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El robot vs. el abogado (Parte 2)

Este artículo tiene 7 años de antigüedad
El robot vs. el abogado 
(Parte 2)
El robot vs. el abogado (Parte 2)Archivo, ABC Color

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La variable del error

La máquina tiene un grave defecto: no tiene la virtud de equivocarse. No sabe fallar, como sí puede hacerlo el hombre.

Dentro del campo operativo del Robot, en base al universo –big data– de los datos informativos que maneja (porque le fueron ingresados a su sistema), su algoritmo y su ecuación lógica (que es binaria), no le permiten tener soluciones erróneas. Sus respuestas serán siempre, y en todos los casos, coherentes, fiables y exactas, porque su funcionamiento sigue los patrones inexorables del razonamiento matemático.

Hay que entender que la máquina, para su diseño, creación y funcionamiento, hasta para el primer y último dato de su memoria, depende total y absolutamente del hombre. No tiene vida ni generador de energía propio.

En el terreno práctico e inmediato, esta infalibilidad reporta ciertamente una gran ventaja operativa y comparativa. No se puede competir con una máquina cuya memoria procesa un cúmulo –casi ilimitado– de información en un tiempo infinitamente menor.

Pero, mirando al Derecho como una ciencia humana, dinámica, evolutiva y con una fuerte y grave implicancia de aspectos políticos, económicos y morales, esa su incapacidad de errar o fallar constituye la segura lápida donde se inscribirán el estancamiento y la muerte de la ciencia jurídica.

Supongamos que se cumplan, al extremo, los vaticinios anunciados por los expertos en el tema y que la mayor parte de los abogados pierdan sus empleos y que, por conveniencia práctica y económica, la gente, la sociedad los vaya excluyendo hasta que no quede más que un residuo insignificante de abogados.

En tal apocalíptico caso, todo el universo posible y real en cuanto a doctrina, leyes y jurisprudencia, se reducirían y acabarían dentro de los límites del big data del Ciborg Robot Abogado. No se avanzaría más allá, ni habría posibilidades de salir fuera de la esfera de conocimiento de la máquina. Nuestro mundo, y el Derecho, quedarían presos –marchitándose– dentro de los límites preestablecidos e inextensibles del neo advocatus machina.

En el macrouniverso jurídico, la posibilidad de la renovación y de la innovación quedaría esterilizada, quieta, yerta. Porque la máquina, fuera de las fronteras de su memoria, no puede advertir ni incorporar los hechos nuevos que el ser humano va verificando en el devenir de su vida. Y por supuesto que también carece de creatividad, como para inventar aquello de lo que adolece.

La trilogía del progreso humano se basa en el añejo proceso de acción-error-aprendizaje. Es el error la nota discordante que, al introducir en el proceso un hecho nuevo, impredecible e inesperado, provoca la posibilidad de adquirir un nuevo conocimiento en base al contraste, al silogismo o a la regla de tres simple.

(Continuará)

(*) Abogado, periodista y docente universitario.

carlospascottini@hotmail.com

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