Una instalación eléctrica que envejece, una maquinaria que opera sin mantenimiento preventivo, una empresa que concentra sus operaciones en un único proveedor o un establecimiento industrial que amplía progresivamente su capacidad productiva, sin revisar sus medidas de seguridad, son ejemplos de exposiciones que pueden crecer sin producir inmediatamente una pérdida. Sin embargo, que el siniestro todavía no haya ocurrido no significa que el riesgo no exista. Y es que, una empresa que lleva años sin registrar un siniestro de incendio, por ejemplo, puede considerar que sus instalaciones son seguras, cuando en realidad sus sistemas de prevención podrían encontrarse deteriorados u obsoletos. Lo mismo sucede con aquellas que mantienen indicadores históricos favorables de siniestralidad, pero que han experimentado transformaciones importantes en sus procesos productivos, infraestructura o volumen de operaciones. La experiencia pasada constituye una referencia valiosa para la suscripción, pero no necesariamente representa las condiciones actuales del riesgo, y sigue siendo un riesgo invisible.
Desde una perspectiva técnica, es indispensable distinguir entre la frecuencia histórica de los siniestros y la probabilidad de que estos se produzcan en el futuro.
También debe evaluarse su severidad potencial, particularmente cuando una exposición aparentemente pequeña puede desencadenar pérdidas de importantes dimensiones. Aquí aparece una responsabilidad compartida entre aseguradores y asegurados: identificar los cambios que puedan modificar sustancialmente las condiciones originales del riesgo y adoptar las medidas necesarias para gestionarlos.
En este sentido, las inspecciones de riesgo, los informes de ingeniería, antecedentes de pérdidas y medidas de prevención adquieren importancia que trasciende el simple cumplimiento de requisitos administrativos. La transformación tecnológica también introduce nuevas exposiciones que no siempre son suficientemente consideradas. Una empresa puede disponer de excelentes instalaciones contra incendios y, al mismo tiempo, mantener una dependencia absoluta de sistemas informáticos vulnerables, cuya interrupción podría paralizar completamente sus operaciones.
Por ello, el concepto de riesgo invisible debe extenderse más allá de daños materiales tradicionales. Comprende las vulnerabilidades operativas, financieras, tecnológicas, ambientales y humanas que pueden comprometer la continuidad de una actividad económica. Por esta razón, la siniestralidad histórica no debería convertirse en el único indicador utilizado para evaluar la calidad de un riesgo. La prevención representa el mejor beneficio directo para el asegurador, así como para el asegurado. Una inspección que identifica oportunamente una deficiencia estructural o una vulnerabilidad operativa puede evitar pérdidas económicas que una indemnización nunca logrará reparar completamente. El seguro indemniza las consecuencias económicas de determinados acontecimientos, dentro de los límites contractuales, pero no siempre puede restablecer inmediatamente la posición competitiva, la confianza de clientes o la continuidad comercial de una empresa. El verdadero desafío de la actividad aseguradora consiste en desarrollar la capacidad de reconocer aquellas exposiciones que todavía no se han convertido en pérdidas, es decir, anticiparse al riesgo.
En definitiva, el riesgo invisible nos recuerda que la ausencia de pérdidas no constituye, por sí misma, una garantía de seguridad. Detrás de cada siniestro puede existir una sucesión de circunstancias que pudieron haber sido identificadas, evaluadas o corregidas oportunamente. Porque el siniestro revela el daño, pero es la exposición previa la que explica por qué ese daño pudo producirse.
Frecuencia histórica
Desde una perspectiva técnica es indispensable distinguir entre frecuencia histórica de siniestros y la probabilidad de que estos se produzcan en el futuro.
(*) Abogado