En la isla hawaiana de Maui, Paty –como la llaman sus allegados– descubrió y practicó surf, deporte que más tarde se convertiría en su principal inspiración. A raíz de ello, sus lienzos no solo adquirieron mayor vitalidad, sino que emergieron de la belleza misma que emana el mar, entrelazados en un extravagante mix entre realidad y fantasía. Con genialidad, Paty concibió un estilo único y comenzó a colorear sus sueños en maderas perfiladas con las formas características de las tablas de surf.
Además de su abuela, su madre, la arquitecta Bettina Sosa, fue otra pieza clave de su futuro. Radicada en el extremo sur de la península de Baja California, en Cabo San Lucas, México, Paty arriba a Asunción cada tanto, sea de vacaciones o por trabajo, y durante esos periodos presenta sus creaciones en LeGalion, la tienda de mobiliario propiedad de su madre.
¿De qué manera se manifestó en vos la vocación de pintar?
De pequeña visitaba asiduamente a mi abuela Beba, que pintaba por placer, y siempre me mostraba sus libros y revistas de pintura. Cada vez que los nietos íbamos a verla, aprendíamos algo de ella; yo era la más entusiasmada siempre, me divertía mucho en su compañía. Con el tiempo empezamos a pintar juntas, y me enseñó todo sobre los materiales y las técnicas. Todo lo que aprendí me lo enseñó mi abuela; porque en el Paraguay nunca realicé un curso de arte. Comencé a pintar cada vez más seguido luego de que a mi abuela le diagnosticaran mal de Parkinson; ella me pedía que la ayudase. Cuando finalmente ya no pudo pintar, me regaló sus óleos y pinceles.
¿Desde entonces tu meta era ser artista?
No, siempre quise estudiar Nutrición. Emprendí la Licenciatura en Nutrición y, además, estudié Fonoaudiología; pero si tenía tiempo, pintaba como hobby, esporádicamente. Recuerdo que le pinté un cuadro a un exnovio y todos alabaron mi trabajo. Así concreté la venta de mi primer lienzo. Pero me dedicaba por completo a los estudios y, luego, a mi empleo en el Instituto Nacional de Protección a Personas Excepcionales (Inpro), en el que fui nombrada. Un día, tras ver la película de Frida Kahlo, me animé a encarar mi primera serie de cuadros. Tanto me gustó la historia que la investigué, y si bien sus obras no me gustaron, a través suyo conocí las de Diego Rivera. Coincidentemente fue el lanzamiento de muebles en la tienda de mi madre, en la que expuse mis cuadros para la venta; los vendí todos. Creció el entusiasmo, pero aún no me veía como artista.
¿En qué momento tomaste impulso?
Siempre quise viajar y tomar cursos en el extranjero, conocer museos y galerías. Y como algunos familiares míos residen en Nueva York, me puse la meta de ir. Entonces, mamá me dio la idea de tratar de vender más efectivamente mis trabajos, y así conseguir el dinero necesario. Finalmente, viajé con una visa de estudiante y pasé seis meses allá. En los Estados Unidos tuve la oportunidad de seguir varios cursos prácticos de arte. Al volver al Paraguay, mi único objetivo era ir a vivir allá. Apliqué para un programa de estudios y trabajo, y me mudé a Maui, donde residí un tiempo hasta que fui a Colorado, donde me inscribí en todos los cursos posibles. Allí noté que podía vivir del arte.
¿Por qué con formas de tablas de surf?
En Maui practiqué surf. Es una ciudad en la que se surfea en cada playa, desde que amanece hasta que se pone el sol, en donde el ambiente en general (ferias, festivales), todo se arma en forma de tabla; incluso las casas emplean como cerco tablas de surf. Me encantó esa temática, y ya de regreso en el Paraguay recibí el pedido de un cuadro, consistente en una de las tapas de un disco de Pink Floyd. Ese fue mi primer cuadro con forma de surf, y le gustó no solo al propietario, sino a muchos otros que fueron encargándome pinturas de ese estilo. Posteriormente volví a Hawái, y recién al retornar a Asunción arranqué con los cuadros en forma de tablas de surf. En Hawái conocí a mi novio, quien casualmente es un surfista apasionado, así como de todo cuanto tenga que ver con el mar (risas).
¿Qué elementos utilizás?
Aunque ya pinté sobre tablas de surf reales, que son de fibra de vidrio, lo hago sobre madera, principalmente. Son puramente decorativas y no justifica trabajar sobre una tabla real. Además del costo más elevado, el proceso es mucho más largo y la pintura no queda tan bien. No solo uso acrílico y óleo; a todas mis creaciones les doy un toque extra, con arena, piedras, caracoles u otro tipo de objetos propios del mar.
¿Cuánto tiempo de trabajo implica cada pieza?
Depende mucho del tamaño y el dibujo. Termino una tabla en uno o dos días. Hasta hoy llevo unos 500 trabajos.
¿Cómo definís tu estilo?
Con mis pinturas no busco realismo ni perfección, sino sentimiento, colores y la energía que estos transmiten con sus historias. Es una fusión entre lo realista y abstracto. Intento transportar al espectador hasta esa playa lejana.
¿Pensás radicarte otra vez en el Paraguay?
Actualmente resido en Cabo San Lucas desde hace un año y voy a permanecer, al menos, durante dos años más. Pero no creo que vuelva a radicarme en Asunción; mi novio, quien en breve será mi marido, es biólogo marino y su vida es el mar. Conoce el Paraguay y le gusta mucho.
¿Dónde adquirir una pieza de tu autoría?
Constantemente habilito exposiciones en LeGalion Muebles, adonde cualquier persona interesada puede acercarse y hablar con mi mamá, ya que somos muy unidas y ella comprende perfectamente qué quiere el cliente, además de asesorarlos.
Cautivada por el tipo de vida que llevó en el archipiélago hawaiano, su ingenio afloró en distintivos cuadros en madera que imitan el diseño de las tablas de surf. De pinceladas precisas e imaginación etérea, el fruto de sus manos se acentúa y sobresalen gracias a vivaces matices.
Surfing Art
Los paisajes naturales de Hawái asumieron plenitud en la última exposición de la artista en Asunción. La presentación de la serie denominada Surfing Art, en una playa lejana, plasmada en matrices construidas con base en estructuras de tablas de surf, tuvo lugar en LeGalion Muebles, en noviembre pasado. Las instalaciones de la exclusiva casa de mobiliario, ambientadas con una tendencia playera para la ocasión, sobresalieron gracias a pantallas holográficas que proyectaron el mundo marino, así como las vivencias de todo surfista. Una vez más, la pintora y poetisa Frida Kahlo encendió su inventiva.
Patricia Da Costa
Nutricionista y fonoaudióloga por la Universidad de la Integración de las Américas (Unida), se especializó en pintura en numerosos cursos en los Estados Unidos. Tras años surfeando en Maui, quiso plasmar su pelicular talento en mágicas tablas.
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Fotos: Gustavo Báez, gentileza
