Al oír aquellas palabras, y, especialmente, la voz de su hijo, Salmonko se sobresaltó, pues había pensado que se encontraba solo. Sin embargo, pasado el primer instante de estupor, meditó sobre lo que acababa de oír. ¡Oh, sí, su joven hijo tenía razón!
¿Cómo se le había ocurrido a él dejar el preciado jarro colgando del cuello ante su pecho?
—Te diré algo, hijo mío —gritó desde su altura—. Estaba seguro de haber encerrado en este jarro toda la sabiduría del mundo. Pero he aquí que llega mi propio hijo, me dice algo y descubro que esto que me dice contiene mucha sabiduría.
Yo, con mi jarro a cuestas, tan próximo a la sabiduría y considerándome a mí mismo sabio, no he sido capaz de ingeniármelas para trepar cómodamente con mi jarro. Ha tenido que ser mi hijo quien me indique cómo hacerlo.
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Las últimas palabras casi fueron gemidos del pobre Salmonko. Con movimientos desesperados, se arrancó el jarro del cuello y lo arrojó violentamente muy lejos. El recipiente que contenía la sabiduría describió una parábola en el aire y fue a chocar contra una roca, rompiéndose en mil pedazos.
Naturalmente, lo que contenía escapó de él, y así fue cómo la sabiduría se derramó por los cuatro puntos cardinales, y solo debemos culpar al viento si a algunas regiones de la Tierra llegó en más abundancia, y si unos hombres la poseen en mayor grado que otros.
Sobre el libro
Libro: Mis cuentos de hadas
Título: El jarro de la sabiduría
Editorial: Cuenticolor
