¿Qué pasó de Pirulí?

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¿Se acuerdan de Pirulí, el niño travieso nacido de la imaginación de Roa Bastos? Ya conocemos una de sus diabluras, que a juicio suyo era solo una «chiquilinada». Le encantaban las bromas, pero una le costó muy caro... Veamos qué pasó.

(Augusto Roa Bastos)

Fragmento

—¡Pirulíí…! —grita la mujer hacia el rancho, sin dejar de meter entre los dientes del trapiche los trozos de caña dulce que va sacando de una pila.

—¡Pirulíí...! ¡Mita’í tepotí...! —vuelve a llamar roncamente más feliz que irritada contra el crío dormilón.

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—¡Ajhátama, mamaíta!

Eleuteria no vuelve el rostro. Sabe que su hijo se está acabando de vestir en la puerta del rancho. Sí, che karaikuéra. Ese ko e’mi muchachito, ahí donde lo ven u’tedes, cabezudo pero lindo-porã, retrato vivo y chiquito de mi pobre Crisanto, que en pá manté de’canse.

Hay que ver las canas invernices que le saca. Le quebranta a cada paso hasta los huesos del alma, pero lo quiere, lo quiere más que a su vida, porque solo se quiere en este mundo lo que se paga con dolor de corazón.

—¡Guá, mamaíta!

—Mita'í tepotí! Ya me asutate otra vé, demoño tie’y...

—E’á, mamaíta. ¡Guá!, te dije nomá nikó. Vo’ko te asutá debarte voí.

—Güeno, quedáte aquí, atendé el trapiche. Vi’a traer leña para hacer el eíra.

—Sí, mamaíta.

Eleuteria toma el machete Barcelona y se interna en el montecito.

Pirulí mete en el trapiche una caña tras otra. Ve gotear el mosto verde. Bebe uno o dos tragos en el hueco de sus manos.

Pirulí se aburre. El corazón dulcemente siniestro del chico se arruga para adentro, en la penumbra de sus doce años indómitos.

Pirulí se ha olvidado de alimentar el trapiche. De pronto se da cuenta de su olvido. Siente por anticipado los chicotazos de la madre. Ella es implacable con sus faltas. Y su chicote de ysypó-po’í entra hasta los huesos.

Eleuteria viene saliendo del montecito con su hato de leña sobre la cabeza. Pirulí necesita encontrar algo pronto para desviar el justo enojo de la madre. Cierra los ojos. Araña en su interior. No encuentra nada, ¡nada! Ah, sí, encuentra algo. Se remueve un instante dentro de la blusa elásticamente y se lanza contra los rodillos del trapiche que empiezan a comer uno de sus brazos.

—¡Mamááá..., mamááá...! ¡Che yagarrá cooo la trapiche...! ¡Mamááá...! ¡Ayáyáiii, mamaítaaa...!

Los gritos de Pirulí son desgarradores.

Eleuteria arroja su atado de leña y se precipita desolada hacia el caballo para detenerlo. Lo detiene.

—¡Pirulí..., che memby...! ¡Por el amor de Dió...! ¡Socorro, gente kuéra... ! ¡Trapiche co oyagarrá che memby-pe...!

Eleuteria hace girar en sentido contrario al caballejo. Prácticamente lo arrastra del bozal. Su fuerza es idéntica a su desesperación. El brazo de Pirulí va saliendo del trapiche convertido en bagazo hasta la mitad. Pirulí ha quedado extrañamente tranquilo. No llora, no se retuerce. Se diría que ya no siente dolor alguno.

—¡Che memby...! ¡Pobrecito, m’hijo...! ¡Cómo pikó te descuidate...! ¡Y e’ el brazo derecho... tu bracito derecho, m’hijo, che Dió Santo...!

La desesperación de Eleuteria va tomando matices sombríos. Ve a su hijo lisiado para siempre. La pobre mujer tiembla en todo el cuerpo. Toma por fin el brazo triturado y seco. La manga flota vacía en sus manos.

Entonces Pirulí, como congraciándose, saca el brazo entero, intacto, que lo tenía metido dentro de la blusa y se lo extiende a su madre.

—Aquí e’tá, mamaíta, mi brazo. Para engañarle un poco nomá ko hice...

Ciega, trémula, jadeante, bruscamente transformada, Eleuteria grita agachándose:

—¡Mita’í tepotí…! ¡Hijo del diablo…! ¡Aña… aña…!

Levanta el garrote del suelo y descarga un gran golpe sobre la cabeza de Pirulí, que cae sin un grito y queda inerte a los pies de Eleuteria.