La perdiz grande de los prados
(Ynambu Guasu)
Esta señora sí que era pobre y desgraciada. Tras de que tenía luego muchos hijos, solo podía alimentarlos con los huevos que recogía, poniendo trampas alrededor de su casa. No le quedaba tiempo para otra cosa.
Pero, a medida que los hijos crecían, comían más huevos. Entonces tuvo que poner más trampas, cada vez más lejos de la casa. Poner tanta trampa la hacía sentir tramposa y además su reuma le dificultaba la tarea.
Un día que estaba particularmente amargada ―cosa comprensible si se lleva esa vida― así como el pescador recorre el espinel, ella salió a recorrer sus trampas.
Y, ¡oh sorpresa! En cada trampa que revisaba… ¡una perdiz!... y eran muchas, muchas, muchas trampas…
Tantas, que las perdices ya ni le cabían en la canasta que llevaba para traer los pajaritos que pensaba encontrar y criar, adiestrándolos para poner muchos huevos. Entonces, estiró de los árboles una liana para poder atarlas y llevarse todas las perdices.
Pero eran tantas, tantas, tantas, que, cuando las perdices atadas levantaron vuelo, a quien se la llevaron volando por los aires fue a ella. A la señora.
Los hijos la esperaron bastante, la verdad. Pero luego, y como tardaba taaaaanto, en vez de ponerse a golpear la mesa y gritar «queremos comer, queremos comer, queremos comer», como eran muy bien educados y considerados, resolvieron salir a buscarla.
La encontraron detrás de un tacurú, sentada, en el suelo, en medio de infinidad de perdices, con una cara un poco rara.
Se acercaron despacito, para no levantar la perdiz, como quien dice.
― ¿Ndeico, mamita? ―le preguntaron extrañados.
― Che, ha nda chei ―cloqueó la buena mujer.
Y acto seguido, sin previo aviso, se transformó ―vaya uno a saber por qué― en una perdiz enorme que, desde entonces y cada vez que se siente en peligro, repite:
― Che ha nda chei, che ha nda chei; che, ha nda chei…
Rarísimo ¿verdad? Pero así son las leyendas.
Sobre el libro
Título: Cuenta mitos. Mitología del Paraguay
Adaptación: Raúl Silva Alonso
Editorial: El Lector
