¿Cuándo nació tu pluma narradora?
Desde el colegio me gustó escribir; teníamos una revistita escrita a mano que iba pasando de mano en mano. Escribía pavadas, pero creo que así comencé.
Letras divertidas para un grupo siempre unido.
Sí. A los 25 años de la promoción nos reunimos y teníamos que llevar algo para comer o beber, yo decidí llevar algo escrito; hice 32 fotocopias y repartí. Todas quedaron emocionadas, pero ahí quedó.
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O ahí se inició.
Diez años después, recuerdo que estaba muy deprimida y mi marido enfermo. Y me pregunto: “¿Qué día es hoy?”. “¡Hace 35 años que me recibí de bachiller!” Me puse a escribir y salió algo muy emotivo que no sabía cómo hacer llegar a todas mis compañeras. Fui averiguando y conseguí los correos electrónicos de las que vivían en el exterior; todas tenían y me contestaron.
Apelaste a una época inolvidable.
Con las que vivían acá me fue más difícil, las busqué por medio de sus hijos, hasta que di con todas. Eran mis únicas lectoras, pero, poco a poco, ellas fueron compartiendo con sus hijas, hermanas y amigas. El hecho es que hace seis años mis compañeras me propusieron llevar los relatos a un libro. La verdad es que le debo mucho a mi sobrina Flavia (Laterza de los Ríos), que es como una hija para mí. Ella hizo la edición, me dio confianza, compartimos ideas y trabajamos juntas.
¿Estas letras demuestran un amor leal teresiano?
Yo no soy una teresiana típica ni fanática. Es rarísimo mi caso, porque aprecié más al colegio en la distancia que estando ahí.
La educación religiosa era muy estricta. ¿La sufriste?
No la sufrí, pero hay algo que describo en el libro y es el miedo con el que crecíamos. Temíamos a los padres, las tías (que se metían en todo, hasta decidían el largo de tu pollera), las monjas del colegio, la policía, al pecado, ¡qué terrible! Era el mundo en el que los mayores tenían razón siempre, y no sé si queríamos hacer algo al respecto, porque dábamos por sentado que estaba bien así.
¿Tampoco hablaban de ese miedo?
Nunca. Hablábamos de las películas, de quién era el más churro, esas cosas de chicas. Hoy en día cuestiono esa educación porque no nos enseñó a pensar, pero la valoro porque nos enseñó cosas buenas. Una teresiana jamás iba a escribir un grafiti en la pared, tenía los cuadernos bien forrados, no pisaba el pasto. Lo que más les agradezco y debo a las monjas es que nos enseñaron a escribir con sintaxis correcta.
¿Cómo elegiste las historias?
No son todas del colegio, pero sí de la época, de personajes reales, como el señor que tejía en el cementerio. O la llegada del baño moderno. Hasta hablo de un mbói jagua (anaconda) que fue paseado por toda la ciudad, y eso se convirtió en la gran noticia de los diarios. Cuando eso los medios estaban regulados y no se podía hablar de muchas cosas.
¿Siempre viviste en Asunción?
Sí y siempre trabajé aquí. Era una ciudad de casas con zaguanes, de calles tranquilas, del pollo de los domingos; todo eso voy contando, porque del colegio no había tantas anécdotas.
Como estudiantes, ¿vivieron algún caso que las impactó?
No. Todo era lineal, estructurado, dentro de los cánones. No tengo quejas, ¡solo que yo tenía unas ansias de libertad! Quería entrar en un colegio mixto, me parecía más normal, lo veía en las películas y no quería usar ese uniforme horroroso. Quería entrar en el Ínter, pero mi papá me decía: “No, porque en las Teresas vas a aprender a hablar bien el castellano”, y era cierto.
¿Cómo se llevaban con los muchachos?
Las teresianas ¡tenían un arte para conquistar hombres! Una vez, ya en la facultad, me dijo una del Ínter: “Nosotras somos atletas, más libres, pero las teresianas siempre tienen un tipo al lado”. Esa era nuestra venganza, porque en los desfiles estudiantiles –cuento sobre ellos en el libro–, las del Ínter tenían un palo mayor, cintas y les permitían la minifalda; entonces, tiraban el palo, seducían con las botas y nosotras desfilando como unas monjas, repichadas porque estábamos en seria desventaja. Pero subía nuestra autoestima que los del San José siempre se fijaran en las teresianas.
¿A qué edad tenían novio?
A los 13 años, a escondidas. El problema siempre era “el pecado”. La educación estaba muy encaminada a ser madre y esposa. El eslogan teresiano apunta a la familia, era nuestra impronta y la mayoría lo tomamos así. Yo, por lo menos, fui de enamorarme una sola vez.
¿Cómo definís en esta época a la mujer?
De impresionante evolución; independiente y autosuficiente. En otra época, como la de mi madre, se aguantaban todo porque no tenían cómo sostenerse.
Tu mirada arquitectónica sobre tu colegio.
Está muy bien conservado. Aunque se amplió, mantiene el modelo español: cerrado en el perímetro con un patio interior, que es el de honor. Antes muchos colegios estaban diseñados para abrirse y cerrarse solo a la hora de entrada y salida de clases, había una hermana portera (yo siempre llegaba tarde). Igualmente, las Teresas siempre fue un colegio muy controlado, ya entonces Mariscal López era una avenida muy transitada.
Transitada, pero en una Asunción espaciosa.
Sí, era muy diferente. Asunción cambió con Itaipú; ahí comenzó a construirse en alturas que no se debió hacer, el centro perdió su encanto. Nuestra ciudad era modesta, pero muy digna. No había edificios lujosos, salvo el Hotel Guaraní, que entró como un invitado bien educado, respetando a los referentes importantes que había alrededor.
Socialmente hablando, perteneciste a un alumnado exclusivo.
Era un colegio de élite, pero si no se tenía muchos hijos, se podía pagar. Se lo elegía por la enseñanza y sí, también por la parte social, pero antes –y esto lo quiero destacar– la gente rica era austera, no exhibía. Vos no te dabas cuenta de que tu compañera de banco era más rica que vos. Todas teníamos un vestido para ir a las fiestas y, prácticamente, nos desplazábamos igual, si no había auto, a pie, porque la ciudad era favorable.
¿Qué reafirmó en Ida la evocación de tantos recuerdos?
Estoy muy bien, estudié e hice lo que quise. Fui feliz, considerando que la felicidad es como el lapacho amarillo florecido: esplendoroso en su momento, pero al primer viento fuerte se acaba. Uno tiene sus cosas; tuve mis sufrimientos, pero al lado de lo que sufren otras personas, lo mío es poco.
Ida termina subrayando que todas las teresianas están expectantes de este libro porque no existe otro que recopile aquella época colegial. “Además creo que otra gente va a disfrutar el libro, porque se va a reconocer en él”.
Ida de los Ríos
La arquitecta y escritora presentará en breve su primer libro: Memorias de una teresiana. El material, pensado como una valiosa caja de recuerdos de la Asunción de los años 60, promete ganarse el afecto y la buena crítica.
Creativa
Ida de los Ríos nació en un seno de artistas. Su padre era actor y su madre, restauradora de imágenes religiosas. Es viuda y madre de tres hijos.
La arquitecta, quien nos recrea con una mirada cotidiana de Asunción, inició sus amenos relatos en la revista Chic. Actualmente, es redactora de la columna Hábitat de la revista Tiempo. Perfeccionista del idioma, cursó un taller literario con la profesora Irina Ráfols y publicó tres cuentos en Cuentos y relatos, del club Centenario (2016). Es dibujante y acuarelista. Su libro Memorias de una teresiana, en lujosa edición, fue concebido como un objeto de valor “para conservarlo y cuidarlo”, nos dice. El material tiene el auspicio de El Centro Cultural de la República. Será lanzado en el teatro Edda de los Ríos, donde antiguamente se inició el colegio Santa Teresa de Jesús.
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Fotos Gustavo Báez, gentileza
