¿Inofensivo déficit fiscal? No. Es una caja de Pandora

Una noticia positiva se dio a conocer en estos días cuando se informó sobre el superávit fiscal en el mes de enero, exiguo ciertamente, pero valorable en el orden de dólares 36 millones que representa un 0.1 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB).

El déficit debe ser corregido cuanto antes y no que ocurra como por una secuencia de hechos que terminará en el año 2023. Esto es erróneo, iluso y peligroso. El costo de corregir el déficit todavía es posible soportarlo.
El déficit debe ser corregido cuanto antes y no que ocurra como por una secuencia de hechos que terminará en el año 2023. Esto es erróneo, iluso y peligroso. El costo de corregir el déficit todavía es posible soportarlo.Archivo, ABC Color

Este hecho se debe a que en este momento existe un mejoramiento de diversas actividades privadas en varios sectores de la economía que afectan en favor de la recaudación, acompañado por la disminución de los gastos gubernamentales. Ahora bien, la merma en las erogaciones no se debe precisamente a un plan de austeridad ni a algunas de las reformas necesarias y urgentes que se estén llevando a cabo. Nada más lejos de la realidad.

Lo que sucede es que se incrementó la recaudación satisfaciendo el apetito del Leviatán no solo porque el sector privado empieza a movilizar los factores de producción a su cargo sino también porque en el Estado no se han iniciado las respectivas transferencias, puesto que aún no se cuenta con el decreto que reglamenta el plan financiero.

Superávit circunstancial

Dicho de otro modo, el superávit fiscal antes citado no podrá mantenerse ni aumentar porque pronto aparecerán los respectivos gastos e inversiones en obras mantenidas por el endeudamiento. El saldo negativo en las cuentas estatales no es nuevo, pese a que tenemos una ley como la de responsabilidad fiscal que señala el tope en el orden del 1,5 del PIB.

Ya antes de la pandemia se deterioraron las cuentas del fisco. En el año 2019 el déficit empezó a subir al punto que con todo lo que implicó la crisis sanitaria y otros gastos que no fueron corregidos. Esto probó que mientras el sector privado sufría los estragos del encierro, en el público la cuestión se presentaba muy diferente.

De ese modo el déficit el año pasado llegó al 6 por ciento y se estima que para el presente será del 4 porcentual. Al respecto, se ha dicho desde el gobierno que recién probablemente para el año 2023 se podría volver al 1,5 por ciento de la Ley de Responsabilidad fiscal, tiempo demasiado largo que ocasionará perjuicios y no solo para los intereses del fisco sino sobre todo para los de la gente y las empresas.

Esta última afirmación resulta clave para entender lo que se viene.

El desliz de Keynes

Ocurre que la idea predominante de gran parte de los técnicos y analistas consiste en que el déficit fiscal no es malo per se, sino que más bien puede hasta servir como palanca para el desarrollo. Esta versión desde luego tiene adeptos muy firmes, y no solo por parte de los técnicos sino también por los mismos políticos, los que finalmente deciden qué hacer con el dinero de la gente, una situación que desde ya resulta contraria a los postulados de una genuina República.

Pero más allá de esto y que en este espacio también lo abordé, en esta ocasión seguiré extendiéndome sobre la intención, por cierto, deliberada de utilizar el déficit como una manera de respaldar la demanda y hasta el empleo. Ocurre que sigue muy fuerte la idea de que en tiempos difíciles como lo que tenemos ahora en esta época de pandemia, el uso y disposición de presupuestos con déficit son necesarios para salir de la crisis porque –según dicen sus propiciadores– no estamos en tiempos normales.

La realidad es que nunca estamos en tiempos normales, al menos si normal se entiende por una administración sana, transparente con rendición de cuentas y una economía en crecimiento. Esto no sucede. Lo que en verdad ocurre es que pese al Estado es la economía de la gente y las empresas la que empuja el progreso.

El propio John Maynard Keynes en su Teoría General señala: “Los gastos ruinosos pueden, no obstante, enriquecer al fin y a cabo a la comunidad. La construcción de pirámides, los terremotos y hasta las guerras pueden servir para aumentar la riqueza”.

Y para tratar de corregir este “desliz” de Keynes, uno de sus más afamados discípulos, el Nobel de Economía Paul Samuelson, quien según dicen sus seguidores logró una fusión entre el keynesianismo y los clásicos, señala: “El análisis del multiplicador keynesiano se aplica a las situaciones en las que la producción es inferior a la potencial, es decir, en las situaciones en las que hay recursos desempleados”.

Caja de Pandora

En los hechos tal situación teórica no ocurrió puesto que la utilización del gasto como herramienta del desarrollo terminó acabando con una deficiencia y mal uso de los recursos que hicieron aumentar el poder de los respectivos Estados, en todas partes, al punto que la disminución de los gastos y del mismo déficit se volvieron una prioridad incluso en gobiernos con tendencias hacia aquella línea de pensamiento.

Esto es, el Estado metido en autofinanciarse en desmedro de los legítimos intereses del sector privado que paga las aventuras de los políticos y burócratas son un verdadero camino al infierno. Aumentar los impuestos, emitir moneda y el endeudamiento es como “abrir la caja de Pandora”. Esta expresión proveniente de la antigua mitología griega significa hoy en día llevar a cabo una acción en apariencia inofensiva y hasta con buenas intenciones pero que trae consecuencias catastróficas.

La lección hoy en día no parece complicada. Resulta necesario reducir el gasto y el déficit (al menos ponerlo en aquel 1,5 del PIB que establece nuestra Ley de Responsabilidad fiscal) porque es un laste para todos, en especial para los contribuyentes. Todavía más, la financiación del déficit con endeudamiento o emisión está llevando al país a un escenario que los recursos siempre escasos luego será absolutamente insuficientes.

Si seguimos abriendo la caja de Pandora pues el resultado no será más que la inestabilidad y de ambos lados, tanto económica como política. El déficit debe ser corregido cuanto antes y no que ocurra como por una secuencia de hechos que terminará en el año 2023. Esto es erróneo, iluso y peligroso.

El costo de corregir el déficit todavía es posible soportarlo, luego será más que traumático.

El problema es el propio afectado –el Estado con el gobierno que sea, sus seguidores, desde los políticos, burócratas partidos políticos y grupos de presión coaligados con el sector privado- que se opondrán tenazmente y hasta con el uso de la coerción (porque ellos tienen el poder de hacer las leyes, las malas por cierto) privilegiarán el statu quo, el de ellos, en directo perjuicio de la economía o lo que es lo mismo de la gente y de las empresas privadas.

(*) Decano de Currículum UniNorte. Autor de los libros “Gobierno, justicia y libre mercado”; “Cartas sobre el liberalismo”; “La acreditación universitaria en Paraguay, sus defectos y virtudes” y otros como el recientemente publicado “Ensayos sobre la Libertad y la República”.

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