El estado civil no define el estado moral de una persona y por ende menos podría definir la escala de valores que transmite a sus hijos; sin embargo, el complejo de culpa, la necesidad de compensar la ausencia o el sentimiento de insatisfacción personal por el “fracaso matrimonial”, pueden impactar de manera inapropiada y negativamente a todos los miembros de la familia, desde luego primero en el campo emocional, pero al mismo tiempo muchas veces se traduce al ámbito económico y financiero familiar, presente y futuro.
Puntos sobre las íes
Siempre existieron problemas matrimoniales, pero llegar a una ruptura parecía improbable solo unos años atrás, desde “el qué dirán” hasta razones de mayor peso, como el bienestar de los niños, formaban parte de los valiosos argumentos que hacían impensable recurrir a un divorcio.
Así muchos matrimonios funcionaban en apariencias, y duraban hasta que la muerte los separe, la más de las veces porque la mujer no trabajaba y no tenía estudios para poder económicamente mantenerse a ella misma y a sus hijos. Actualmente las mujeres (especialmente en clase media de zonas urbanas) ya no tienen razones para “aguantar” una relación en la que no se sientan felices.
Cada hogar es un mundo aparte y solo los miembros de la familia pueden conocer realmente lo que sucede a puertas cerradas. Desde luego que numerosos matrimonios se han convertido en sólidas estructuras de amor, respeto, tolerancia y amabilidad, de forma que desde sus cimientos los hijos pueden crecer protegidos en sus valores esenciales.
También es cierto que muchos hogares forman jóvenes ejemplares, mientras que a la cabeza del hogar está una mujer sola, convirtiéndose en el pilar fundamental de sus hijos, quienes la admiran y se encuentran orgullosos de ella.
Pero entonces, no hay un modelo de familia específico que produzca intachables hijos y los demás no funcionen. Es que no se trata solo del modelo familiar, sino de los modelos de personas que desde que nacemos nos vamos conociendo y de las oportunidades que vamos haciendo nuestras en la vida. Es aquí donde entra la conciencia sobre qué valores estamos transmitiendo a los niños y jóvenes con nuestros actos, independiente a la estructura familiar que hayamos construido, teniendo bien en claro que el aspecto económico afectará irremediablemente a la familia, se mantenga unida o con un divorcio de por medio.
Es casi imposible atravesar un divorcio y que no existan implicancias económicas y financieras, pero además de las situaciones que se presentan entre la pareja a nivel de bienes u obligaciones, existen otras que perduran en el actuar con los hijos. Es común que en las familias donde los padres están divorciados, surja una competencia por el cariño de los hijos a través de lo que se les compra, casi como una demostración de fuerza afectiva dependiendo del tamaño de la factura de cada regalo.
Usualmente cuando los niños quedan a vivir con la madre, es ella quien comparte tiempo con ellos y debe imponer la disciplina, asumiendo también la responsabilidad de la totalidad de las necesidades emocionales y materiales de cada día.
Mientras que el padre quizás pase algunos fines de semana con los niños y se convierte en el papá divertido, quien concede malcríos y cumple su rol de proveedor pasando dinero mensualmente a la madre para hacerse cargo de algunos gastos. Desde luego que esta es una apreciación general y no describe precisamente ninguna relación en particular.
Debe haber miles de circunstancias, excepciones y condiciones que describan casos específicos. Solo me atrevo a ilustrar un escenario bastante característico y asumiendo incluso acuerdos amables entre los padres en cuanto a montos de cuotas de manutención y el cumplimiento de las mismas. En un divorcio siempre existen severos coletazos financieros para la pareja y para los hijos.
La comodidad de lo comprado
Ante esta situación se plantean para el niño posibilidades duplicadas de a quién pedir lo que quieren y además suele presentarse la oportunidad de manipulación, como solo ellos son capaces de utilizar a su favor, en especial de los adolescentes, que aprovechan para obtener lo que desean de cada parte.
En el caso de familias ensambladas, esto se torna aún peor y puede llegar a detonar en un estrés muy fuerte para todos los miembros de la familia, pues si resulta complicado ponernos de acuerdo entre dos personas, tanto más será cuando se trata de varios miembros en la misma familia, por lo tanto los inconvenientes se multiplican cuando se trata de los tuyos, los míos y los nuestros.
Las familias ensambladas se dan cuando los padres vuelven a formar pareja con otra persona, quien probablemente también tenga hijos de una relación anterior, por lo que se juntan bajo una nueva familia personas con costumbres, hábitos y reglas distintas, donde no solo priman los acuerdos de la nueva pareja, sino también sigue ejerciendo presión el padre o madre ajeno a esta relación, quien está buscando encajar en la vida del hijo, el cual también se está acomodando a la actual estructura familiar.
Para todas las partes resultará conveniente acordar montos y fechas para el pago de prestación alimentaria, formas de compartir la mesada y el presupuesto de los hijos, a fin de que ambos padres estén conscientes de los reales costos que representa cada aspecto de la vida de estos, además de poder manifestar anticipadamente la necesidad de un nuevo arreglo financiero.
Cuando estas situaciones se dan, es fundamental llegar a acuerdos entre los adultos para poder definir la forma de actuar con los niños y un punto crítico sin duda resultará el uso del efectivo, regalos o paseos, que nunca son una buena forma de compensar las pérdidas afectivas o complejos de culpabilidad. Para estos compromisos es clave no usar a los hijos de mensajeros, son los adultos quienes deben realizar los pactos financieros entre las partes.
Los vacíos sentimentales no se llenan con cuentas bancarias ni se compensan con gastos superfluos. La atención y cuidado que necesitan nuestros hijos no pueden ser delegados a terceros, ni a niñeras, ni a abuelas, ni a la escuela. Necesitamos padres y madres responsables de proteger con amor y paciencia las necesidades de los niños y jóvenes para que puedan encontrar modelos a seguir en cuanto a ética, decencia, buenas costumbres, responsabilidad y metas de vida, independiente al modelo familiar que estemos viviendo.
En las llamadas familias modernas no tiene por qué variar la responsabilidad paterna y materna en cuanto a ser ejemplos a imitar para nuestros hijos, al contrario, aún mayor es la obligación de demostrar que son una bendición en nuestra vida, e influir como un buen modelo para que ellos a su vez puedan convertirse en adultos ejemplares para la siguiente generación.
Debemos fungir el rol de padres, estemos solteros, viudos, divorciados o casados; es decir, tenemos que cumplir la función de papá y mamá, porque es nuestra responsabilidad, obligación y derecho el dar amor, contención, protección y límites a nuestros hijos. También debemos entregar nuestro criterio para que ellos aprendan a reflexionar y pensar por sí mismos, lo que les permitirá convertirse en adultos de bien y ciudadanos activos.
Cada decisión familiar afecta a nuestras finanzas, evaluemos las consecuencias antes de actuar y evitemos la comodidad de comprar cariño, eso nunca funciona bien y los resultados impactan en toda la sociedad.
Sigamos hablando de dinero, porque así aprendemos a manejarlo mejor.
Partes
Para todas las partes resultará conveniente acordar montos y fechas para el pago de prestación alimentaria, formas de compartir la mesada, etc.
Ejemplo
En las llamadas familias modernas no tiene por qué variar la responsabilidad paterna y materna en cuanto a ser ejemplos a imitar para nuestros hijos.
Moral
El estado civil no define el estado moral de una persona y, por ende, menos podría definir la escala de valores que pueda transmitir a sus hijos.
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