Como todos los buenos músicos, Mariana sabe calar el alma. Comenzó en su Salta natal, cuando a su papá, Nilo, se le ocurrió comprarse una quena para aprender a tocar y relajarse. Lo que él nunca sospechó es que la pequeña Mariana (tenía 10 años) quedaría deslumbrada con aquel simple instrumento. Los años, la perseverancia y el estudio hicieron de su sueño de ser músico una realidad. Inició su carrera en la Escuela Provincial de Música de Cafayate y, posteriormente, en el Conservatorio de Música de Salta, capital. Ganó varios certámenes de música a nivel nacional e internacional. Deleitó con sus melodías al público de casi toda Latinoamérica y parte de Europa. Fue distinguida por el Unicef como “La mejor quenista de América” y en varios festivales fue artista revelación. Su talento, además, abarca el sikus, la flauta traversa y otros instrumentos afines. Se presenta con una guitarra o con orquesta. Tiene seis discos grabados; su rico repertorio trabaja el folclore latinoamericano, la música clásica, el tango. Mariana Cayón, colega y amiga de famosos, como Los Nocheros o revelaciones como Mariana Carrizo, visitó varias veces nuestro país. Ama la calidez en todas sus formas: en el clima, la comida y la gente.
Siendo del noroeste argentino, no es raro tu amor por el folclore. Salta tiene una particularidad: estar constantemente en contacto con la música folclórica. Si no es dentro de tu familia, es con un vecino o amigo. En mi caso, mi papá nos inculcó la música desde niños; uno de mis hermanos mayores, al que le decimos “el Tigre” Cayón, es músico, así que yo crecí entre peñas y guitarreadas.
¿Por qué elegiste la quena? Ni yo pensé que la quena sería mi pasión. Me atrapó el desafío de hacerla sonar. Ese tiempo de primeras búsquedas fue una de las etapas más lindas de mi vida; empecé a tocar en la escuela.
¿Te acordás de tu primera actuación? Sí, estaba muy nerviosa. Hasta hoy sigo descubriendo la quena, un instrumento que me resulta fácil por el don que Dios me dio, como le dio otros dones al médico o a la repostera.
¿Tu quena tiene alguna particularidad? Tal vez que uso la misma desde los 10 años; es de caña de bambú con un enchapado de madera terciada. No tiene nada de especial, pero es la que más me gusta como suena, la que me da más seguridad en el escenario. Muchas veces pensé que podía reemplazarla –tengo unas 15–, pero no siento lo mismo.
¿En qué varía un instrumento tan sencillo? Hoy hay luthiers que fabrican quenas preciosas, no solo en sonido; las hacen con incrustaciones de otros materiales. Hay de hueso, madera, acrílico, metal, piedra.
¿Cómo era el ambiente cuando comenzaste? Pesaba fuerte la creencia de los pueblos originarios: que la quena solo podía ser tocada por hombres.
Son tradiciones milenarias. ¿Qué cuenta la leyenda de la quena? Existen varias. La que a mí más me gusta es la de dos jóvenes que se enamoraron, pero pertenecían a tribus andinas que vivían enemistadas. Decidieron entonces huir juntos, pero por el camino la chica murió. Entonces, el muchacho hizo de la tibia (hueso) de ella una quena, que cuando la tocaba le traía a la memoria el amor de su amada. La quena de hueso es considerada el primer instrumento de viento que hubo en Latinoamérica.
¿Qué sos capaz de exteriorizar musicalmente? Yo hablo con la quena; expreso lo triste, lo alegre, lo melancólico. Cuando interpreto una canción, la voy cantando por dentro. Uno busca expresar lo que siente, componiendo o tocando canciones de otros músicos.
Tu protagonismo musical revela que, finalmente, te aceptaron como quenista. Fui la primera osada. Me costó mucho insertarme en el ambiente folclórico. Te hablo de 24 años atrás. Muchas veces, en las peñas me decían: “Vos sos una niña, no tenés que andar por estos lugares”. Yo iba con papá y mamá. Fueron muchas piedras las que tuve que vencer: tocar la quena siendo mujer y hacer música instrumental.
¿Cómo te sentís hoy? Con la música instrumental no tenés grandes éxitos, y no te hablo solamente del folclore. Para los que hacemos música instrumental es muy difícil convencer a los organizadores y al público que podemos gustar.
¿Qué relación mantenés con tu público? Viajamos siempre juntos. Vamos desde una guarania paraguaya hasta un joropo venezolano, una zamba tucumana o una cueca de Cuyo. Una vez me invitaron al festival del Mono Núñez en Ginebra (Colombia). Me sorprendió la cantidad de música andina que había en el Valle del Cauca, que no tiene nada que ver con lo que nosotros conocemos. La columna vertebral andina, desde México hasta la Patagonia, tiene el sonido de la quena salpicado con lo típico de cada región.
Contanos alguna anécdota de viaje. Una vez tocamos con mi marido en Puebla, México, pero sin la orquesta. A mí me parecía que iba a sonar muy aburrido y, sin embargo, la gente terminó aplaudiéndonos de pie. Cuando la gente se emociona, sé que voy por el camino que quería ir.
¿Por qué vivís en Salta? Salta es mi lugar. Hoy, que me permito vivir de la música, voy tres o cuatro veces por año a Buenos Aires, o hacemos giras por otros países. No soy una artista de convocatoria masiva, no estoy en el rubro de los artistas más caros, pero considero importante mi pequeño espacio.
Pudiste formar tu familia sin dejar la música. Así es. Mi elección me permitió desarrollar mi vida familiar con tranquilidad, poder vivir donde los chicos van al colegio en bici, criar con mi esposo (Quito Leccese, también músico) a nuestros hijos: Camila (15), Franco (14) y Tomás (12).
¿Cómo sos en la casa? Vivo en Cafayate. Me gusta ser ama de casa y mamá, cocino muy bien –ya hice sopa paraguaya y chipá–. Con mis hijos soy tan exigente en el estudio como compañera en las charlas.
¿Creés en las luchas feministas? Creo en las luchas femeninas por la igualdad de oportunidades, pero en ese afán no debemos perder la diferencia que tenemos como mujeres, que es ser madres.
¿Qué heredaste de tu madre? De Joba, mi mamá, heredé la sencillez y un poquito de su bondad extrema.
¿Quién diseña tu vestuario? Como ves, uso muy poca tela (risas). Me gusta lo moderno con detalles rupestres; mi diseñadora se llama Laura Cruz y es de mi pueblo. Me visto de fiesta para subir al escenario. Pero en ningún caso hace falta exhibirse para conseguir algo a cambio. Nuestro cuerpo es sagrado.
¿A qué músicos admirás? En el Paraguay a Luis Álvarez, un gran amigo y maestro.
¿Qué les decís a los jóvenes que se inician en la música? Que el camino de la música es un rosal con más flores que espinas. Vale la pena. La música siempre es portadora de buenos mensajes.
Mariana se declara creyente, agradecida a Dios y a la vida. Su frase principal es la misma que la de su padre: “Cuando tú naciste, tú llorabas y todos a tu alrededor sonreían. Vive de manera que cuando mueras, tú sonrías y todos a tu alrededor lloren”.
En concierto
Mariana tocará por segunda vez para la Fundación Renal del Paraguay (Frepa). La cita se llama Vientos Solidarios y está marcada para el 8 de agosto, a las 21:00, en el Teatro José Asunción Flores del Banco Central del Paraguay. La acompañarán los artistas nacionales Luis Álvarez, Mirtha Noemí Talavera y Marcelo Rojas. Todo lo recaudado será para ayudar a los enfermos renales de escasos recursos. Puede hallar entradas desde G. 75.000, en platea, y se pueden adquirir en la Red UTS o a los teléfonos (021) 224-793 y (0981) 452-958.
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