Yo soy el antropólogo Charlie

La célebre triada proclamada por la Revolución Francesa en 1789, «libertè, egalitè, fraternitè», ha resonado en todas las latitudes del planeta como utopía, como posibilidad y como camino difícilmente transitable.

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La libertad es, sin duda, el elemento de la triada más codiciado, desarrollado e implementado en los ámbitos personales, económicos y sociales. La libertad era, y es, aún hoy, una conquista fundamentalmente burguesa, como si fuera un privilegio de las clases pudientes. Una interpretación ideologizada de la triada permitió a las potencias europeas reforzar su espíritu colonial y conquistador en varios continentes, aun después de la formación de las modernas repúblicas en los siglos XIX y XX. Se autoadjudicaron libertad en todos los ámbitos, en las intervenciones económicas y militares contra países más débiles, pero ricos en recursos naturales. Ahora, después de los trágicos sucesos parisinos con el caso de Charlie Hebdo se ha abierto un gran debate a nivel mundial, polarizado sobre la disyuntiva: ¿es la libertad un derecho absoluto de los sujetos, o es un derecho relativo que tiene en cuenta a los otros sujetos, especialmente a los más débiles y marginalizados?

Debe mencionarse, entonces, el segundo pilar de la triada, la igualdad, por cierto bastante olvidada. Es evidente que no coincide con la homogeneización ni con la globalización cultural, que son enemigas de las diversidades. En realidad, somos diversos en lenguas, en culturas, en cosmovisiones, en hábitat y en un sinfín de componentes culturales, pero iguales en dignidad y en derechos. Somos iguales en el sentido de que todos tenemos derecho a la alimentación, a la vivienda, a la seguridad, al trabajo, a la educación, a la salud, al respeto de cada cultura, etc.

Igualdad también significa que no hay lengua ni pueblo superior ni inferior a otros. Toda cultura posee riquezas propias. Es cierto que algunas culturas han desarrollado algunos aspectos más que otras, como, por ejemplo, las tecnologías; pero esto no les da derecho a sentirse superiores a otras; son, simplemente, diversas.

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Vale la pena subrayar esto porque el mismo pensador anarquista francés Pierre Joseph Proudhon consideraba a las poblaciones de las colonias francesas «razas inferiores» y sostenía que «nosotros, raza superior… debemos elevarlas, hasta nosotros, intentar mejorarlas, fortificarlas, instruirlas, ennoblecerlas». Víctor Hugo identifica la civilización con lo europeo y específicamente con lo francés: «París es el techo del género humano y sus libros, su teatro, su arte, su ciencia y su filosofía son los manuales del género humano». Y no escapa a estas distorsiones conceptuales tampoco Karl Marx, cuando, en 1848, tilda a los pueblos no europeos de «bárbaros o semibárbaros». Con semejantes autores, no nos extraña que en Europa haya ahora un fuerte rechazo a las inmigraciones de poblaciones pobres procedentes de África y del Oriente Medio, pueblos que han sido explotados y han visto rapiñados sus inmensos recursos naturales por varios siglos.

La antropología, que no es una colección de opiniones o de sentimientos, sino una ciencia rigurosa en su metodología y objetivos, nos enseña que la interculturalidad es la vía maestra para construir sociedades contemporáneas prósperas y pacíficas. Y no se trata solo de respetar y valorar al «otro», al «diverso», sino de asumir y practicar la lógica de la reciprocidad: saber dar y saber recibir. Dar con inteligencia y recibir con humildad; dejarse cuestionar y criticar por otros esquemas culturales. Nadie posee toda la verdad. Los procesos interculturales ayudan a los pueblos a enriquecerse en la diversidad.

Yo soy el antropólogo Charlie: quiero la libertad, pero no en forma solitaria y exclusiva; quiero la libertad para construir dialécticamente la igualdad de derechos para todos los pueblos de la tierra sin distinciones ni clasificaciones raciales ni continentales. Quiero la libertad para que con la igualdad se logre vivir con fraternidad, y en paz.

Yo soy el antropólogo Charlie porque quiero que «libertè, egalitè, fraternitè» se realicen conjuntamente.

«Nadie posee toda la verdad. Los procesos interculturales ayudan a los pueblos a enriquecerse en la diversidad»

«La antropología, que no es una colección de opiniones o de sentimientos, sino una ciencia rigurosa en su metodología y objetivos, nos enseña que la interculturalidad es la vía maestra para construir sociedades contemporáneas prósperas y pacíficas»

josezanardini@hotmail.com

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