—¡Qué cosas de chicos ni ocho cuarto! —dijo papá Máximo, experto en malacología, que es la ciencia de los moluscos y las conchillas—. Han desaparecido ya casi todas mis herramientas, mis caracolas, mis piedras preciosas. Y yo sé a dónde han ido a parar. ¡A mano de esos dos malandrines!
Papá Augusto y mamá Carmela, artistas plásticos, más que un poco asustados, estaban maravillados y orgullosos a reventar de su Gaspar.
—¡Genios! ¡Van a ser unos genios! —exclamó mamá Carmela.
—¡Qué genios ni qué genios! —farfulló afónicamente papá Máximo—. ¡Si han vuelto a aplazarse este mes en todas las materias!
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A este paso, acabarán echándolos de la escuela.
Discutieron largamente el caso. Al final decidieron tener en observación a los dos inventores de juegos, a costa de un riguroso encierro y resolvieron contratar a la institutriz para que les diera clases particulares.
Llegó el invierno y sucedió lo que Carolina había anunciado: con las últimas golondrinas se fueron ellos volando. Y no regresaron sino hasta el verano siguiente con las primeras golondrinas que volvían desde las lejanías del cálido norte.
Esto es lo que contaron ambos. Pero nadie puede decir que fuese o no fuese verdad. Lo cierto es que durante ese invierno enfermaron los dos de escarlatina. Durante la cuarentena de la enfermedad y del aislamiento a que fueron sometidos, los otros niños no los vieron más hasta un poco antes de las vacaciones del verano.
En medio de la altísima fiebre, que era como el calor de mil soles en su interior, Carolina y Gaspar se alejaban volando con las golondrinas. En la frescura del aire y con los cabellos revoloteando entre los vientos y las nubes sentían una felicidad que nunca habían conocido tan plenamente.
Y cuando regresaron sanos al mundo de todos los días, sabían muchas más cosas que antes: las cosas que les enseñaron las aves.
—¡No sabes, mamá, lo hermoso que se ve el mundo desde arriba!
—decía Gaspar con un extraño brillo en los ojos.
—Papá —dijo Carolina, sacando de debajo de su almohada un objeto brillante como una lunita de nácar o de mármol—, desde los mares del norte te traje esta caracola que encontré en la isla de Tamoraé donde está el país de Ojalá-pudiera ser.
Papá Máximo, desconfiado, tomó la caracola. La observó por todas partes, la olisqueó de punta a punta, pasó la uña por la superficie irisada de todos los matices del cielo y del mar.
—No —dijo—, esta caracola no figura en mis catálogos ni esa isla Tamoraé figura en mis mapas.
Carolina sonreía, entrecerrando los ojos como si todavía estuviera volando de cara al sol por los cielos del norte.
Sobre el texto
Título: Los juegos de Carolina y Gaspar
Autor: Augusto Roa Bastos
Editorial: El Lector
Colección: Primeros lectores
