Disfrutando de la lectura oral en aula

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Siguiendo con nuestras prácticas interpretativas sobre el maravilloso libro de Juan Ramón Jiménez, nos abocamos esta vez a la sonorización de tres interesantes pasajes de la colección.

Tres cuentos de Platero y yo

Iniciamos nuestra actividad oral con las palabras del autor, quien nos dice lo que sigue a modo de:

Prologuillo

Suele creerse que yo escribí Platero y yo para los niños, que es un libro para niños.

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No. En 1913, “La Lectura”, que sabía que yo estaba con ese libro, me pidió que adelantase un conjunto de sus páginas más idílicas para su “Biblioteca Juventud”. Entonces, alterando la idea momentáneamente, escribí este prólogo:

Advertencia a los Hombres que lean este libro para niños

Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, está escrito para... ¡Qué sé yo para quién!..., para quién escribimos los poetas líricos... Ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una coma. ¡Qué bien!

“Dondequiera que haya niños —dice Novalis—, existe una edad de oro”. Pues por esa edad de oro que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta, y se encuentra allí tan a su gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca.

¡Isla de gracia, de frescura y de dicha, edad de oro de los niños; siempre te hallé yo en mi vida, mar de duelo; y que tu brisa me dé su lira, alta y, a veces, sin sentido, igual que el trino de la alondra en el sol blanco del amanecer!

El Poeta

Madrid, 1914

Sugerencias lúdicas de desenvolvimiento áulico

Los siguientes tres cuentos nos refieren tres eventos diferentes que iremos sintiendo en la medida en que los vayamos leyendo. Disfrutemos de cada uno de ellos y conversemos luego sobre las sensaciones recibidas a partir de cada lectura. Aportemos luego experiencias personales en eventos similares.

El cuento IV nos remite a un fenómeno de la naturaleza que suele suceder de vez en cuando y que nos hace sentir maripositas en el estómago, pues es un suceso raro por infrecuente y maravilloso por lo imprevisible.

El cuento VII juega con la apariencia física de las personas. Analicemos su contenido y conversemos sobre el particular. Acrecentemos contenido con nuestras experiencias personales y/o grupales.

El cuento XLI es un relato muy emotivo. Comparemos con nuestras experiencias y saquemos conclusiones interesantes y valiosas que puedan dispararse de este acontecer, fundamentalmente, lo que podemos inferir a partir del parlamento con el que se cierra el cuento: jugamos especulando posibilidades.

Cuento IV - EL ECLIPSE

Juan Ramón Jiménez

Nos metimos las manos en los bolsillos, sin querer, y la frente sintió el fino aleteo de la sombra fresca, igual que cuando se entra en un pinar espeso. Las gallinas se fueron recogiendo en su escalera amparada, una a una. Alrededor, el campo enlutó su verde, cual si el velo morado del altar mayor lo cobijase. Se vio, blanco, el mar lejano, y algunas estrellas lucieron, pálidas. ¡Cómo iban trocando blancura las azoteas! Los que estábamos en ellas nos gritábamos cosas de ingenio mejor o peor, pequeños y oscuros en aquel silencio reducido del eclipse.

Mirábamos el sol con todo: con los gemelos de teatro, con el anteojo de larga vista, con una botella, con un cristal ahumado; y desde todas partes: desde el mirador, desde la escalera del corral, desde la ventana del granero, desde la cancela del patio, por sus cristales granas y azules...

Al ocultarse el sol que, un momento antes, todo lo hacía dos, tres, cien veces más grande y mejor con sus complicaciones de luz y oro, todo, sin la transición larga del crepúsculo, lo dejaba solo y pobre, como si hubiera cambiado onzas primero y luego plata por cobre. Era el pueblo como un perro chico, mohoso y ya sin cambio. ¡Qué tristes y qué pequeñas las calles, las plazas, las torres, los caminos de los montes!

Platero parecía, allá en el corral, un burro menos verdadero, diferente y recortado; otro burro...

Cuento VII - EL LOCO

Vestido de luto, con mi barba nazarena y mi breve sombrero negro, debo cobrar un extraño aspecto cabalgando en la blandura gris de Platero.

Cuando, yendo a las viñas, cruzo las últimas calles, blancas de cal con sol, los chiquillos gitanos, aceitosos y peludos, fuera de los harapos verdes, rojos y amarillos, las tensas barrigas tostadas, corren detrás de nosotros, chillando largamente.

—¡El loco! ¡El loco! ¡El loco!

... Delante está el campo, ya verde. Frente al cielo inmenso y puro, de un incendiado añil, mis ojos —¡ tan lejos de mis oídos!— se abren noblemente, recibiendo en su calma esa placidez sin nombre, esa serenidad armoniosa y divina que vive en el sinfín del horizonte...

Y quedan, allá lejos, por las altas eras, unos agudos gritos, velados finalmente, entrecortados, jadeantes, aburridos...

—¡El lo... co! ¡El lo... co!

Cuento XLI - DARBÓN

Darbón, el médico de Platero, es grande como el buey pío, rojo como una sandía. Pesa once arrobas. Cuenta, según él, tres duros de edad.

Cuando habla, le faltan notas, cual a los pianos viejos; otras veces, en lugar de palabra, le sale un escape de aire. Y estas pifias llevan un acompañamiento de inclinaciones de cabeza, de manotadas ponderativas, de vacilaciones chochas, de quejumbres de garganta y salivas en el pañuelo, que no hay más que pedir. Un amable concierto para antes de la cena.

No le queda muela ni diente y casi solo come migajón de pan, que ablanda primero en la mano. Hace una bola y... ¡a la boca roja! Allí la tiene, revolviéndola, una hora. Luego otra bola, y otra.

Masca con las encías, y la barba le llega, entonces, a la aguileña nariz.

Digo que es grande como el buey pío. En la puerta del banco, tapa la casa. Pero se enternece, igual que un niño, con Platero. Y si ve una flor o un pajarillo, se ríe de pronto, abriendo toda su boca, con una gran risa sostenida, cuya velocidad y duración él no puede regular, y que acaba siempre en llanto.

Luego, ya sereno, mira largamente del lado del cementerio viejo:

—Mi niña, mi pobrecita niña...

Completamos nuestras actividades con las propuestas que aparecen en la revista Tarea para la Casa.