Luego de unos 40 min apareció el legendario colectivo y, como era de esperar, estaba repleto de personas colgadas por doquier, pero no me quedó otra que abordarlo, y escuchar lo que pareciera el cántico del chofer: “Más atrás por favor”, como si el fondo no tuviera límites.
Estar parada con zapatos de tacos altos durante tanto tiempo es prácticamente un viacrucis, y ningún hombre sentado se digna a ceder su asiento, como dice mi abuela: “La caballerosidad hoy en día es un mito”. Al menos la pequeña brisa celestial que entra por la ventanilla puede aminorar el calor infernal.
Pararme con la ropa casi empapada de sudor y el maquillaje corrido que deja la cara manchada como un mapache tiene otra desventaja, los repentinos frenazos del chofer que casi me echan al suelo. Esto sin mencionar que por culpa del loco conductor se rompe uno de los tacos, causando que choque a quienes se encuentran a mi costado.
Durante esto, algún descarado me manosea, lógicamente al darme la vuelta para dar una tremenda y bien merecida cachetada al desgraciado, todos resultaron ser unos “ángeles” y ni rastros del pervertido.
Sentarme y descansar estos pobres y sufridos pies fue una grave equivocación, ya que significó mayor oportunidad para los atrevidos que osan mirar dentro de la blusa, sin mencionar al viejo verde que se recuesta por mí, confundiéndome con su almohada. ¡Qué horror!
Cuando los pies parecen recuperarse, sube una señora con su hijo en brazos, a quien cedí el asiento, ya que nadie se percató de su presencia, porque casualmente todos estaban bastante ocupados haciéndose de los dormidos o mirando hacia otro lado, en especial, los varones.
Dirigirme hacia la puerta trasera es todo un acto de agentes de alta seguridad, igual a los que salen en las películas. Resulta difícil cuidar de la cartera para que los amantes de lo ajeno no me dejen con la no tan grata sorpresa de que mis cosas ya no están.
Llegó por fin el momento de dejar atrás la lata de sardinas que hacen llamar “transporte público”, pero al descender ¡zas! caigo al suelo. Al parecer, el chofer estaba apurado porque jugaba carrera con el conductor de la otra línea. En fin, ¡esta es mi aventura de todos los días!
Por Dayhana Agüero (17 años)
