Miremos bien

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Tendemos a juzgar a nuestros semejantes por sus apariencias, sin conocerlos, y preferimos compartir con aquellos que nos parecen más lindos, más inteligentes o que poseen las cualidades más deseadas. Pero corremos el riesgo de decepcionarnos, sobre todo, si no aceptamos que todos poseemos virtudes, como también defectos. Con ayuda de tu profe o tus padres, aprende esta lección leyendo el cuento.

Las apariencias engañan

Ramón era un joven ratón que un día salió de expedición. Toda la familia asomó la cabeza para desearle suerte. Era un roedor con espíritu explorador, por eso quería conocer el mundo y, para alguien de su tamaño, el mundo puede ser una pequeña granja.

A cada paso que daba, Ramón tropezaba con algo que lo llenaba de asombro. Su corazoncito latía muy rápido, parecía que se le saldría del pecho en cualquier momento. ¡Estaba tan emocionado! Su sueño de viajero se hacía realidad, y resultaba mucho más divertido de lo que había imaginado.

En su fantástica excursión, el ratón conoció muchas cosas. Pero lo que más impacto le causó a Ramón fue el encuentro con dos animales que no había visto jamás. Eran tan extraños y tan distintos uno del otro que Ramón quedó impresionado y, después de viajar todo un día, decidió regresar a casa para narrar su experiencia.

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― ¡Mamá! ―Entró gritando por la puerta de la cocina―. ¡Siéntate a mi lado para que pueda contarte todo lo que vi en mi viaje por el mundo!

La mamá de Ramón, que tenía mucha paciencia, se dispuso a escuchar el relato de su pequeño explorador.

― Conocí dos animales muy raros ―empezó a contar Ramón―, uno se veía muy manso y amigable. Era guapo, tenía unas lindas orejas y también un hocico, una cola y unos bigotes largos, parecidos a los que tenemos los ratones, pero mucho más largos. En cambio al otro…, ¡al otro preferiría no volver a verlo en mi vida! ―gritó Ramón fuera de sí.

― ¿Y por qué te disgustó tanto ese animal? ―preguntó la mamá, pero el ratón no decía una palabra. Temblaba como una hoja y le castañeteaban los dientes. Recién después de tragar bastante saliva, se animó a hablar.

― Era un animal inquieto y chillón. Tenía un cuerpo espantoso, con dos patas flacas, arrugadas y sin pelos. Como si fuera poco, un trozo de carne le colgaba debajo de la barbilla. De repente se enojaba, abría unos abanicos enormes que tenía a los costados del cuerpo y los agitaba con fuerza. ¡Mamita, qué miedo me daba cada vez que hacía eso! El animal bueno caminaba con elegancia. Era armonioso, tranquilo y delicado. ¡Daba gusto verlo moverse con tanta gracia! En cambio el otro pasaba junto a mí agitando sus plumeros, corriendo de aquí para allá, y me aturdía con su «quiquiriquí», que no sé qué quería decir.

― Ramón ―le dijo con voz serena su mamá― tus descripciones del mundo y de los animales que conociste me llenan de admiración. Estoy orgullosa de ti, pero ten cuidado, te has dejado engañar por las apariencias.

― ¿Por qué? ―preguntó ansioso el ratoncito.

― Hijito, el animal ruidoso, que hacía «quiquiriquí» y te asustaba tanto se llama gallo y es inofensivo para los ratones, mientras que el otro, ese que te pareció tan amistoso, se llama gato, y puede saltar sobre cualquiera de nosotros y devorarnos en un santiamén. ¡Suerte que no te sucedió nada! Pero ten presente todo lo que hablamos hoy en tus próximas aventuras.

Sobre el libro

Título: Las apariencias engañan

Editorial: Latinbooks