El descifrador

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Es paleógrafo autodidacta, maneja muy bien el oficio de leer y transcribir el castellano antiguo. Pasó la mayor parte de su vida dentro del Archivo Nacional de Asunción. Espera poder dejar su arte a los jóvenes.

“Nací en Asunción, estudié en el Colegio Nacional de la Capital. Cuando terminé mi bachillerato, en el test de orientación vocacional me salió ingeniería, probé pero no resultó. Me dediqué a trabajar. Entré como ordenanza del doctor Efraím Cardozo en el Archivo Nacional, en el año 1966. Tengo casi cuatro décadas dentro de esta institución”, cuenta Darío Lino Solís Samaniego, a quien hallamos, como todos los días, inmerso en ese silencio único dentro del ruidoso microcentro de la ciudad. En el 2009 obtiene un título terciario, cursa y culmina el profesorado de Guaraní, docencia que nunca ejerció, ya que se dedicó de lleno al Archivo. Tiene sólida formación en paleografía, dictada por españoles en distintos años. También realizó cursos y seminarios de gerencia, archivo y preservación cultural. Entre sus especializaciones figura un viaje a Santiago de Chile, donde se instruyó en manejo del microfilm (sistema de archivo, gestión y difusión documental). Hace años brinda charlas y cursos en colegios, en la Facultad de Filosofía y en el Ateneo Paraguayo. Tiene en su haber varios trabajos, tanto de microfilm como transcripciones paleográficas, que son requeridos por destacados profesores investigadores independientes y para universidades locales y extranjeras.

¿A qué nivel está nuestro Archivo respecto a sus pares en países vecinos? Este Archivo es el rubí del Río de la Plata; acá tenemos el documento más antiguo, que es el del Título de Gobernador y Capitán General para Don Pedro de Mendoza, de 1534, antes de la fundación de Asunción. ¿Cómo llegó aquí ese documento? Probablemente con Juan de Garay, cuando abandonó Buenos Aires en 1541, huyendo de los querandíes. Aquí fueron bien recibidos, no en balde se nos dice Madre de Ciudades.

¿Quedan secretos por revelar? Tenemos alrededor de tres millones de documentos. Prácticamente conozco cada rincón. Un historiador, que ya murió, decía que aquí ya no había nada que investigar; sin embargo, siempre vienen profesores del exterior a encontrar novedades.

¿Trabajó ininterrumpidamente en el Archivo? En el 71 salí porque se ganaba muy poco y regresé en el 79. Por lo visto, los Solís tenemos una atracción especial por este lugar: mi hermano Aníbal fue un paleógrafo muy reconocido, estuvo 56 años; y por 24 años, mi hermano Marciano. Desde el 79 fui ascendiendo; un tiempo viví aquí. En el 91 me trasladaron por rebelde al Museo del Parque Caballero y regresé en el 96.

¿Rebelión en un lugar tan calmo? Había salido una disposición ministerial que exigía despejar; nadie podía vivir en los edificios del Estado. Le escribí al ministro y le pedí una explicación, por eso me enviaron allá.

¿En qué se especializó estando en el Archivo? En el 79 me fui a Chile para perfeccionarme en microfilmación. A mi regreso se abrió el Departamento de Microfilm; hasta ahora está, pero no funciona. La gente prefiere la digitalización porque cree que es mejor, pero no lo es: entra un virus y chau toda la información; un microfilm puede durar cien años.

¿Dónde estudió paleografía? Soy autodidacta. Mi hermano Aníbal sí estudió paleografía en la Universidad Nacional de Córdoba y, también, con quien fuera el maestro de maestros, don Benigno Riquelme García.

¿No aprendió con su hermano? Solo algunas cosas, al final, porque su profesor (don Benigno) le decía que no debía enseñar, porque después de aprender iban a prescindir de él. Yo creo que hay que transmitir lo que uno sabe.

Defíname la paleografía. Es la ciencia que estudia los manuscritos antiguos, trazados sobre materiales suaves, como papiro o pergamino. La paleografía es del siglo XVI y XVII, a partir de entonces es neografía. Ya en el siglo XV los amanuenses (copistas) querían que se estableciera una ley o reglamento para escribir con una mejor letra, porque la paleografía era muy complicada.

(Miramos algunos textos ilegibles). ¿En qué idioma está escrito? En castellano. Había varios tipos de letras, hasta que finalmente se impuso la itálica, que es la que usamos hasta ahora. Para mí tampoco es completamente claro; el paleógrafo siempre duda de las palabras que traduce.

¿Cómo nace esta ciencia? Antes se dibujaba la historia, luego nació la escritura. Todo se hacía a mano, con linda caligrafía, generalmente eran monjes los que escribían desde sus celdas. Cuando se destruyó mucho la letra fue cuando los criollos comenzaron a escribir; imagínese lo que era imitar la letra de los escribientes de España. Admiro mucho al copista Bartolomé González, de una escritura muy difícil.

¿Con qué se escribía antiguamente? Con pluma de ganso, con tinta mineral y vegetal, que había de colores verdoso y negro. Los papeles de aquellas épocas eran de algodón y vegetal.

¿Qué aptitudes personales hacen al paleógrafo? Tiene que haber amor al estudio, a la investigación, paciencia, atención y comparación.

¿Para qué sirve el esfuerzo de traducir todos estos textos? Nos gustaría que los jóvenes rehagan la historia, principalmente la de América. Por ejemplo, leyendo se entiende que Paraguay tenía dos salidas al mar, por el Atlántico y por el Pacífico. Hay documentos que hablan de los mapuches y, si no llegaban hasta ahí los paraguayos, ¿cómo iban a saber de ellos?

Interesante tema de guerra. No. Creo que llegando a la verdad nos vamos a respetar más. Para eso están las discusiones serias, no para pelear.

¿Qué siente como paraguayo haciendo este trabajo? Hoy vemos las cosas que le hacen a nuestro país y nos duele. Siempre les digo a los alumnos que nosotros vivimos entre los documentos que los grandes presidentes han creado. De los últimos, desde que yo estoy aquí, ninguno ha venido jamás al Archivo a ver, como lo hacían Francia y López, por ejemplo, con el tema de la distribución de tierras.

Para Darío, el agradecimiento es el mejor premio. A punto de jubilarse, tras 39 de años de servicio y salario mínimo, asegura que podría continuar si le dieran una dirección de archivo. También anhela que haya más incentivos para que los jóvenes abracen la profesión de paleógrafo.

En casa

Darío es muy tranquilo: “me valoran mucho ese rasgo, aunque a veces me critican también; pero para mí es la mejor manera de salir adelante en la vida y en la profesión”, cuenta con una sonrisa. De salud, todo anda bien, superando las alergias que produce la manipulación de textos tan antiguos, “es mucha corrosión y polución, pero ahora usamos tapabocas y guantes”. Hace 22 años vive en Limpio. Está casado y tiene dos hijas. Suele trabajar en casa para poder cumplir con los investigadores. Pero hace tiempo para la familia. “A la tarde tomo tereré con mi señora, y juntos trabajamos con la comisión vecinal para mejorar el barrio”.

lperalta@abc.com.py