Cuando surgen discusiones, lo fundamental para la mayoría –inconscientemente, claro– es alzarse como ganadores, dueños irrefutables de la verdad. ¿Por qué? Quizás porque algunos deseen exhibir su inteligencia; otros, aparentar confianza o, simplemente, se sientan bien consigo mismos. Aceptar la postura de la otra persona y considerar la posibilidad de que esté en lo cierto a muchos no se les pasa por la cabeza muy a menudo.
¿Acaso existe alguien que inicie un debate o discusión con intenciones de perder? Seguramente nuestra respuesta será un rotundo “no”. Sucede que nos produce mucha satisfacción tener la última palabra y no podemos negar que, en caso contrario, nos sentiremos desanimados o abochornados, pues sin duda afecta nuestro orgullo. Sin embargo, debemos comprender que no siempre tendremos la certeza de que las nuestras son las respuestas verdaderas, porque es imposible que eso suceda, nadie puede saberlo todo, aunque lo deseemos.
Si nos esforzamos en exceso para tener siempre la razón, probablemente solo pelearemos sin sentido con los demás; de manera que tal vez nunca lleguemos a un acuerdo o, en el mejor de los casos, lograremos que el interlocutor acepte a regañadientes lo que decimos, pero no habremos aprendido nada.
Sería arrogante pensar que nosotros somos los dueños de la verdad y desacreditar a los otros porque difieren de nuestra manera de pensar. Debemos valorar la opinión de los demás. Ya lo decía Epicteto, filósofo griego del siglo II: “Tenemos dos oídos y una boca para que podamos escuchar el doble de lo que hablamos”; es importante permanecer abiertos a los argumentos de las personas, pues el primer paso para llegar al conocimiento es aceptar que todos somos ignorantes en algún aspecto de la vida.
Por Sandra Villalba (18 años)