Ninguno de los dos estaba dispuesto a echarse atrás para que pasara el otro y se armó una pelea con palos en la que el que fue a parar al agua...fue ¡Robin Hood!
Pera fue tan fiera la pelea y, por lo visto, ambos se divirtieron tanto con ella, que cuando el enorme contendiente de Robin lo sacó del agua de un tiró, los dos no podían de la risa, y al llegar a tierra ambos se abrazaron y se dieron la mano. Así nació una amistad que duró hasta la muerte entre Robin Hood y su contendiente llamado «El Pequeño Juan », aludiendo irónicamente a su colosal tamaño.
«Juan»…bueno, ese era su nombre… fue aceptado por toda la alegre banda del bosque.
Otro de los personajes. Dignos de conocerse, que llegó a formar parte de la cuadrilla de proscriptos del bosque, fue el fraile Tuck.
Robin Hood había escuchado hablar de este monje rebelde que, incapaz de aceptar la disciplina de su comunidad, se había hecho ermitaño y vivía en una choza en el otro extremo del bosque.
De él había escuchado también que era fuerte como un toro, gran comedor y bebedor, buen peleador y que, sin temor, se enfrentaba a las autoridades para remediar cualquier injusticia que llegara a sus oídos.
Sin haberlo visto, le gustó la descripción que de él hacían y se propuso conocerlo y ganarlo a su causa.
Así que fueron en su busca con El Pequeño Juan y Munch, otro de sus hombres más queridos, topándose con el fraile que, como se lo habían pronosticada. Estaba saboreando la carne de un tierno ciervo, de cercado ajeno.
Al llegar junto a él, Robin le dijo en un tono de lo más antipático:
_ «¡Eh, tú, levántate y llévame en tus hombros al otro lado del arroyo, que no quiero mojarme los pies!»
Intentó razonar el fraile, pero fue inútil. Abandonó su merienda y dijo filosóficamente:
_ «Bueno. Si eso ha de ser, que sea. Súbete».
Cuando estaban en la mitad del arroyo, con el agua a la cintura, hizo un brusco movimiento y Robin cayó al agua.
Con sorprendente rapidez en un hombre tan gordo, le tomó por el cuello, le sacó la espada y, amenazándolo con ella, le dijo:
_ «¡Ahora es mi turno! ¡Levántate y llévame al sitio en el que dejé mi almuerzo!».
Pero se repitió el suceso a los pocos pasos. Robin se agachó de golpe, cayó el cura al agua, soltando la espada, que rápidamente tomó Robin y dirigiéndola al pecho del fraile le dijo:
_ «¡Todavía no hay almuerzo, comilón! ¡A empezar de nuevo!».
Pero se volvió a repetir y el juego varias veces, hasta que el monje tiró al agua a Robin, lanzándolo por sobre su cabeza.
Sobre el libro
Título: Robin Hood
Adaptación: Raúl Silva Alonso
Editorial: El Lector
