Como princesas y príncipes (Segunda parte)

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Las buenas maneras son como joyas que adornan la personalidad y, por humilde que seamos, nos dejan como príncipes y princesas frente a los demás. Por el contrario, si no las poseemos, por muy inteligentes o adinerados que fuésemos, nos volvemos desagradables y nos evitan. Veamos qué pasó de Fiorella, la princesita que no tenía buenos modales.

(Liana Castello, argentina)

El viaje fue un fracaso. En todos los reinos visitados pasó lo mismo. La princesa debía emprender el regreso con las manos vacías.

Desconsolada por no poder llevar tranquilidad a su padre enfermo, se puso a pensar en todo lo ocurrido.

—Le dije que esto pasaría mi niña, se lo advertí —dijo Ana.

Lejos de molestarle tal comentario, Fiorella reconoció por primera vez que su dama de compañía tenía razón. Recordó las escenas en cada palacio y se sintió avergonzada.

La princesa no tenía buenos modales, pero le sobraba amor por su padre. Decidió que empezaría todo otra vez, pero de otra manera.

Volvió al primer reino, donde una vez más la esperaban los sirvientes en la puerta.

Con gran esfuerzo de su parte, se escuchó un «buenos días», tras un «gracias» y «permiso» un poco tímidos y entrecortados, pero sinceros.

El rey y su hijo quedaron asombrados; no era la misma persona que los visitara tiempo atrás. El príncipe estaba feliz y se dio cuenta de que Fiorella estaba haciendo un gran esfuerzo por cambiar la imagen que de ella se habían hecho.

Conversaron largamente sin problemas. La princesa estaba nerviosa y pidió que cerrasen las ventanas, no fuera cosa que una corriente de aire la hiciera estornudar y no se tapara la boca.

Nada de eso ocurrió, incluso la invitaron a cenar y, con un poco de miedo, aceptó la invitación. Mucho empeño puso la princesa en masticar bien y no hablar con la boca llena, pero al ver la sonrisa del príncipe pensaba que este y cualquier otro esfuerzo valían la pena.

No les sorprenderá si les digo que Fiorella y el príncipe se enamoraron.

Llegó el momento de regresar al palacio. Fiorella no volvió con las manos vacías, no solo porque había conocido a quien sería su esposo, sino porque había aprendido una lección muy importante.

Gracias a su esfuerzo, Fiorella encontró el amor, dio tranquilidad a su padre y, como si esto fuese poco, adquirió modales de princesa, que son —ni más ni menos— los que tenemos que tener todos aunque no vivamos en un palacio.