Al aproximarse muy cerca de su cabeza, Gulliver pudo ver que traía un pergamino en la mano.
El distinguido personaje, desenrolló el pergamino y leyó lo que parecía un discurso, del que Gulliver no entendía nada.
—Langro dehul san, Quimbus Feltrin… —y siguió leyendo.
Por la entonación y los gestos, Gulliver pudo entender que mezclaba amenazas con promesas de amistad.
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Y aunque no entendió, sonrió y movió afirmativamente la cabeza.
Entonces le desataron la cabeza, el brazo y la mano derecha.
Lo primero que hizo fueron gestos para dar a entender que tenía hambre y sed.
El que parecía jefe y leyó el discurso, dio una orden, e inmediatamente, arrimaron escaleras al cuerpo de Gulliver, por la que cientos de soldados empezaron a traer canastas con —para él—bocaditos de carne.
Luego supo que los bocaditos eran vacas, venados y cerdos enteros.
En barriles —para Gullliver, del tamaño de dedales— le trajeron lo que sería vino, pues le sintió un gusto parecido, aunque más amargo.
Luego se enteraría que lo llamaban Quimbus Feltri que en su idioma quería decir Hombre Montaña, y que los soldados comentaban:
—El Hombre Montaña come de un bocado lo que bastaría para alimentar a cincuenta de nosotros.
Y es que cada uno de ellos tendría la estura del dedo meñique de Gulliver.
Pidió más de comer y de beber pero se habían acabado las provisiones traídas para el ejército.
De todos modos, empezó a tener tanto sueño.
Habían puesto un fuerte somnífero en la bebida que lo dejó profundamente dormido.
Así pudieron moverlo y subirlo con poleas, cientos de hombres, caballos y bueyes del tamaño de ellos, a una enorme plataforma con decenas de ruedas, que habían fabricado para transportarlo a su ciudad que, luego supo, se llamaba Liliput.
Al comienzo de su estadía lo tuvieron encadenado. Seiscientos hombres se ocupaban de su alimentación y otros de enseñarle el idioma del país.
Cuando pudieron conversar con él y convencerse de su buena voluntad y que no constituía un peligro para ellos, el rey le permitió visitar la ciudad.
También pidió a Gulliver que los ayudara en la defensa del país, porque el rey de Blefescu, que era un reino rival ubicado en una isla cercana a ellos, se disponía a invadir Liliput, según informaron los espías liliputienses.
Gulliver fabricó decenas y decenas de anzuelos. Que sujetó cada uno, al extremo de largos piolines como si fuera a ir de pesca.
Y eso fue lo que hizo: cruzó a nado hasta el reino de Blefescu y enganchó los anzuelos a las naves de los enemigos de Liliput, que estaban ancladas en su puerto.
Sobre el libro
Título: Los viajes de Gulliver
Autor: Jonatham Swift
Editorial: El Lector
