El sabio los llevó hacia un lugar lleno de árboles y les ordenó que arrancaran un arbolito de escasa altura. Un discípulo lo arrancó sin dificultad con una sola mano. El sabio le indicó enseguida otro árbol, que ya estaba más crecido, el cual fue arrancado por el joven con mayor esfuerzo. Por último, el maestro indicó un árbol corpulento, pero el muchacho no consiguió siquiera moverlo de su lugar, aun con la ayuda de otros jóvenes.
—No podemos, dijeron desalentados, es superior a nuestras fuerzas.
—Eso mismo ocurre con nuestros defectos —dijo el sabio, mientras volvían a sembrar los arbolitos arrancados—. Al principio, cuando los defectos no están muy arraigados, es fácil quitarlos, pero aquellos que han echado raíces, es casi imposible arrancarlos de nuestras vidas.
