El recipiente compartido por dos comensales en la Edad Media ha dado lugar, bajo Francisco I, al plato. El tenedor apareció bajo el reino de Enrique III, y el Cardenal de Richelieu, quien ya no soportó el comportamiento de los comensales limpiándose los dientes con la punta del cuchillo, llevó a redondear la punta de estos y dio así nacimiento al cuchillo de mesa.
La influencia del Renacimiento italiano se hizo sentir en las artes de la mesa francesa; el refinamiento consistió en evitar progresivamente el contacto directo con los alimentos. La loza introducida por Catalina de Médicis no se impuso sino al final del siglo XVII. Poco a poco, han despuntado reglas extremadamente precisas, como la disposición de los cubiertos, según su orden de utilización (del exterior hacia el interior). En el siglo XVII los vasos son llevados a los comensales cuando desean beber y son inmediatamente devueltos después de hacerlo. Más tarde, los vasos toman su lugar para posicionarse donde han quedado definitivamente, frente a los platos, según su talla, en orden decreciente.
Bajo el reino de Luis XVI, la mesa queda fija y toma su lugar en el comedor. Nace entonces la idea de que el confort y la atmósfera que reina en el lugar donde se come participa plenamente del placer del comensal; el almuerzo de ostra de Jean-François de Troy, pintado en 1735 para el primer comedor de las cortes de Versalles, ilustra perfectamente esta evolución.
Si hoy en día, el arte de vivir a la francesa puede parecer un poco anticuado, queda un valor reconocido en el mundo entero y hace parte integrante de la definición de la gastronomía francesa tal como lo ha enunciado la Unesco (patrimonio mundial de la humanidad) en el 2010.
