¡Qué cuento tan divertido!

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«Para los valientes que leen solos, para los curiosos que recién empiezan, para los pininos que no distinguen la O de un huevito pero pueden pedir que se los cuenten», se lee en la tapa del libro cuyo cuento compartimos hoy. Y es precisamente esa la sensación que trasmite, como podrás comprobar después de terminar la lectura.

Cada cual se divierte como puede

Gustavo Roldán

— No, no y no, —decía el sapo mientras iba y venía cruzando el caminito a los saltos— esto sí que no puede ser.

La paloma, la garza blanca, el zorrino, el ñandú y el piojo que vivía en la cabeza del ñandú lo miraban sin saber qué decir.

Al final, el piojo se animó. Total, por más enojado que estuviera el sapo, él estaba a salvo.

— Bueno, bueno, don sapo, ya es hora de que nos cuente algo. Para eso somos amigos.

— Bueno, contestó al fin el sapo— pero si prometen no reírse.

— Ni locos, don sapo. Cómo nos vamos a reír si estamos todos preocupados esperando que nos cuente algo.

— ¡Don sapo! —gritó con admiración la garza blanca—. ¡No me diga que usted peleó con una docena de víboras!

El sapo puso cara de no darle mucha importancia al asunto.

— Para ser exactos, no, no era una docena. En realidad eran 14, y sin contar otras tres que estaban un poco flacas.

— ¿Diecisiete víboras, entonces? ¡No lo puedo creer!

— Y no me crea, m’hija. No me crea que eran 17 porque esas eran solo las venenosas: las yararás, las corales y las cascabeles. Pero había otras diez que eran culebras.

— ¡Veintisiete víboras! ¡Qué barbaridad!

— ¡Eso era una viboridad! —dijo el piojo saltando de contento.

— ¿Qué pensó cuando se vio rodeado de tanta víboras? —preguntó el coatí.

— Ni tiempo a pensar me dieron.

— ¡Qué susto se habrá pegado, don sapo!

— Se habrán pegado, porque dicen que las víboras atacan cuando se asustan. Y por la forma en que me atacaron tenían un susto de la gran siete.

— ¿Y qué hizo usted?

— Las dejé venir nomás.

— ¡Qué valiente, don sapo!

— ¿Valiente yo? No crea, m’hijo, valientes eran las víboras. Hay que ser muy valiente para atacar a un sapo.

— ¡Ya sé, ya sé —dijo la paloma—, usted se les escapó por entre las patas.

— Eso mismo pensé yo, pero cuando ya me iba a escapar por entre las patas, zás, me acordé que las víboras no tienen patas. Y ahí se armó la gorda…

— ¡Se armó el lío! —dijo el zorrino.

— No, se armó la gorda, una víbora gorda. Se armó de valor y atacó. Ya ahí se me ocurrió la idea. Pegué un manotazo para allá, y manotazo va, manotazo viene, fui haciendo un trabajo muy prolijo: Las fui poniendo en una fila una tras otra, mordiéndose la cola. Y fue así como inventé el lazo, un invento muy útil, como todos saben. Y, ¡qué quieren que les diga, cada cual se divierte como puede!

Sobre el libro

Título: Cada cual se divierte como puede

Editorial: Colihue, Buenos Aires