio fotográfico, y eso cambia las reglas del juego. Se trata de llegar al mismo destino tomando diferentes carreteras. En mi opinión, los retratos de personas anónimas son más difíciles, pero pueden llegar a ser más poderosos, más universales.
J. S. A esas dos experiencias, descubrir la imagen de un desconocido y retratar a alguien cuya imagen ya es conocida, ¿dirías que corresponden quizá dos tipos diferentes de obra dentro de tu producción?
T. C. No lo creo. Me gustaría pensar que mis retratos de personas conocidas tienen un interés más allá del valor icónico del personaje, del mismo modo que me gustaría que mis retratos de personas desconocidas pudieran despertar el mismo interés en el espectador. Esta es una asignatura pendiente y un terreno en el que quiero adentrarme en un futuro cercano. En cualquier caso, tiene que existir una voluntad de conexión, un interés hacia el fotografiado.
J. S. No sé si estás de acuerdo, pero creo que la propia imagen puede ser traicionera, angustiante, llevada a disgusto como un disfraz sospechoso, o cómoda como la verdadera piel. ¿Cuánto puede una sesión de fotos permitirte ver de estos aspectos mudos de la vida? Lo que quiero preguntarte realmente es cuánto puede una sesión de fotos permitirte sospechar acerca de la posible locura de los otros.
T. C. Si uno es mínimamente observador, creo que eso se intuye en todos los ámbitos de la vida, y la fotografía no es una excepción.
Realmente, el retrato tiene una parte invasiva para el sujeto, que se siente observado y analizado sin escapatoria. Idealmente, mi trabajo consiste en crear un micromundo de confianza, una burbuja que nos encierre y dentro de la cual el modelo se sienta cómodo y libre. En ese estado, es muy fácil intuir o sospechar la locura del otro y, al mismo tiempo, la propia. Es en esa doble aceptación donde puede darse un buen retrato.
J. S. ¿Qué persona, lugar, objeto, escena, real, soñado, alucinado o impensable, no fotografiarías o te parecería peligroso fotografiar?
T. C. Creo que fue Lester Bangs quien dijo «sé honesto e inmisericorde», y esa es una actitud que busco en fotografía. Sin embargo, no haría un retrato que resultara humillante o dañino para el fotografiado. El peligro podemos entenderlo de muchas maneras, y, relacionándolo con la idea de riesgo creativo, creo que es necesario ponerse en peligro, cuestionarse, salir de la zona de confort para dar lo mejor y no estancarse.
J. S. ¿Qué persona, lugar, objeto, escena, real, soñado, alucinado o impensable, desearías más que nada en el mundo fotografiar?
T. C. Difícil pregunta y difícil responder en pocas líneas. Mi curiosidad es casi insaciable y siento un gran interés por la zona de sombra que existe en todos nosotros.
Thomas Canet (Berlín, 1975) vive en Madrid, no cree que se pueda aprender a apretar el botón de la cámara en el momento exacto, porque eso se llama instinto y «Mala suerte: se tiene o no se tiene», y su galería virtual está en el sitio www.thomascanet.com
