Desde este punto de vista, confiar en la suerte equivale a dejar de lado el análisis del riesgo. Es decir, en vez de observar qué puede pasar, con qué probabilidad puede ocurrir y qué consecuencias tendría, la persona se limita a esperar que todo salga bien. Pero esa actitud no permite tomar decisiones serias ni ordenadas frente a la incertidumbre.
El seguro existe justamente para responder a ese problema. Su función es ayudar a enfrentar eventos que pueden producir pérdidas. Aunque no se puede saber con exactitud cuándo ocurrirá un siniestro en un caso concreto, sí es posible estudiar muchos casos similares y calcular cuánto podría pasar en promedio. Gracias a eso, las aseguradoras pueden organizar mejor sus coberturas y prever, con bastante precisión, el comportamiento general de los riesgos.
A diferencia de la suerte, el seguro no se basa en esperar un resultado favorable. Se basa en datos, experiencias anteriores y cálculos. Por eso, su lógica es mucho más sólida. La suerte puede estar asociada tanto a una ganancia como a una pérdida, y en ese sentido se parece más a una apuesta o a una especulación que a una verdadera forma de protección.
Desde la perspectiva de cómo se toman las decisiones, confiar en la suerte tampoco parece razonable. Una persona que actúa con criterio analiza las opciones que tiene, piensa qué tan probable es cada resultado y valora qué tan grave podría ser. Si no hace eso, está decidiendo sin bases claras, como si todo dependiera del azar.
En el contrato de seguro, además, no basta con hablar de incertidumbre de manera general. El riesgo debe reunir ciertas condiciones: el hecho tiene que ser posible, incierto y no depender de la voluntad del asegurado. La suerte no cumple ese papel, porque no es un elemento claro ni definido dentro del contrato. Por eso no puede reemplazar al riesgo ni servir como base de una cobertura.
Incluso cuando se trata de prevenir daños, la suerte tampoco ayuda. Hoy existen muchas herramientas para anticiparse a los problemas, como analizar escenarios posibles, detectar puntos débiles y aplicar medidas que reduzcan el impacto de un siniestro. Esas herramientas sí permiten actuar antes de que el daño ocurra. La suerte, en cambio, no ofrece ninguna forma concreta de protección.
En definitiva, confiar únicamente en la suerte significa dejar de lado el análisis serio del riesgo. También implica renunciar a métodos que permiten medir, prever y manejar mejor la incertidumbre. El seguro, apoyado en la estadística y en el estudio de los riesgos, ofrece una respuesta más racional y ordenada. La suerte, en cambio, queda en el plano de lo incierto y no puede ser controlada ni utilizada como una verdadera estrategia.
Por eso, desde un enfoque riguroso, la suerte no debe verse como un sustituto del riesgo, sino apenas como una manera imprecisa de hablar de eventos aleatorios. La verdadera cuestión importante no es si la suerte existe, sino si puede servir como base confiable para decidir, desde la lógica del riesgo, y la respuesta, desde la teoría del riesgo, es categóricamente no… para ser confiable.
Datos y experiencia
A diferencia de la suerte, el seguro no se basa en esperar un resultado favorable. Se sustenta en datos, experiencias anteriores y cálculos.
(*) Abogado