¿Cómo empezaste a escribir? Desde pequeña contaba historias. Primero con garabatos, luego con algunas palabras sueltas; mi padre veía que siempre me pasaba dibujando y escribiendo, pero más que nada notaba que contaba historias. Tenía demasiadas ideas en la cabeza y se lo decía a mi madre. Elaboraba cómics de historietas y fui así hasta los 8 años, pensando que todos hacían lo mismo que yo; recién en la escuela me di cuenta de que solo yo le dedicaba tanto tiempo a esto. El momento de la tarea de descripción era lo máximo para mí, porque lo hacía con facilidad. Mi padre me fue mostrando que los libros eran el medio para expresar todas esas historias que tenía en mi mente. Al Gato con Botas, a Caperucita Roja y otras historias les escribía otros finales, les agregaba otros personajes, me encantaba manipular los cuentos, jugaba a reescribirlos.
¿Cuándo te hiciste una idea de lo que querías ser? Cuando empecé a contar mis propias historias. Antes de los 12 años, mi papá me compró una computadora y ya procesaba mis textos en ella; también imprimía cuentitos de dos páginas. Cuando abrí por primera vez las páginas de la novela Cien años de soledad, me abrió otro mundo: no tenía colores, dibujos y las letras eran pequeñitas. Pensé: “Nunca voy a poder hacer algo igual a esto, es demasiado difícil, es complicado, es increíble”. A medida que la leía me apasionaba más y ya iba centrando una nueva historia en mi mente, que a los 15 años se desarrolló. Tras un proceso de creación de personajes e ideas y de más literatura clásica, hispanoamericana y española, nació mi primera novela: León muerto.
¿Toda la adolescencia te pasaste escribiendo? A los 15 años, cuando empecé a escribir mi primera novela, constantemente me preguntaban: “¿Qué estás haciendo?” o “¿qué hacés el fin de semana?”, y mi única respuesta era: “Estoy escribiendo mi novela”. Para mí siempre fue normal vivir escribiendo, pero para los demás lo mío era una obsesión, como que algo me pasaba, algo estaba mal. La gente se preocupaba porque no salía. De tanta insistencia dejé de escribir, me hice la rebelde, y a los 17 años, al ver en mi cajón mi novela inconclusa, me reproché el hecho de no haberla terminado en el papel cuando ya tenía el final en mi mente. No me aparté de la computadora hasta terminarla. Lo anuncié en mi curso y lo celebraron conmigo, pero allí me preguntaron qué iba a hacer con ella. “¿Ahora qué?”, me decían. Fueron como 400 páginas y creo que muchos pensaban que eran incoherencias.
¿Qué hiciste con esa primera novela? Mi padre vio todo ese trabajo y les hizo leer el libro a algunas personas. Descubrieron que había coherencia en la historia sin que yo haya estudiado Letras. Yo creo que lo que más le llamó la atención a la gente es que mi libro no tenía errores ortográficos. Así, cuando terminé el colegio, mi padre me dio como regalo la publicación de mi novela. Ver un libro mío publicado fue como un sueño. Nunca tuve pensamientos de si se iba a vender o no porque yo escribía por el hecho de escribir, porque tenía algo dentro de mí y porque no podía vivir sin eso.
¿Alguna vez te hicieron desistir de esta vocación? Obviamente decir que quiero ser escritora en nuestro país es como decir que quiero ser astronauta, pero mi papá no pensaba igual. Él supo lo que yo quería ser desde pequeña y me dio las herramientas, cultivó en ese gusto que yo tenía para que se vaya convirtiendo en una forma de vida, una profesión, una forma de trabajar, no sé si sustento, pero creo que todos los escritores publicados o no publicados estamos entregando un aporte a la cultura universal, al mundo. Que cada persona tenga la oportunidad de expresarse y otra tenga la de conocer su forma de pensar, y que podamos hacer ese intercambio cultural, es maravilloso; a eso es a lo que llega la literatura. Quizás si mi padre no hubiera cultivado esto en mí, yo no iba a estar hablando por mi generación.
¿Te considerás una escritora? Cuando empecé con mis novelas, de tanto que me habían dicho que si yo misma me publicaba no valía, me convencí de que no era una escritora. Hasta creía que era el hazmerreír del mundo de la literatura. A veces para tener éxito en tu camino no solo tenés que hacer lo mejor que podés, sino que también tenés que tener suerte para encontrarte con las personas correctas. Como me recomendó un amigo poeta: tengo que dejar que todo fluya, sin banalizar lo que es la literatura para mí, sin dejar que me afecte lo que otros digan. Por ello escribo como me gusta y no pensando en cómo les gustaría a otros que escribiera. Hay que ser uno mismo; de lo contrario, terminás no aportando nada. Aunque me digan que ya gané el máximo premio de la literatura paraguaya, para mí siempre es una lucha. Quiero seguir demostrando que no estoy perdiendo el tiempo siendo escritora. Mi desafío es escribir cada vez mejor y transmitir el pensamiento de mi generación. Soy escritora.
A Mónica le gustaría en unos años escribir en lengua inglesa, publicar fuera del país y ganar un premio internacional. Su momento ideal para crear es la madrugada. Tiene dos novelas terminadas y otra está en proceso. “Mi trabajo es pensar e imaginar”.
CRÍA CUERVOS
En un futuro a Mónica le encantaría escribir artículos, columnas; también desea transmitir a los jóvenes que la literatura no es aburrida y está trabajando en fomentar los deseos de escribir en otros. Para publicar su segunda novela, Complejo de Bustos, lanzó su propia editorial, Cría cuervos, de la célebre frase “cría cuervos y te comerán los ojos”, justamente porque tiene ese deseo íntimo de que los nuevos escritores tengan más apoyo y puedan ser tan buenos o mejores que los que ya alcanzaron un nombre. De no rendirse y muy lejos de la connotación vanity press, logró que grandes editoriales la publiquen.
