El primer aspecto a considerar es que no todo lo incierto constituye un riesgo asegurable. En primer lugar, el riesgo debe referirse a un evento posible, pero no seguro. Si el evento es imposible, no hay riesgo; si es inevitable, tampoco. El desgaste natural de un bien, por ejemplo, no es riesgo, sino certeza. El seguro –como entidad que ampara las consecuencias de un riesgo– se ubica en ese espacio intermedio donde el evento puede ocurrir, pero no necesariamente ocurrirá. Un segundo aspecto es que el riesgo desaparece cuando el evento depende del control intencional de quien pretende asegurarse. Allí donde hay dolo o provocación deliberada, no hay riesgo en sentido técnico, sino una ruptura del sistema. Este límite no es solo jurídico, sino estructural: el seguro se sostiene sobre la incertidumbre, y esta se desvanece cuando el resultado puede ser manipulado o cuando se pretende asegurar algo que ya está siniestrado.
A estos elementos se suma un tercer límite: la aleatoriedad. El riesgo debe ser incierto, pero no incomprensible. Si no puede ser estimado, modelizado o al menos aproximado mediante herramientas estadísticas, queda fuera del ámbito técnico del seguro. Por ello, ciertos riesgos extremos o sistémicos —como conflictos bélicos de guerra o fenómenos como terremotos, pandemia etc— suelen ser excluidos o tratados de manera especial.
En síntesis, el riesgo asegurable existe dentro de un marco preciso: debe ser posible, incierto, ajeno a la voluntad del asegurado y susceptible de medición. Fuera de estos límites, no es sujeto de ser asegurado. Sin embargo, lo más interesante reside en la pregunta de: ¿hay patrones que emergen del comportamiento del riesgo? El primer patrón —y quizás el más revelador— es la tensión entre lo individual y lo colectivo. A nivel individual, los siniestros se perciben como eventos caóticos, imprevisibles, casi arbitrarios. Para quien sufre un accidente, el hecho aparece como único, excepcional, incluso “injusto”. No hay, en esa experiencia, ninguna sensación de regularidad. Pero cuando esos mismos eventos se analizan en conjunto, surge una realidad distinta: los siniestros siguen patrones sorprendentemente estables. Las frecuencias se repiten, las distribuciones se mantienen y los costos agregados pueden ser anticipados con notable precisión.
Este contraste —caos individual, orden colectivo— constituye uno de los pilares sobre los que se construye la técnica aseguradora.
Un segundo patrón, menos intuitivo, pero igualmente relevante es la concentración del riesgo. Lejos de distribuirse de manera uniforme, los siniestros tienden a agruparse. Un número reducido de asegurados, zonas o circunstancias concentra una proporción significativa de los eventos. Este fenómeno desafía la idea de que el riesgo está equitativamente repartido y obliga a desarrollar modelos más sofisticados para su análisis. Pero más allá de los patrones estadísticos, existe un tercer patrón, de naturaleza conductual, que resulta particularmente inquietante: la continua subestimación del riesgo por parte de las personas.
Los individuos tienden a percibirse como menos expuestos que los demás, a minimizar la probabilidad de eventos adversos y a sobreestimar su capacidad de control. Esta conducta no solo afecta decisiones individuales, sino que influye en el funcionamiento del ecosistema asegurador en su conjunto, ya que el seguro no solo existe para gestionar incertidumbre, sino también para corregir percepciones erróneas.
En cierto sentido, el sistema asegurador no responde únicamente a la existencia del riesgo, sino a la forma en que las personas lo interpretan: algunos lo aceptan, otros lo ignoran. Y es que cuando el evento ocurre, el riesgo se transforma en siniestro. Esta transición marca el paso de la probabilidad a la realidad, y con ella, el cambio de lógica: de la estimación a la indemnización. En conclusión comprender cuales son los límites del riesgo es esencial para el seguro, frente a su mejor aliado: la incertidumbre.
Desgaste natural
Si el evento es imposible, no hay riesgo; si es inevitable, tampoco. El desgaste natural de un bien, por ejemplo, no es riesgo, sino certeza.
(*) Abogado