Prácticamente nacemos con la sonrisa. En los primeros días, aunque disfrutamos muchísimo viendo a un bebé sonreír dormido, es solamente una mueca o un reflejo; a eso se le llama “sonrisa angelical”. Realmente, la primera sonrisa llega entre la tercera y quinta semana. A medida que crecemos, nuestros papás se encargan de hacernos reír a carcajadas con morisquetas, voces, cosquillas. Es lo que el neuropsiquiatra infantil Julián de Ajuriaguerra describe como “caricias para el cerebro” y afirma que el niño que carece de este estímulo no se desarrolla bien. Desde que nos sentimos, buscamos el alimento del buen humor casi tanto como el amor. Algunos observadores dicen que el desarrollo del humor, siendo tan importante en la familia y la escuela, hasta hoy no se tiene en cuenta dentro de la educación. Contrariamente, al ir creciendo el niño, el sistema educativo lo educa para ser “más serio”. Quizás por esta razón podemos declararnos todos autodidactas en la materia, al buscar formas y momentos para expresarnos.
Es importante aclarar que el buen humor no significa estar haciendo chistes sin parar ni riéndose de todo el mundo; no es reírse de los demás, sino con los demás.
Totalmente en sintonía con la salud, al buen humor se le atribuye la producción de endorfinas, que son las hormonas productoras del bienestar y la alegría, también llamadas “moléculas de la felicidad”. Una vertiente lúdica abierta hace brillar lo mejor de las personas y multiplica los amigos, mientras que la burla, algo bastante confundido con el buen humor, genera lo contrario. Las personas que saben reírse de sí mismas han vencido una de las grandes dificultades para el desarrollo personal y no solamente son capaces de manejar sus emociones, sino las de los demás. “Una persona sin sentido del humor es como una carreta sin amortiguadores: se ve sacudida por todas las piedras del camino”, decía el clérigo y orador Henry Ward Beecher.
Nadie quiere estar con quien todo lo ve negro y aburrido; en cambio, ser una persona que ríe y sonríe es un poderoso imán social.
Como toda fortaleza, el buen humor necesita ejercitarse diariamente. Los niños aprenden por imitación y “contagio”. Más adelante, el adulto entrenado será capaz de descubrir en los acontecimientos más severos el lado flexible. Por ejemplo, el chiste político provoca sonrisa, a la vez que reflexión. Lo gracioso no se contrapone a lo crítico.
Ver películas cómicas, teatro, observar las mil escenas callejeras o juntarnos con colegas del humor aporta a la artillería positiva. Por supuesto, el lugar más indicado para recargarnos antes de salir a enfrentar el mundo es nuestro hogar. ¿Quién no ha ejercitado caras, cantos o poses frente al espejo? Es una necesidad de expresión que el cuerpo y la mente nos piden. Sanamente podemos reírnos de nuestra imagen.
Una de las grandes riquezas de las personas es su buen trato, su predisposición y sonrisa. Contrariamente, todos conocemos casos –si no los sufrimos– en los que el mal humor echó a perder una amistad, un posible ascenso laboral o una relación sentimental. Se dice que las personas malhumoradas suelen ser perfeccionistas y esto las lleva a quedarse solas.
El buen humor, un sentido casi milagroso, desdramatiza la vida, halla con olfato de sabueso lo que nos hace reír, lo imprevisto, lo ilógico. Dice el doctor en psicología del desarrollo Paul McGee: “El tipo de pensamiento que se relaciona con el humor es muy similar al creativo. Las personas que pasan más tiempo buscando y encontrando nuevas formas de que las palabras tengan sentido o formando incongruencias que les parezcan graciosas suelen desarrollar una habilidad de pensar en modos innovadores para conectar respuestas con problemas”.
Tips para tener buen humor
Crear momentos de relax.
No quejarse con frecuencia.
Aprender a reírse de uno mismo.
Ayudar a relajar el ambiente, no a complicarlo.
Sonreír más.
Buscar el lado humorístico de las cosas.
Ganancia neta
Facilita la comunicación abierta y sincera.
Aleja enojos y rabias.
Evita convertirnos en groseros.
Nos relaja de la severidad y la rigidez.
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