A una le puso el nombre de Simbila y a la otra el de Akelé, en memoria del inolvidable toro. Y con ella vivieron hasta que un día un forastero pidió agua y Akelé se la ofreció, y el forastero, después, comunicó al rey que Amaranta escondía en su casa a la joven más bella del mundo. El monarca, interesado, ordenó a la anciana que fuera al palacio con aquella doncella, y en cuanto la vio, se enamoró de ella y la pidió por esposa.
—Te la entregaré, ¡oh, rey!, con una condición —le dijo Amaranta—. Cuidarás de que Akelé no salga al sol ni se exponga al fuego, pues se derretiría como la manteca.
El rey lo prometió, se casó con Akelé y el matrimonio vivió muy feliz hasta que el soberano tuvo que emprender un viaje. Aprovecharon su ausencia sus envidiosos parientes para obligar a Akelé a tostar unos granos.
—No puedo hacerlo, me derretiría —declaró la reina.
—Eso solo son excusas de perezosa —exclamaron los parientes —Si no lo haces, te mataremos y te arrojaremos al río.
La infortunada Akelé accedió, y mientras tostaba los granos comenzó a derretirse como la manteca, transformándose en un líquido aceitoso que formó un caudaloso río.
Cuando regresó el rey, llamó a su querida Akelé, pero en vez de su hermosa figura lo que vio fue a sus parientes, quienes le contaron de la transformación de la reina en río.
Loco de dolor, el soberano corrió a la orilla del río y allí se convirtió en hipopótamo, sumergiéndose en las aguas en busca de Akelé. Y como esta tampoco podía vivir sin su esposo, tomó la forma de un cocodrilo y se arrojó tras él, y desde entonces los hipopótamos y los cocodrilos viven juntos en ríos y lagunas.
Esto es lo que cuenta la fantasía...
Sobre el libro
Libro: Mis cuentos
de hadas
Título: El toro del rey
Editorial: Cuenticolor
