A medida que fue creciendo y desarrollándose sus habilidades, se convirtió en un tipo engreído, altanero, que se llevaba todo y a todos por delante.
Mandaparte de lo último, se divertía dejando en ridículo a sus oponentes en el terreno que fuera. Sobre todo, si estos eran más débiles y de puro pichados lo desafiaban para ver si por ahí tenían suerte y le ganaban en algo.
Pero no había caso. Se diría que Cachilo era invencible.
Aprendió a tocar la guitarra, y tan bien lo hacía y tan bien cantaba, que la rabia que podían juntar sus amigos por su manera de ser tan soberbia, se disolvía escuchándolo y cantando con él. Sin embargo —hay que decirlo—, era el único momento en que su arrogancia menguaba y se convertía en un compañero encantador.
A pesar de que esa cualidad de guitarrero y cantor —¡ah y buen bailarín!— le hacía el preferido de las chicas del pueblo, nunca se aprovechó de eso para sacarle la novia a un amigo, por ejemplo.
Tenía claro que eso no se hace.
Pero, por lo demás, a sus veintitantos años seguía siendo un pedante de novela.
