Un verdadero maestro deja huellas para la eternidad

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“Solamente con el amor se puede hacer el milagro de la educación”. Ramón Indalecio Cardozo.

“Tener hijos no lo convierte a uno en padre, del mismo modo que tener un piano no lo vuelve a cualquiera en pianista”. Michael Levine.

Hemos preferido iniciar nuestros comentarios sobre el tema propuesto con palabras emitidas por dos grandes personalidades del siglo XX, solo así lograremos definir con precisión nuestro propósito.

Primero, lo recordamos a don Ramón Indalecio Cardozo, insigne propulsor en Paraguay de la corriente pedagógica “Escuela Nueva” y autor de numerosas obras enfocadas al mejoramiento de la calidad educativa del país: gracias a sus desvelos nuestra educación se volvió realmente paraguaya.

En 1922 había sometido a consideración del Consejo de Educación el proyecto de dar a las escuelas nacionales nombres de los países americanos para apoyar en forma objetiva al americanismo. El Consejo lo aprobó y la idea se ganó la simpatía del público. Surgieron entonces las escuelas “República Argentina”, “República del Brasil”, “República Oriental del Uruguay”, “República de Chile”, hasta la de “República de Bolivia”.

El maestro Cardozo, preocupado por la formación de los niños paraguayos que leían libros escritos por argentinos y enseñados por maestros argentinos, tomó la determinación de elaborar “El libro paraguayo I” (1925) y, en 1927 ya puso en circulación “El paraguayo II y III”. Ese mismo año propició la impresión del primer librito de Pedagogía, escrito de acuerdo con el programa de primer año normal para alumnos normalistas. A continuación, el 14 de mayo de 1927 se produjo la inauguración del nuevo Palacete de la Escuela Normal de Profesores.

En 1928, para estimular el desarrollo de la enseñanza del arte culinario, realizó en la escuela “Adela Speratti” la primera exposición de arte culinario, proyecto aprobado por el Consejo para las escuelas nocturnas, destinado a aquellas personas que trabajaban durante el día y acudían al aula durante la noche. También se dedicaron a impartir la enseñanza de la música en la escuela, con el propósito de educar el sentimiento y desarrollar la cultura artística.

El pedagogo suizo y doctor en sicología Adolfo Ferrière elogió la trascendencia de la labor desplegada por don Ramón Indalecio Cardozo, diciendo que ha marcado época en la escuela paraguaya, cuyo eco se ha proyectado al mundo entero. El mencionado educador europeo estuvo de visita en escuelas de Paraguay, tanto en la capital como en el interior, y declaró que ha quedado gratamente impresionado de la enseñanza activa. Además, agregó: “Realmente encontré una escuela rural mejor adaptada a las necesidades rurales como no hallé otra que la superara en ninguna otra parte del mundo, resaltó la preponderancia de la jardinería sistemática, teórica y, sobre todo, práctica y de los trabajos manuales; pequeñas industrias practicadas con las materias primas del país. Encontré la coeducación de los sexos francamente aceptada, con división del trabajo útil; en enseñanza de menesteres de casa y de la puericultura a las jóvenes en todas las escuelas, así como de elementos de preparación profesional reservada a los varones. Un maestro como Ramón I. Cardozo honra no solamente su nación sino también la humanidad”.

Del maestro Ramón Indalecio Cardozo también dijo: “Es un hombre sabio y concienzudo; habla poco; pero lee mucho. Ve claro y su voluntad, hecha de paciencia, mueve montañas. Las montañas de la inercia, de los prejuicios, de las bestialidades humanas”.

En segundo lugar, mencionamos un aporte simbólico de Michael Levine, nacido en Nueva York. Las palabras expuestas en el recuadro preliminar se entienden a partir de su historia de vida. Levine describe a su madre como una alcohólica, y a su padre como un hombre gentil y amable, pero débil y pasivo. Él, en su infancia, era ligeramente disléxico, aunque en aquel entonces nadie podía saberlo, porque la dislexia no era conocida. Fue un alumno mediocre, un aprendiz visual y siempre se interesó por la industria del ocio y la política. A los 17 años se marchó de su casa y jamás volvió. Fue a la universidad durante seis meses y la abandonó. Así que a la edad de 18 años se encontraba sin trabajo, sin dinero, sin educación y sin padres.

Incluimos estas dos apreciaciones para enfocar dos aspectos que consideramos fundamentales en el tratamiento de la educación, principalmente referente a nuestro país. Por una parte, el hecho de considerar que nuestros niños deben recibir una enseñanza diferenciada con relación al área de influencia geográfica en la cual se encuentran sus viviendas y, por otra parte, tener en cuenta que la formación de ellos dependerá de la calidad de instrucción impartida en su comunidad.

El objetivo fundamental que perseguimos con este comentario es que, si se pudiesen reestructurar los programas educativos, se tendría que enfocar la descentralización para implementar directamente el tipo de educación escolarizada que convendría a la zona del escolar, a fin de evitar la deserción local y la migración hacia la capital del país o hacia las ciudades que cuentan con universidades, ya sea pública o privada (s). En la mayoría de los casos, esa gente que se desplaza para cursar alguna carrera de grado se proyecta en las que conducen hacia profesiones lucrativas, olvidando que sus familias están en otras actividades que bien pudieran ser apoyadas también con una carrera acorde con las necesidades propias de cada una. Como ejemplo, podemos mencionar las ciencias económicas o las ciencias jurídicas en detrimento de la carrera agraria o la de medicina veterinaria, entre otras.

Abrigamos la esperanza de que toda la logística ya iniciada por el maestro Indalecio pudiera tener continuidad en la presente y en las futuras generaciones apoyada en su “Escuela Nueva”, solo así lograremos rescatar a nuestros compatriotas de una cultura mediocre y proyectarlos hacia horizontes más prometedores.

Y, considerando las palabras expresadas por Levine, debemos asumir el compromiso de educar a nuestros niños y jóvenes, fundamentalmente, con el buen ejemplo, responsabilizándonos también de aquellos desamparados sociales, quienes pueden convertirse en verdaderos prohombres de la patria, si el Estado se involucra en su formación integral completa.