Leyenda de la rosa de Jericó
Después de la promulgación del edicto de Herodes, María y José decidieron huir de Belén con el pequeño Jesús para evitar su muerte.
Así, cuando estaban atravesando las llanuras de Jericó, María se bajó del burrito y, al tocar el suelo con sus pies, automáticamente brotó una rosa para saludar al niño Jesús, era una rosa de Jericó.
Tiempo después, cuando Jesús se retiró al desierto a orar, durante cuarenta días con sus cuarenta noches, la rosa de Jericó, arrastrada por el viento hasta el desierto, se detuvo dulcemente a los pies de Jesús. Y cada noche, al caer el rocío, la rosa de Jericó se abría y ofrecía al Maestro las gotas de agua de sus ramitas.
Jesús mojaba las yemas de sus dedos con las gotas de agua de las ramitas de la rosa de Jericó y calmaba su sed mojándose los labios con ellas. Por su noble acción, Jesús la bendijo.
Cuando Jesús agonizaba en la cruz, una gota de su sangre cayó al suelo, brotando en el mismo lugar, una rosa de Jericó.
Al morir Jesús todas la rosas de Jericó se marchitaron y recién al tercer día, con su resurrección volvieron a la vida.
Desde entonces, la rosa de Jericó es considerada por muchas culturas, como la flor divina y un verdadero talismán de la suerte.
