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5 de noviembre de 2026
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Mercado regulado versus crecimiento del sector

El mercado asegurador cumple una función esencial dentro de la economía. Protege patrimonios, sostiene inversiones, facilita el crédito, respalda actividades productivas y permite que personas y empresas afronten riesgos que, de otro modo, podrían comprometer seriamente su estabilidad financiera. Sin embargo, para que esta función se desarrolle adecuadamente, el sector necesita regulación. La verdadera discusión no consiste en elegir entre regulación o crecimiento, sino en determinar qué tipo de regulación favorece un crecimiento sólido, competitivo y sostenible. La actividad aseguradora administra recursos de terceros y asume compromisos que pueden prolongarse durante varios años. Cuando una persona contrata una póliza, paga una prima a cambio de la promesa de recibir una indemnización si ocurre el siniestro previsto. Esa promesa solamente puede cumplirse si la compañía mantiene solvencia suficiente, constituye reservas técnicas adecuadas, invierte prudentemente sus recursos y administra correctamente los riesgos asumidos. Por esta razón, un mercado de seguros completamente desregulado podría generar graves peligros. La competencia basada exclusivamente en precios puede llevar a algunas compañías a cobrar primas insuficientes, asumir riesgos excesivos o reducir indebidamente sus reservas.

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En el corto plazo, estas prácticas pueden parecer beneficiosas para el consumidor, porque abaratan las coberturas. Sin embargo, cuando llegan los siniestros, una aseguradora sin respaldo financiero puede enfrentar dificultades para cumplir sus obligaciones.

La regulación, por tanto, protege al asegurado y también preserva la confianza en todo el sistema. No obstante, una regulación excesiva también puede convertirse en un obstáculo. Cuando las normas son demasiado rígidas, costosas o burocráticas, pueden dificultar la creación de nuevos productos, limitar la innovación tecnológica y elevar los gastos operativos. Las empresas terminan destinando más recursos al cumplimiento formal que al desarrollo comercial, la mejora del servicio o la ampliación de coberturas. Este problema afecta especialmente a las entidades de menor tamaño pues, pueden encontrar dificultades para afrontar costos crecientes de reportes, auditorías, sistemas tecnológicos, capital mínimo y controles internos. Una regulación mal diseñada puede terminar favoreciendo la concentración del mercado y reduciendo la competencia.

El desafío consiste en construir una regulación proporcional. No todas las compañías tienen el mismo tamaño, ni todos los productos presentan el mismo nivel de riesgo. Las exigencias deberían considerar la naturaleza de las operaciones, la complejidad de las coberturas, el volumen de primas, la exposición acumulada y la capacidad financiera de cada entidad.

Asimismo, la supervisión moderna debe orientarse hacia la prevención identificando anticipadamente problemas de solvencia, deficiencias de gestión, concentración de carteras o prácticas comerciales perjudiciales.

Así, la regulación puede impulsar el crecimiento esperado, si genera reglas claras, protege la competencia, fomenta la digitalización y facilita el acceso a productos simples y comprensibles. También debe promover la educación aseguradora y exigir transparencia en las condiciones contractuales.

En definitiva, regulación y crecimiento no son conceptos opuestos. Un mercado sin control puede expandirse rápidamente, pero también volverse frágil. Un mercado excesivamente regulado puede ser seguro, pero lento, costoso y poco innovador. El equilibrio se encuentra en una regulación inteligente, proporcional y orientada al riesgo.

El mejor marco regulatorio no es el que impone más requisitos, o más sanciones, sino el que garantiza solvencia, protege al asegurado y permite que el sector evolucione. Solo así el mercado de seguros podrá crecer con estabilidad, ampliar su contribución a la economía y cumplir su misión principal: convertir la incertidumbre del riesgo en certidumbre de protección.

Sólido y competitivo

No se debe elegir entre regulación o crecimiento, sino en determinar qué tipo de regulación favorece un crecimiento sólido, competitivo y sostenible.

(*) Abogado

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